Se acerca Julio.
Con el calor los espíritus tienden a dejar de manifestarse, excepto el de mi madre. Según una amiga vidente, mi abuela Pura, que falleció a los noventa y dos años, y fue toda una institución familiar, es el espíritu que me protege. Para mí es de una enorme satisfacción que una de mis abuelas me acompañe cuando me encuentro en apuros. Ahora que lo pienso, es a quien más me parezco: la paz, las rutinas, el orden, la regularidad de horarios… Su vida estuvo sobresaltada de acontecimientos muy duros de los que se sobrepuso y hoy, uno solo de ellos, nos mandaría a cualquiera al psiquiátrico durante una larga temporada. Madita no se cansa de repetir que las personas mayores de ahora no son como las de antes. Mi abuela, tres años antes de fallecer, en un solo día le llegaron a dar siete infartos de los que salió y volvió a casa contando excelencias de las enfermeras que la atendieron y todo porque la recogieron del suelo cuando estando en la UVI se había caído de la cama al querer ir al baño para evitar molestarlas. Amante de la soledad, como yo, dormía sola en su casa -hoy ya no se conserva- y que distaba pocos metros de la de mis padres, digna de estudio para algún aficionado al urbanismo y a la fantasía. Ayudaba a mi madre en las tareas domésticas y se quedaba al cuidado de mi hermano Ramón Jesús cuando mis padres salían a pasear.
Era en los calores de los veranos, cuando mi hermano Francisco alimentaba sus instintos de investigador vaciando una gota de leche condensada en una botella de cristal para que acudiesen cientos de hormigas, después la cerraba y colocaba en un rincón del patio a pleno sol; un acto científico en toda regla que tenía una lamentables consecuencias para las hormigas; entonces, digo, era un periodo fructífero en peleas por cualquier trivialidad, por ejemplo: a quién iba a dejar la máquina de coser la abuela en herencia. Todos, mis hermanos y yo, asistíamos a una encarnizada pelea dialéctica entre madre e hija. Mi abuela anunciaba que arrojaba la toalla batiéndose en retiraba con su manida frase: “Me muero, antes de volver a poner un pie en esta casa.” Mi madre chillaba enrabietada viendo cómo con su cortitos y ligeros pasos cruzaba la calle a refugiarse en su casa. Estoy seguro que de no ser unos niños con un buen sentido de la comedia, estaríamos ahora todos un poco chalados de presenciar tanto melodrama veraniego. Con todo, yo, más sensible y madrero, tomaba partido y juraba venganza contra la abuela cuando veía a mi madre sufrir por su culpa. Esa es la justificación que le doy a un anónimo que le envié y se lo eché por debajo de la puerta de su casa donde se leía: “muerte segura”, en el que me afané en el dibujo realista de una calavera.
Ah, la felicidad del verano, de las vacaciones, del sol de justicia y de los ánimos encendidos. Mi madre volvía loco a mi padre con los celos, y cuando ya lo tenía al borde del disparate, ella corría y se escondía en casa de mi abuela. Nadie se libraba. Yo, mientras, evitaba mostrarme a determinadas horas porque mi padre reparaba en que tenía un hijo y me pedía que me sentara frente a él repasando los contenidos del curso que se avecinaba. Lo que hubiese significado partir con ventaja respecto a los demás niños de la clase que con total seguridad no habrían dedicado ni un solo minuto de su tiempo de vacaciones a semejante esfuerzo. Un horror. Dilapidar el tiempo en algo que no fuese provechoso sacaba de sus casillas a mi padre. Mientras, en el polo opuesto de la coerción habitaba mi primo Gaspar que disfrutaba de una libertad absoluta a todas horas. Para él no existía el horario de la siesta en la que no sé por qué decreto los niños debíamos acostarnos a dormir. A esa delicada hora lo veía a través de la ventana callejear y por señas me invitaba a irme con él. Yo le mostraba el cuaderno de ejercicios y notaba cómo le recorría un escalofrío por el cuerpo. Custodiado por mi padre y realizando ejercicios de mínimo común múltiplo y máximo común divisor, aderezados de un coscorrón cuando me equivocaba porque mi padre no tenía otro blanco más cercano donde descargar su inquina por la briega que le daba mi madre, nunca el tiempo transcurrió más despacio. Alguna tarde logré evadirme; por mucha vigilancia a la que me sometiera, yo procuraba aprovechar cualquier resquicio para evitar el suplicio, a pesar de saber las terroríficas consecuencias que suponía saltarme aquella sacrosanta norma doméstica, abría la puerta de la calle y escapaba en pos de la libertad y aventura con mi primo que no comprendía las normas de mi familia. Entonces era hacer algo sencillo y sin previsibles consecuencias: un juego, un paseo por las afueras del pueblo, ir a ver un accidente, como aquel camión que volcó lleno de latas de conservas a unos cuantos kilómetros del pueblo y en torno a las reventadas y ventrudas latas se arracimó algo así como la mitad de la gente del pueblo. Nuestra expedición regresó con las manos vacías; lo único que hubiera hecho falta es que a la caminata tan tremenda le hubiésemos añadido el sobrepeso del porte de unos cuantos kilos de conservas. La mayoría de las veces y a hechos consumados siempre nos habíamos expuesto a algún peligro, volvíamos con algún daño, ofendidos, heridos o causantes de un destrozo. Gaspar asentaba su inmerecida fama de niño granuja, salvaje y que había que moler a palos, y vaya que se los daba su madre. Yo le juraba a la mía que nunca más me iría con él, es más, que nunca volvería siquiera a tratarlo ni mirarlo, y con esta hipocresía infantil salvé muchas veces el pellejo.
La temperatura se iba suavizando con el declinar de la tarde y a eso de las ocho, cuando ya se podía vivir, te dabas un baño en un barreño en el patio, donde mi padre andaba ya más sereno y lo veía ejecutar una tabla de ejercicios gimnásticos de tipo sueco. Mi madre sonreía y era muy frecuente que salieran de noche a tomarse una cerveza. La abuela tenía el cometido de atendernos y ponernos la cena.
Corrían los años setenta, cuando la familia era un sinfín de personas: abuelas, tíos, primos… Hoy, con una generación perdida completamente, la familia ha crecido de modo exponencial, pero ya existen hijos de primos a los que no conozco. Tengo la certeza de que esto antes no ocurría. Los parientes emigraban a Bilbao o a Mollet del Vallés y seguían manteniendo el contacto con la familia del pueblo. Regresaban para la feria de agosto y no había ningún problema de que se alojaran en tu casa. Los primos dormíamos como las sardinas, unos a los pies y otros a la cabecera de la cama. Archidona aumentaba su población como un pueblo de la costa, y los que un día se fueron a la emigración volvían ufanos a sus orígenes orgullosos de que la vida les marchase bien.
Yo tendría unos once años y sobre mi infancia poseía poderes plenipotenciarios y la convertí en mi única patria tal como dice el poeta. Anduve tan ensimismado en el juego hasta el punto de que ni siquiera me alimentaba. Un verano, mi madre, preocupada por mi delgadez, me daba para merendar un bocadillo de embutido, yo lo escondía debajo de un arcón que servía de frontera para que no subiésemos a las cámaras. Cuando retiraron el arcón y aparecieron enteras las meriendas, mi madre quedó desconsolada; los bocadillos, algunos ni tan siquiera con la señal de haberlos probado. Para reponerme de mi delgadez se granjeó a una buena mujer para que sacara por el seguro unas ampollas de vitaminas. Aquellos vitrales con un líquido de sabor a golosina y que me estuve bebiendo no sé cuánto tiempo, fueron la base para abrirme un poco más el apetito y coger peso para que no me arrastrase el viento de lo escuchimizado que estaba. Mi primo era todo lo contrario, sus gustos gastronómicos y apetito lo demostraba cuando era capaz de comerse los brotes de los juncos del río, los cangrejos tal como los atrapaba en el agua, la resina de los árboles la degustaba porque se parecía a la gelatina que aún nadie había probado, las almendras verdes o cualquier vegetal verde (lo tuvieron que operar de apendicitis de un atracón de almendras verdes)… y los frutos secos del vecino que tenía un puesto ambulante, un carro para ser exactos, que vendía avellanas, catufas y cuatro cosas más para poder alimentar una familia. Creo que mi primo llegó a comerse las ganancias de esa pobre gente entrando a hurtadillas en la casa, entonces las puertas de las casas no se cerraban como ahora, y metiendo las manos en los sacos se llenaba los bolsillos a la vez que la boca. Yo le acompañé alguna que otra vez a aquel hurto, por mi afán de niño aventurero antes que por apetito. No era raro que estando con mi primo el masticase con fruición un puñado de gratuitas catufas. Como niño inteligente y de catadura de hormiga, se aprovisionaba para épocas de escasez. La de veces que mi madre me conminó a “dejar las junteras del primo” o molerme a palos. No podía evitarlo, pero un rato con él equivalía a tener una experiencia memorable.
Puedo hacer una clasificación de los niños de mi generación, partiendo de que todos éramos auténticos niños callejeros, de rodillas con postillas, chifarradas, que nos acostábamos con mugre y que nos poníamos enfermos los sábados después de bañarnos y colocarnos la ropa limpia que tendríamos toda la semana; no sabría dónde encasillar a Gaspar. Dios que demonio de niño. Cuando todos nos disponíamos a jugar, él, sobre la marcha, creaba alguna variante en el juego para darle algo de emoción. Era muy frecuente que de sus juegos, alguien saliese escalabrado, magullados siempre, o perseguidos por un adulto o pandilla rival, o apedreados, o denunciados. No es de extrañar que los nietos de un respetuoso médico que pasaban algunos días en el pueblo, se desviviesen por participar en nuestros juegos y ponerse a las órdenes de los designios de mi primo. Como no tenían la prebenda de la que gozábamos el resto, la de estar en la calle hasta que nuestras madres corriesen la voz de que nos buscaban por eso de que era tardísimo, de ahí que hubiesen desarrollado gustos y modales que a nosotros nos llamaba la atención; en especial disfrutar con los juegos de mesa y estrenar juguetes en cualquier momento del año cuando los demás recibíamos nuestros juguetes solo en Reyes Magos. A mi primo le echaron los reyes repetidas veces par de pistolas y un tablero para jugar por una cara a la oca y por la otra al parchis. Las pistolas duraban lo que duraban los detonantes. El tablero servía para arrojárselo a algún hermano a la cabeza. Como digo, esos niños educados y de padres con dinero, participaban alguna que otra vez en nuestro mundo salvaje de pequeños forajidos, y como miembros de pleno derecho, también sufrían de algún percance, una caída, un tortazo, una broma cruel. Entonces, el abuelo, con todos sus conocimientos de medicina práctica, pedía un castigo ejemplar para quien fuese el culpable. En estas no es de extrañar que más de una vez el señor fuese a casa de alguno para poner al corriente a los padres del daño y pedir la reparación pertinente. Salvo cuando era mi primo, entonces el buen hombre intentaba cobrarse en especie. Un día ocurrió que vi al médico correr a espeta perros tras Gaspar hasta que mi primo se paró contra una pared e intentó defenderse argumentando algo a favor suyo, como hacen lo chiquillos de hoy, cuando el médico sin pensárselo dos veces le arreó una patada. Gaspar con los reflejos del rayo la esquivó y el buen médico estrelló el pie contra la pared. Aquello se había puesto más enmarañado aún, y lo que valía era perder el culo corriendo. En ese momento cualquiera que estuviese en la calle se habría asombrado de ver a un hombre mayor y de notable reputación corriendo cojo detrás de un indefenso niño.
Mi madre intentaba por todos los medios “cortar la amistad”. Jamás le hice caso. Aquellas trapisondas son lo mejor que guardo en el cofre de la infancia y no las dejé pasar a pesar de que tenía el conflicto de también querer ser un niño obediente y orgullo para sus padres, las correrías ejercían un efecto magnético sobre mi persona dándome cierta pátina de niño rebelde que se deja manipular por un vástago del infierno. Tampoco lograba ganar méritos con las notas del Colegio, las cuales eran harto mediocres; mejor, eso demuestra que la escolaridad no es síntoma de nada. Que ser un buen escolar solo sirve para la escuela. Mal andaríamos si aquella pléyade de chiquillos con los que conviví y que cargaron injustamente con el fracaso escolar a las espaldas, fuesen hoy los hombres que son por el papel que les dejaron que hicieran en la escuela. El estar bajo la férula de mi padre, maestro y para colmo director de los dos colegio por los que transitó mi educación, complicaba más el asunto porque se me pedía que fuera algo así como un pequeño Newton y a lo más que llegaba era a trepar por el árbol de las manzanas. Que tu padre sea maestro en el colegio donde estés puede arruinar una gran parte del tiempo donde transcurre tu infancia: la escuela; que además sea el director, engorda la desdicha. Ventajas, cero. Todo hubiera cambiado si en lugar de ser un niño con tendencias de perro callejero, como le dijo uno de mis maestros a mi padre para explicarle cuáles eran mis motivaciones en la vida, yo me hubiese aplicado en los estudios. Así, cuando mi padre me preguntaba por quincuagésima vez cómo se calculaba el mínimo común múltiplo lo habría resuelto con pericia. Qué gran satisfacción, y no que erraba de cada tres veces dos, lo que demostraba que dejaba mis contestaciones al azar en lugar de a la reflexión lógico matemática. Otra de mis peculiares características y que seguro despistó bastante a los que esperaban catalogarme de algo era mi mutismo cuando estaba con adultos, el cual se basaba en mi capacidad de observación y la poca gracia que me hacía hablar. Los adultos en general no te aportaban nada. Te pedían que les correspondieses como si fueses un hombrecillo, nadie trataba tu infinita capacidad de imaginación y curiosidad. Simplemente, no existías, o si existías era porque estorbabas. Cuando encontrabas a un adulto que te caía bien, era por la sencilla razón de que era tan niño como tú. Procurabas acercarte lo menos posible porque casi siempre que se entablaba una conversación entre un adulto y un niño era para reprocharle algo al niño. Gracias a esa actitud todos teníamos un enemigo común y contra el cual uníamos nuestras emotivas fuerzas: los mayores. Había uno en especial: Serón. Cerca del pueblo estaban las huertas. La de Serón se convirtió en el blanco de todos nuestros asaltos, y era porque Serón, un hombre mayor y con muy mala leche, disparaba con su honda a matar. Robarle habas era de un absurdo peligro porque te podía arrancar la cabeza de una pedrada. Por su falta de consideración y su desmedida maldad contra la niñez, él ocupó el primer lugar en nuestra pirámide de conspicuos enemigos. No sufrimos ninguna baja en nuestros asaltos. La única de todos no tuvo que ver nada con Serón ni con sus pedradas. Una baja tremenda y definitiva: uno de nuestros amigos, un día de verano, con diez años, su madre le hizo el atillo para que se bañase en la piscina municipal y se ahogó. Aunque parezca increíble por aquellos tiempos nuestras madres nos dejaban ir solos a la piscina municipal que tenía una profundidad de cinco metros en la parte más honda. No sé si se habían inventado las depuradoras o si tan siquiera se conocían, el caso es que a los pocos días de llenarse el agua estaba completamente verde y no llegabas a verte los pies. Sandrini, un hombre bajo y de una fuerza hercúlea lo encontró buceando. A los pocos años Sandrini rescató otro niño ahogado. Paradojas del destino, Sandrini murió ahogado un día que vino de excursión a la playa de la Carihuela. Mi madre, tan práctica como siempre, me hizo que me despidiese de mi amigo amortajado en la cama. Le di un beso en la frente. Una experiencia que me marcó para siempre al ser el primer beso a un difunto, amigo y con diez años. Aquel día maduré tanto que podía haberme alistado en la legión extranjera. Todos sus amigos asistimos al duelo y portamos las coronas de flores. Memoricé el número del nicho en el cementerio, el 818, y siempre, desde entonces, cada vez que he ido a un entierro le he hecho una visita. Existe una foto donde se recoge a gran parte de los niños y niñas de aquella época: un cumpleaños. Nos amontonábamos alrededor de una tarta y unos platos con dulces. Estuve buscando a mi malogrado amigo y di con él. Mi primo Manolo lo tapaba y su imagen sale en la foto porque aparece reflejado en un espejo a la espalda de todos. Salir en una foto porque tu imagen se ve en un espejo es algo muy curioso y da que pensar que lo de Alicia es cierto.
lunes, 28 de junio de 2010
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Muy bonito,parece sacado de una novela, lo mejor de todo es que lo viviste, todo un privilegio ser protagonista de la misma. Hasta la próxima.
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