miércoles, 18 de agosto de 2010

La era de las piscinas de aguas cristalinas





Fui con mi hermano y su familia a la alberca de las Lolas.
En la era de las piscinas de aguas artificiales, bañarse en una alberca es un lujo, un viaje en el tiempo a la edad de cuando tenía doce años y en el campo no existía el exacerbado instinto de propiedad cercándolo todo.
A las seis de la tarde y con cuarenta grados, el vehículo no puede seguir el camino, por lo que tenemos que andar un gran trecho polvoriento en plena solanera pasando junto a un aprisco de cabras y ovejas, cruzando un puente sin pretiles y sin la más mínima sombra hasta que alcanzamos la selvática fronda que crece alrededor de la alberca. El recinto presenta ese rústico abandono de los empeños cuyos comienzos están desbordados de proyectos, pero que declinan por agotamiento de las fuerzas o bien porque la ilusión se atasque o por el normal cansancio de todas las empresas humanas o porque te quedas sin dinero. Conserva el flemático abandono que nos habla del ocaso de su época dorada cuando las propietarias lo decoraron con piedras de molino, plantaron una vegetación frondosa y extraña, entre las que se haya un pinsapo de tres metros, se construyó una gran cubierta para dar sombra a una enorme mesa redonda de azulejos y de dos metros de diámetro, rodeada de bancos de mampostería. En un lateral se eleva una gran barbacoa con capacidad para asar un búfalo. Ahora las dueñas le prestan poca atención: cuidan las plantas, quitan los hierbajos y sacan los cadáveres de los pequeños animales que flotan en el agua.

Mis sobrinos están criados en el arrojo y el valor, así que no es de extrañar que mientras cavilaba si meterme en ese caldo primigenio, ellos ya llevaban un rato chapoteando.
Héctor, de tres años, con su lenguaje de gran verbosidad para su edad y a medio construir, hizo todo el camino de mi mano contándome que la tarde antes su padre había sacado un ratón ahogado.
Al llegar, su gran ilusión fue mostrarme el reseco cadáver. Me senté en el borde fijándome en todo lo que flotaba. Mi hermano, por la espalda, me empujó y caí al agua vestido. De no haber sido así, estaría todavía pensándomelo. Para que mi mente no hiciese conjeturas de qué se podía esconder en aquellas aguas abisales, me subía a un murete y me lanzaba haciendo la bomba.
¡Ah, qué felicidad! Volar, caer y tocar con los pies el suelo cubierto de un légamo resbaladizo para volver a impulsarme y salir del agua como un cohete. Un truco de cobardica, la mente la tenía distraída en el trajín de los saltos y no reparaba en lo que podía estar compartiendo al mismo tiempo aquella verdosa y aterciopelada sopa. Cualquier sensación en el cuerpo dentro del agua la amplificaba y la imagen del ahogado ratón bañista no dejaba de agobiarme.

El pueblo se está preparado para la feria. Durante la siesta –siempre en la siesta- han estado descargando sillas, mesas y mostradores exteriores para el bar de la golondrina con patas. Quiere esto decir que piensan montar una barra en la calle para aprovechar el invento de la feria de día. No van a ser días tranquilos.

En la biblioteca, uno de los investigadores del pueblo me mostró un documento del año 1581 cómo un archidonés dejaba en testamento un esclavo morisco.

Sobre las conversaciones en la biblioteca:
“En mi instituto, cuando una alumna quiere irse sin permiso, dice que va a abortar. No nos cabe más remedio que dejarla que se marche. La ley la ampara”
“Leerme el Ulises de Joyce, fue todo un reto. Creo que es lo más heroico que he realizado en mi vida”
“Es increíble que la biblioteca no tenga más dinero para ventiladores”
“Nadie dice que Blas Infante se convirtió al Islam”

Sobre películas:
Good Bay Lenin.
La vida de los otros.

Sobre escándalos del pueblo:
Una separación. En este caso es posible que ella le haya dejado a él por ser un tío tacaño. En mi pueblo hay muchos hombres que son abandonados por sus parejas no por machistas, sino por escatimosos.


Esta noche es la romería al Santuario de la Virgen de Gracia. Tradicionalmente a veces subo y otras no, depende de las ganas.
En casa de mi suegra estamos todos: mis hijos y sus invitados, mi cuñado con su familia y los asiduos. Como la tercera planta está enterrada en polvo debido a la obra, faltan camas.
En casa de mis padres se ha instalado mi hermano Valeriano y su numerosa familia. Llegan, viven, ensucian y se van. Después mi padre encarga que limpien y ordenen la casa, y el ciclo vuelve a empezar.
Volviendo a la romería, diré que todos los años es lo mismo. Al subirse de madrugada los dos kilómetros de empinada cuesta, soy hombre muerto. Hay tres noches al año en las que padezco un sueño terrible: la noche del veinticuatro y treinta y uno de diciembre, y la del catorce de agosto, el día de la romería. Son las tres noches que se supone que uno debe tener el cuerpo para lo que le echen, y yo no sirvo para nada. A raíz de la muerte de mi madre, las dos primeras las he suprimido definitivamente, me dan igual las tradiciones, la familia y las Pascuas. Sólo me queda la romería y pienso cumplir con ella. Dormiré una reparadora siesta y a eso de la doce de la noche, emprenderé la ascensión al cerro y le rogaré a la Virgen por todos.
Este año me detendré en la terraza que tiene mi primo el naviero en mitad de la sierra para prevenir que no me ocurra lo de todos los años que subía con los ojos medio cerrados de sueño y a rastras. Mi plan es tomarme alguna bebida energizante, con alcohol, que despabile y euforice.
Mañana contaré.

3 comentarios:

  1. Recuerdo cuando bañarse era una aventura. Iba escapado, cuando los míos dormían a la siesta, al puente de Lucena.(A unos tres kilómetros de Antequera). Allí había un remanso y una piedra para tirarse. Los niños hablaban de la escuela, yo aún no iba, tenía menos de séis años.
    La vuelta la hacíamos con los calzoncillos bancos en la cabeza, de esa forma se secaban. Luego cogíamos espigas e íbamos merendando. Al llegar a Antequera nos quítabamos el polvo de las piernas en una fuente y nos frotábamos las piernas con saliva. De esa forma si te pasaban una uña por la pierna no descubrían que te habías escapado. Suerte que entonces no teníamos defensor del menor, nos defendíamos solos

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  2. Ahí mandaba yo a mi vecina la histérica, que el otro dia descubrió en la piscina unos bichitos que son propios del agua y la cabrona se baja a calentarle la cabeza a todo el que pilla para que no se bañe porque dice que el agua está contaminada y tiene a toda la comunidad acojonada. Lo que hace el aburrimiento, se entretiene soliviantando a los demás y fastidiándoles el refrescón diario. Porca vida.

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