El “Pienso, luego existo” de Descartes es una de las mayores patochadas. Eso es lo que nos amarga la existencia, creer que porque pensamos existimos. Pensar se ha vuelto una enfermedad. La mente se ha apoderado de nuestro cuerpo, y son los pensamientos los que nos dirigen, los que con su continuo runrún no dejan de agobiarnos la existencia.

Cuando era niño subir de madrugada a la ermita lo vivías como una maravillosa aventura: la emoción de estar levantado hasta la madrugada, cometerte unos chumbos, los churros de la vuelta, elegir el regalo en la caseta de los turroneros, casi siempre una escopeta que te comprarían si te ponías lo suficientemente pesado. Te acostabas y al poco rato oías la música de una charanga callejera que hacía un pasacalle acompañada siempre por el mismo hombre simplón bailando como un oso, Miguelón. Hoy uno va a regañadientes a la feria y el rostro lo delata. Te dejas llevar por ese río de cosas que se hacen porque sí, que tenían un sentido cuando eras niño porque todo era nuevo, recién estrenado, pero que ahora son una carga repetida y agotadora. Entre huraño y un ser social, uno ha escogido el anodino camino de en medio, el peor, ser escéptico y no creer. Es feria, sí, pero por qué.Siendo un preadolescente mis padres de mis andanzas sabían por el aspecto con el que regresaba a casa. Gracias a esa gran intuición que tienen nuestros progenitores, les bastaba mirarte para saber qué habías hecho y con quién. Era muy sencillo; que volvía a casa limpio y reluciente, no había hecho nada malo; que regresaba como un pordiosero, en algún lío me había metido; que regresaba más tarde de lo estipulado, entonces se encendían las alarmas de que tenían que actuar de forma contundente antes de que fuera demasiado tarde y me perdiese para siempre. Así que más de una vez, antes de pasar revista, he entrado como una exhalación al cuarto de aseo para quitar las huellas que me delatase de mis correrías.
Una noche de romería hicimos acopio de una botella de ginebra y varias de refresco para el camino y ponernos a la altura del resto de las pandillas de jóvenes. Como todo, aquello era un juego, un juego que imitábamos a ser mayores. Superamos la revalida, algunos con nota, como mi primo Gaspar. No habíamos andado la mitad del camino cuando teníamos todos una descomunal borrachera, el que más mi primo que se puso malísimo y lo tuvimos que arrastrar a su casa. Lo dejamos encima de la cama de matrimonio convertido en una piltrafa. Su madre al ver el regalo no reaccionó hasta que descubrió la mancha de orina, entonces explotó maldiciéndolo, recriminándole lo guarro que era y asestándole golpes para que despertase. El resto asistimos a la escena estupefactos y con el temor seguro de que cuando mi tía terminase con mi primo la emprendería a golpes con sus solidarios amigos, nos escurrimos dejando al desdichado a su suerte. Mi primo dormía la mona del siglo, la prueba es que al día siguiente no se acordaba de nada, ni de cómo cogió la cogorza ni de por qué tenía la cara amoratada.
Otra vez, no me acuerdo del orden, no sé si fue antes o después de la peregrinación alcohólica, es lo de menos, lo interesante es que aquella noche de romería bien podría pasar a la historia como el último asedio que se vivió en el castillo después de que lo conquistasen los cristianos. Marchábamos y antes de llegar a coronar el cerro donde está la ermita hicimos una parada en el recinto amurallado, los restos del antiguo castillo árabe, en el que aún se conserva las barbacanas y torres homenaje, como la de la Puerta del Sol a la que trepamos subiendo por un muro semiderruido y muy peligroso. Nuestra intención era observar desde aquella atalaya a la gente que iba y venía por el camino, el firmamento, charlar amigablemente, pero uno de nosotros portaba una enorme linterna para alumbrarse y en plena oscuridad pronto descubrimos una actividad más emocionante y gratificante. Las mujeres entraban en un pasadizo debajo del torreón que se abría a espaldas del camino a orinar, nunca podían imaginar que por encima de ellas, a una altura de unos diez metros y de sus traseros al aire, había una cuadrilla de muchachos asomando sus cabezas con una enorme linterna esperando que se bajaran las bragas y que tranquilamente se aliviaran. Cuando ya estaba acomodadas, encendíamos el potente foco y veíamos cómo salían corriendo, chillando, con las bragas a medio subir y la meada cortada de la impresión al desconocer de dónde procedía aquella luz. Así estuvimos, espantando meonas y revolcándonos de la risa, hasta que empezaron a volar las primeras piedras sobre nuestras cabezas. Alguien había corrido la voz de que un grupo de gamberros molestaba a las novias y hermanas en sus privacidades. Nuestra salvación fue que podíamos tumbarnos a salvo detrás de un murete que bordeaba la terraza del torreón y esconder la cabeza para que no nos la abrieran de una pedrada. Bajamos cuando se cansaron del asedio. El enemigo se había replegado. Un mensajero nos dijo que se estaban organizando para darnos caza y escarmentarnos. Mientras el resto de las personas subían el camino, entraban en la ermita, le rogaban a la Patrona del pueblo y regresaban a sus casas con la paz del espíritu, unos cuantos lobatones con ganas de diversión, dos o tres años mayores que nosotros, daban batidas para encontrarnos. Así que nos pasamos toda la noche corriendo, abandonados a las risotadas, caídas, con el corazón, a veces, en un puño, escondiéndonos entre los pinos como una cuadrilla de maquis perseguidos por la Guardia Civil, soliviantando a las parejas que se estaban dando el lote en la oscuridad y con una pinta cada vez más zarrapastrosa.
Entre unas cosas y otras, las vacaciones vuelan. Quedan dos semanas para volver a Málaga y mi cuerpo comienza a manifestar los primeros síntomas de rebeldía.El bar de la golondrina con patas apenas ha hecho negocio esta feria. Se las prometían felices y la clientela le ha dado las espaldas. Me da lástima porque es un matrimonio joven y aunque saben de hostelería lo que yo de micología, tienen mi apoyo. De los cuatro días, dos llovió e hizo frío. Unas tormentas de verano, como eran antes, tiraron los farolillos de papel al suelo, igual que el ánimo de los feriantes. Por la tarde se levantaba una rasca que invitaba a no asomar por la feria. La última noche, a la una de la madrugada, se lanzaron los fuegos artificiales, y al día siguiente hizo un sol radiante y de nuevo calor.
Yo sigo subiendo a la ermita todas las tardes. Siempre encuentro a alguien con quien hago el camino y el recorrido se me hace cortísimo y ameno. Cuando no tengo a nadie, también somos dos los que subimos, mi parlanchina mente y yo. Entonces, hago una cosa, la observo, la dejo hablar, parlotear sin parar, decirme esto o aquello, prevenirme del futuro o recordarme el pasado, advertirme de alguna pequeña molestia que tengo y convertírmela en venidera enfermedad… Me canso de oírla y mi vista se pierde por el paisaje. Ella permanece callada unos instantes, lo que dura mi evasión.
Que buenas hazañas José Manuel, sigue escribiendo porque son espectaculares, y si incluyen al bueno de Gaspar mejor ya que las hace más divertidas y con un componente muy bueno de suspense porque se le ocurrían unas travesuras muy buenas.
ResponderEliminarPD: Los hijos hemos salido mas buenos que conste =D y enhorabuena por este blog tan interesante