jueves, 22 de julio de 2010

A estas alturas del verano

A estas alturas del calendario, veintidós de julio, no hace falta que diga que me encuentro en Archidona. Sí, aquí estoy, en este oasis de paz, repitiendo las rutinas que he realizado los últimos treinta años, exceptuando que ya no salgo en bicicleta, hablo con unos, voy a la biblioteca, paseo…
El constructor, amigo de cuando salíamos a correr juntos y que me vendió el apartamento, dice que como los maestros no vive nadie.
-¡Eres la persona que más admiro! ¡Vives como te da la gana! –me dice cuando me ve- ¡Cómo os cuidáis!
Yo le respondo que es cierto pero que carecemos de liquidez para derrochar en tanto tiempo libre.
-¡Dinero! ¿Para qué quiere uno el dinero? Para esclavizarte, como estoy yo. Ahora, - me dice sulfurado y señalándome unos terrenos que tiene previsto edificar- tengo que pagar veinte mil euros de contribución urbana por esto.
Me dice que le llame para quedar en ir a correr mientras echa a andar. Le contesto que ya no corro, en todo caso podemos ir a caminar. Pero mi voz ya no la escucha. Está muy nervioso porque tiene que terminar de construir el nuevo recinto ferial del pueblo, y la fecha, el quince de agosto, la tiene ya encima.
Por lo demás las cosas no pintan bien en varios campos:
-mi suegra,
-mi primo,
-algunos amigos y otros.

Vayamos por partes.
Mi suegra esta harta de los dolores de la espalda. Sus previsiones para el verano se le han caído al suelo. Pensaba, en el nivel más alto de su optimismo, que caminaría como el verano pasado y podría salir con sus amigas, mal llamadas por mí “las gozilas”, a pasear y tomarse sus cervezas; en su sentimiento menos optimista, creía que al menos podría moverse por su “castillo” y ordenar a sus vasallos las veinte mil cosas que es capaz de mandar. La realidad, y lo lamento profundamente, es que la pobre está sentada frente a un ventilador quejándose del dolor y a base de calmantes. ¡Perra vida esta!
En otro orden de cosas la noche pasada tuve una conversación muy refrescante con mi primo Gaspar y su mujer. Intentaba yo demostrarle los efectos sanísimos del yoga mientras le hacía las asanas más comunes. Se convenció al instante que aquello no era para él, pues su problema textualmente según cuenta es: “el enorme barrigón que he heredado”.
-Primo, yo me voy a apuntar a un gimnasio –me dice, mientras mira a su mujer y le pregunta- ¿Tú que dices, Loly?
-Yo lo único que digo es por qué no te mueres -le contestó su mujer taxativamente.
Es bonito cómo una pareja llega a amarse con el paso del tiempo.
Mi primo está acostumbrado a estas respuestas y no les hace caso, es más, yo diría que les encuentra hasta cierta gracia. Mientras se frota el barrigón a dos manos y sopesa cómo podría bajar peso sin esfuerzos y sin dejar de comer, sigue con inusitado interés todas las noticias que salen en Internet o en televisión sobre medicamentos que reprograman las células gordinflonas para que dejen de almacenar inútil grasa. Un tiempo atrás, me acuerdo de lo bien que le sentó la noticia de una amigo suyo al que le habían introducido un balón inflable en el estómago y que lo transformó en un ser esbelto y grácil. Sólo le encontró un pequeño problema: que la intervención costaba varios miles de euros. A la vista de la frustración le recomendé que por qué no ingería menos:
-Esa no es la cuestión. Yo no puedo dejar de comer porque me da algo malo. El problema es de estos malditos médicos que no son capaces de sacar algo que haga que no engordes por más que comas –me contestó enfadado.

Cuando se tiene una hija de veintidós años y un hijo de puta de treinta y tantos la seduce trastocándole la mollera, cómo se arregla eso.
En este confuso dilema se encuentra un amigo.
Yo le he pedido más datos, pues sé que la barrera de la edad no es óbice para una relación entre una mujer y un hombre.
Estos son los datos:
-El sujeto no tiene oficio ni beneficio reconocido.
-Tiene un amplio currículum de seducciones.
-Tuvo en BMW
-Tuvo una casa.
-Tuvo padre y madre.
-Ahora no tiene BMW, vive de alquiler y su padre y madre se separaron y cada uno tiró por donde quiso.
-Lo peor de todo: ¿de dónde ha salido este tío puñetero?
El caso es que mi amigo anda depre y no tiene ganas de nada. Su cabeza es un continuo runrún y cree que le va a estallar. Ha hablado con su hija comentándole lo que le está haciendo sufrir a él y a su madre. Ella, ciega de amor, le responde que es mayor y lo previsible en estos casos de ofuscación: que con su vida hace lo que quiere.
Yo, que me prometí que no iba a intervenir en la vida de nadie, que para eso estaban los libros de autoayuda, le digo que podemos hacerle una visita al seductor y hablarle claro, con educación, como un padre debe de actuar, para que él vea dónde a puesto la era y mi amigo tener una impresión más certera de dónde se ha metido su hija y no andar haciendo suposiciones porque va a terminar volviéndose loco. Creo que para concluir la hipotética conversación que tendríamos, le digo a mi amigo, deberíamos decirle: y ahora esta noche, cuando te acueste piensa en el daño que le estás haciendo a mi familia, y por eso espero que te mueras y mañana pueda mi hija ir a tu entierro, eso es lo único que pido. Y nos despedimos con total educación.
-Yo me pongo muy nervioso –me dice- y no es de extrañar que le pegue un puñetazo.
-No, eso nunca. Ya me encargaría yo, que tengo una capacidad increíble de quemarle las neuronas a base de razonamientos de culpabilidad, de moderar la conversación.
Me temo que mi papel no sirviese de nada, porque la fuerza de mi amigo es increíble. Sus manos pueden coger mi cabeza, y no exagero, y reventarla como si fuese una nuez. Es el único que le pegó y tumbó de un puñetazo a al tío más chulo y avasallador del pueblo, y todo porque le dijo que no le pagaba una factura. Con esas credenciales creo que sólo con ponerle las manos delante de la cara al patilludo que se ha ligado a su querida hija se echaría a temblar. Son manos como canastos llenos de morcillas. Ojalá que la hija recapacite y deje al mentecato antes de que el padre cometa un tropelía. Madita tiene muy poca fe en mi capacidad de agravios domésticos.

La vecina, doña Conchita, está haciendo obra en su casa. La hija, que cometió la equivocación de quedársela cuando repartieron la herencia entre los hermanos, nos comenta que nadie sabe lo arrepentida que está. La casa tiene usía. Los albañiles, estoy seguro de que entraron por la puerta para hacer unas pequeñas reparaciones y ya llevan meses. Cuando tocan un tabique, el del al lado se cae como una carta de naipes. Si ponen una viga para afirmar el suelo, traspasan a la nuestra porque el que hizo estas casas echó los restos en los muros maestros y los tabiques faltó ponerlos de papel de estraza. Ahora podemos comunicarnos asomando la cabeza por uno de los agujeros que han taladrado. Oímos los gritos de los trabajadores a la hora de la siesta avisando que algo está para caerse. Cuando subieron al tejado para ver cómo se encontraba, un obrero hizo un somero análisis de vigas maestras vencidas, caballetes sin encalar, canalones atorados, daños hechos por los palomos… Un camión ha descargado varias fanegas de arena para la obra en la misma puerta a merced del viento. No es de extrañar que la señora Conchita, sentada en su sillón, esté cubierta de dos dedos de polvo y un poco molesta por tanta inconveniencia. La calle parece sacada de una película del oeste del polvazo que hay en las aceras. Los albañiles, cuando terminan el tajo, apenas se les distinguen los ojos, parecen personas recién salidas de una mina.

2 comentarios:

  1. Aunque puede que no sirva de nada, si yo fuese de la familia de esta chica, desde luego, no dudaría en ir en busca del tal elemento y darle un buen susto y más si tuviera un par de buenos puños o un buen poder de convicción, por lo menos el muy c... no se iría de rositas.

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  2. El método más rápido y certero para que el individuo hulla es acogerlo como si de un hijo prodigo se tratara, hacerle creer que estás encantado con ir de boda, que es tu yerno preferido, y cuando él crea que ve la boda cerca, huirá como un cobarde y entonces puentes de plata.

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