viernes, 6 de agosto de 2010

Notas veraniegas


Mi tío me ha dicho que el apartamento lo ha alquilado. Eso quiere decir que la lista de los enseres que me dejó para que se la pasase al ordenador, no sé cuántos días hace ya, debería estar en sus manos, pero no me ha dicho nada. Él es un hombre prudente. Es posible que aún piense que no la he hecho porque he tenido asuntos más importantes.

El saber no ocupar lugar, pero menos ocupa el no saber. Esta sentencia me la dijo el otro día un amigo en contradicción con lo que quería expresarme de verdad: con su edad y teniendo la subsistencia asegurada no pensaba preocuparse de estudiar nada más.

He vuelto a ver la película “El tercer hombre”. Todos los fotogramas son auténticas joyas. La escena del comienzo y el final transcurre en el camino de un cementerio de Viena, con los árboles perdiendo las hojas.

Listado para hoy:
-Renovarme el carnet de conducir, llevo seis meses con él caducado.
-Huir lejos del polvo.

Los albañiles que están haciendo un cuarto de aseo más accesible para ser usado este inverno por mi suegra, han subido a las cámaras a retirar un escayola del techo que se había resquebrajado y han descubierto, para horror de los moradores, que una viga del tejado está partida. Ya empezamos. Lo sabíamos. Cuando en una casa como esta entran para un arreglillo, lo que era para pocos días, termina convirtiéndose en una reforma de varios miles de euros. Que se lo digan a la vecina o al farmacéutico o al abogado o…
Mientras, la tila se hace por barriles para mi suegra.

La casa de mis padres, otra que igual baila. Mi padre llamó por teléfono desde Málaga para decirnos que había una tubería rota y que avisásemos a Paquillo, el albañil de confianza.

Estuve con mis compañeros de senderismo, Juande y José Antonio, en Sierra Nevada y subimos al el Elorrieta, el tercer pico más alto. El sendero había desaparecido debido a los neveros que este extraordinario año de lluvias hace que aún, a finales de julio, persistan. Cruzamos por una empinadísima vereda abierta en la nieve por senderistas con cierto peligro clavando los bastones y cuidando dónde pisábamos. Lo bautizamos como el barranco de la muerte (nos gusta darle un toque de emoción a nuestros paseos), porque cuando te parabas y mirabas dónde caías si resbalabas, de allí te tendría que sacar un helicóptero y no precisamente vivo. Los tres lo salvamos con el corazón en la boca. El caso es que nos cruzamos con un grupo de jóvenes equipados como si fuesen al instituto, con zapatillas deportivas, sin mochilas, sin nada que tuviese que ver con los pertrechos mínimamente necesarios que se suelen llevar cuando uno va a una agreste sierra. Trocharon por nuestro recién bautizado precipicio de la muerte como si fuesen gamos en estampida, tan seguros que les daba igual lo que había en la hondonada del despeñadero, groseros peñascos o mullidos colchones.





Me encontré con una antigua profesora de cuando cursaba el bachiller. Se acordaba perfectamente de mí y me nombró por mi nombre. Después de tantos años y de tantísimos alumnos, me agradó el detalle, a pesar del enorme cargo de conciencia que tengo con ella. Con una extraordinaria capacidad para enseñar, de enorme paciencia, lo único que recuerdo es que me pasé todas sus clases riéndome a mandíbula batiente con el compañero de pupitre. De qué me reía. De todo. Creo que acumulé risotadas para el resto de mi vida. Cuando la clase terminaba yo no me había enterado ni pizca. Aprobé, como tantas cosas, con una nota que no se correspondía con mi minúsculo esfuerzo, inflada más bien por su carácter bondadoso que por los conocimientos que demostré.
Aquel compañero de pupitre padece hoy una extraña enfermedad, según me refirió un amigo común que al verme en ropa de deporte me dijo que así es cómo le gustaba que estuviesen sus amigos, sanos y fuertes. Lo saludé y le contesté que se trataba más de cuestión de imagen que de estado. Me comentó lo que le ocurría a mi compañero de risas: algo andaba trastornándose en su cerebro y estaba de baja laboral, pues le había incapacitado para conducir. ¡Uf!

Que el universo comenzó y que tiene que finalizar es el producto de nuestra construcción sintáctica de las cosas, de cómo nuestra inteligencia entiende que todo es un proceso de nacimiento, desarrollo y fin. Como el universo, la obra en casa de mi suegra se inició y terminó. Como el universo, esta obra no es más que una fluctuación en la variedad de intensidades de lo que no tiene fin; pero al menos, en nuestra observación podemos decir que: ¡La obra ha terminado! Hoy, viernes, con la última cuba de escombro se han marchado los albañiles. La casa está como un patatal. Todos tenemos una pátina blanca del polvo. Mi suegra no deja de manosear la cartilla de sus ahorros viendo cómo han menguado. Lo mejor de todo ha sido que una pequeña rata que se coló por el caño ha sido exterminada, pues no hay nada que te vuelva más paranoico que un bicho de semejante mala calaña.

En Archidona faltan estudios de antropología urbana. Aquí debería venir un antropólogo y estudiar por qué la gente se emborracha tanto. El estudio sería pagado por la Diputación, y el investigador, aparte de coger alguna que otra borrachera de campo, confeccionaría inútiles estadísticas.

1 comentario:

  1. Vaya posturita la del yoga.No hace falta ningún antropológo, está claro que la gente en verano, se aburre unos se emborrachan, otros atracan bancos y otros nos dedicamos a creer somos escritores consagrados.

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