lunes, 26 de julio de 2010

Avanza julio

Tal como dice el budismo, el sufrimiento forma parte de la vida, tiene una causa y a nosotros nos compete romper la cadena de la causalidad para evitarlo; y por supuesto, lo más importante: somos nosotros quienes nos debemos ejercitar en alcanzar la ruptura. Dice más cosas, como que todos somos responsables de lo que hacemos, cuyas consecuencias no sabremos cuánto tiempo tardarán en manifestarse ni de qué forma lo harán cuando llegue el momento. Que si hacemos el bien serán cosas buenas las que nos ocurran y al contrario, lo que cabe esperar es el sufrimiento. Ya lo tengo claro: haré el bien no porque sea el bien, sino por lo provechoso de la situación.

El pueblo padece, de un tiempo a esta parte, una enorme transformación en las cosas más peregrinas. Antes la gente iba en masa a los bares. Cuando tenía quince años era muy normal que nos aposentáramos en la barra de un bar y nos bebiéramos unas cervezas, eso sí, con tapa. Los mayores no se despegaban. Las noches del verano la gente se quedaba hasta la madrugada sentada en las terrazas al fresco. Ahora, todo el mundo se recoge para las doce. Es un pueblo con hábitos de ciudad. Ya nadie se sienta de noche con sus sillas en las aceras a dar cabezadas. Entran en casa, encienden el aire acondicionado y se absorben viendo la televisión por cable.
Más cambios:
-En casi todas las casas hay aparatos de aire acondicionado, salvo en la nuestra, que utilizamos el tradicional método de las corrientes que entran por las rendijas.
-No hay suficientes aparcamientos en el centro, como en cualquier gran ciudad del orbe.
-Al atardecer, antes, un hombre regaba las calles con una gran goma que lanzaba un chorro portentoso y una cuadrilla de niños jugaba a su alrededor para ver si los empapaba. Desde hace unos años, la limpieza está mecanizada y la suciedad es perenne.
-Los vecinos se quejan continuamente del calor y de los políticos, en verano; en invierno, sólo del frío.

El otro día hubo una corrida de toros en la Plaza Ochavada. Hará unos pocos meses, el director de la oficina donde tengo la hipoteca del apartamento quiso venderme las entradas. Le dije que era muy pronto, pues no sabía si estaría de viaje. La corrida la han televisado por el Canal Sur, y a mí, que no tengo nada en contra de la fiesta nacional, me desagradó, al contrario que el resto de la gente. Según un familiar metido en la política, es la forma de más rentable de promocionar Archidona. Yo, que con estos calores desbarro mentalmente, tenía programado salir al campo coincidiendo con la hora en la que los toreros iban a ir a la iglesia a rezar, supongo, en un carruaje de caballos y de allí partirían al coso (las seis de la tarde). El sol achicharraba y no tuve más remedio que refugiarme en casa de mi primo y ver con él la defunción de los tres primeros toros.
La corrida es lo que al uso suelen llamar goyesca. Todo el personal, toros y gente auxiliar, visten como bandoleros un domingo. Muchos vecinos participaron en los más variopintos papeles, ataviados con sus atavíos daban la misma impresión que un mecánico vestido de traje. Lo más pintoresco y gracioso fue la actuación que hizo un vecino en el papel de alguacil. El hombre, vendedor de electrodomésticos, en sus ratos libres es caballista. Como muchos a los que veías en las más diversas funciones, salvo de toreros, su cometido concreto era salir en el desfile del comienzo de la corrida a caballo, dar una vuelta y para casa. El caballo no estaba muy ducho en su labor y cuando se vio en la plaza rodeado de ingente multitud y la banda de música con el consabido tintirintín, el animal reculó contra las tablas y de forma indecorosa limpió media plaza. El dueño, poco hábil, tiraba de las riendas como si fuese un caballito de feria. Uno de los locutores de la televisión le recriminaba que tratase así al caballo, intercalando una frase muy expresiva: “Que ruina tienes, chaval”. Quizá la faena de los toreros no pasen a los anales de la tauromaquia, pero será muy difícil borrar el rato tan entretenido que nos hizo pasar nuestro conciudadano y su hermoso caballo.

Sólo ha habido un día de tregua. Ayer, el cielo se nubló y pude ir a pasear a las siete de la tarde, y sin gorra. Antes quedé con mi amigo Manolo. Cuando llegué a su casa de Manolo a por él, tal como habíamos quedado, estaba durmiendo la siesta. Se da la circunstancia que por la mañana, a eso de las once, quiese que nos tomáramos un café y también dormía. Manolo lleva queriéndose quitar del tabaco desde que lo conozco. Esperé a que se levantara y lo vi llegar con el paquete de tabaco en la mano.
-Ven, vamos a tomarnos un café –me dijo mientras encendía el cigarro.
-Hoy no puede ir contigo. Mañana. –y me ofreció unas cuantas razones de gran peso.
Yo le dije: Manolo, que así empezamos todos los veranos. Te doy tres avisos, como en los toros, y no te busco más para hacer ejercicio.
-Vale, pero el de hoy no cuenta.
Así que hemos quedado para hoy.

Con Eusebio, mi primo, la cosa cambia. Él es deportista de condición y es muy difícil que te falle. Con él me fui a la sierra por el camino de La Hoya. Es un camino que en su cota más alta llega a tener un desnivel de más del veinticuatro por ciento. Lo peor es que muere entre olivos y sierra. Existen unas veredas que te llevan al pueblo, pero el poco uso y la maleza las ha borrado. No hay una vez que cojas ese dichoso camino y termines dando saltos por un lapiaz, llenándote de pinchos y lamentando tu decisión. Al final, el último trayecto hasta el pueblo, tuvimos que hacerlo corriendo porque la noche nos mordía los talones.

Y para terminar, visita a casa de mi primo. Estuvo de lo más lucido. Le dijo a la mujer que tenía ganas de irse a la cama para berraquearla. Expresión soez, de poca capacidad seductora si no se conoce el significado; si se conoce, como le ocurre a la mujer, las consecuencias pueden ser imprevisibles.

Mañana será otro día parecido. Los albañiles de la casa de la señora Conchita comenzarán a dar porrazos a las ocho de la mañana; luego eso de quedarse sobándola en la cama queda descartado. Martillean el tabique medianero nada más llegar, nos despabilan y pasan a otra cosa. Creo que lo hacen con guasa. Desde que tengo memoria, no ha existido ningún verano que algún vecino acometa una obra y nos dé la siesta con la el tac tac del martillo compresor o de la hormigonera. Ahora, para colmo, el bar de la cigüeña con patas, que se lo traspasó a una familia de voceros, nos ameniza con una algarabía de borrachos comandados por un vecino, al que el anterior propietario lo tenía atado en corto prohibiéndole coger cogorzas en su bar, pero que a estos nuevos propietarios se le ha subido a la parra y no hay un día que no pille un cebollón, chille como un energúmeno y se asome a la puerta del bar para ver con quién se mete. Es de esos hombres que el vino lo transforma en un demonio y que despabila la borrachera calentando a la mujer.

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