lunes, 9 de agosto de 2010

Un astillero en la sierra de Archidona



El viajero que suba caminando a la ermita de la Virgen, puede hacer una parada en una pequeño edificio que hay a mitad de camino, la ermita de Santo Cristo. Puede aprovechar el descanso para refrescarse en la terraza de un bar instalado detrás del edificio mientras contempla las maravillosas vistas de la vega de Archidona con la Peña de los Enamorados al fondo; pero el viajero, sin duda, quedará sorprendido por la presencia de un barco a semejante distancia del mar y al que le falta poco para su botadura.

Este verano, con el atardecer, uno de mis paseos favoritos es subir el cerro y contemplar la puesta de sol. Son cerca de dos kilómetros de empinada cuesta. Suelo hacer la primera parada en Santo Cristo y echarle la vista al pueblo. Es una pequeña ermita con la casa del santero adosada a sus espaldas. Desde hace bastante tiempo es la vivienda de un familiar. La casa, al principio, fue cedida como estudio de pintura a mi tío Manuel. Un hijo suyo, Manolo, que por circunstancias de la vida la necesitó como vivienda para su recién creada familia, se instaló y acometió una reforma de ampliación, pues el espacio era ínfimo. Con el paso del tiempo acotó más terreno como patio y montó un bar con terraza. Ayer, mi primo estaba regando las plantas cuando vio que subía con dos amigos más y nos invitó a tomar algo.
Manolo tuvo un accidente de tráfico del que salió con un collarín y que lució hasta que cobró una indemnización. Invirtió todo el dinero cobrado en el sueño de su vida: poder navegar. Como no le alcanzaba para costearselo, con su definido carácter autodidácta, se puso manos a la obra. El barco lo ha hecho sin ayuda, con planos y su práctica de marinero de sierra, empleando todo el tiempo en soldar y en adquirir piezas de desgüaces: motor, ojos de buey... El diseño, según él, se basa en un tipo de barco que se utiliza en el Mar del Norte como barco de apoyo para la pesca de la ballena, por eso tiene un proa muy alta y con doble casco, para las embestidas de las grandes olas. La sala del timonel da la impresión de ser un poco estrecha, allí no cabe un marinero de pie, a no ser que el patrón vaya sentado o de rodillas. Con una eslora de unos cuatro metros, se da por sabido que no sirve para cargar con una ballena. Han sido unos cuantos años dedicado en cuerpo y alma a su empresa, achicharrándose con la soldaduras. Ahora, permanece encallado sostenido por maderos, como si fuese un motivo de decoración, sin más, a la sombra de unos pinos. Uno se pregunta si ese barco, de llegar a estar terminado, podría navegar; si los someros croquis utilizados en su construcción son fiables; si se han realizado los oportunos cálculos de resistencia de materiales y estructuras. Cuando le pregunté si pensaba terminarlo me contestó que por supuesto y me hizo ese gesto tan universal tipo mudra que menciona el dinero sin nombrarlo. Entonces es preceptivo preguntarle cómo lo va a sacar de allí, ¿volando?
-Qué va, primo. Con una grúa tipo pluma lo sacas. Quizá tenga que talar algunos árboles, pero nada más. También puedo esperar que las aguas suban por el calentamiento del planeta y lleguen hasta aquí.


De la vida errante de mi primo no puede dar cuenta ni él mismo. Ayer, antes de verlo, creía que el actual propietario no era él, pues me han llegado noticias de que el negocio lo había traspasado; seguramente por el método primitivo del apretón de manos, coger el dinero y metérselo en el bolsillo, ya que ni la casa es de su propiedad, ni las obras que ha realizado han contado con los permisos pertinentes, ni las ampliaciones posteriores, ni el bar, amén del barco. Él es un auténtico antisistema, vive de manera única y hace lo que le da la gana. El anterior alcalde quiso doblegarlo al imperio de la ley, con es prurito que le pica a los que ejercen la autoridad en contra de los rebeldes, tampoco es que le cayera muy simpático, así que procuró amargarle la vida echándole a los municipales encima y quién se la amargó fue mi primo a él. Cuando la policía subía a acosarlo, él se defendía en su bastión con la Constitución en la mano y alguna que otra pedrada. No tuvo más remedio que defenderse de semejante atropello y emprender una campaña informativa en todo el pueblo en descrédito del alcalde y del partido que representaba llenando de frases las fachadas. El pintaba de noche, cuando el alcalde estaba en los brazos de Morfeo y por la mañana ya podías leerlas si te dabas prisa, porque más prisa se daban los empleados del Ayuntamiento en taparlas con las escobinas y la cal. Un día, cuando la plaza estaba a rebosar de gente sentada tomando copas, apareció él con varios amigos vestidos de luto, portando un ataúd y simulando un entierro. La gente asistió atónita a la escena, y allí, en mitad del bullicio, mi primo pidió silencio a toda la concurrencia porque iban a proceder a dar sepultura al alcalde y sus bellacas maquinaciones. Leyó un manifiesto en contra de la represión, del abuso de autoridad y demás felonías cometidas por el alcalde y recibió los aplausos de la concurrencia. Aquello fue sonadísimo y mi primo consiguió fama, admiración y un inmenso odio.
Desde el entierro de mi madre no lo he vuelto a ver. Lo vi acercarse con su melena y su barba de náufrago, me abrazó y no dijo nada. Se había vestido de traje, camisa blanca y corbata.

Hace unos días, subiendo a la ermita, cuando ya había pasado por donde está el astillero de mi primo, escuché una voz que me llamaba a grito pelado. Volví la cabeza y vi a un hombre que subía como un poseso la cuesta en ropa deportiva. Por la forma de gritarme, por su paso y por ser quien es, intuí que algo le pasaba. Y vaya que le pasaba.
-Salgo a caminar porque me voy a volver loco –me dijo.
Conozco su historia personal. Trabaja en Málaga. Se levanta a las seis todos los días y regresa a Archidona en torno a las siete de la tarde. Está exasperado de conducir. Apenas duerme y vive amargado, pues ya se siente sin fuerzas para continuar con esa forma de vida que le ha tocado. Que su vida da pena, él da cuenta de ella.
-Yo sé que tú me entiendes. Contigo puedo hablar. Tú no eres como la gente de aquí que le dices lo que te pasa y se ríe en tus narices –me dice compungido.
Empezó a narrarme cuál era su sueño de cómo sería feliz: tener una casa en mitad del campo, viviendo con su familia, cultivando un huerto, con animales… Pero no tengo dinero, todo lo he invertido en una casa aquí en el pueblo. Dejar el trabajo por otro menos esclavizante. Tener tiempo… Poder dormir.
-Los domingos por la noche, cuando veo que tengo que madrugar sabiendo lo que me espera ya toda la semana: el tráfico, el jefe… mi cabeza está a pique de estallar y me invade un estado de ansiedad que me lleva pensar en cosas desagradables –habla de manera atropellada, en parte porque estamos subiendo la cuesta y le falta la respiración- Pienso que las personas que se han suicidado son auténticos héroes, unos valientes.
-No –le contesto-, de valientes nada. Nadie puede juzgarlos, pero de valientes nada. Aquí viene uno a vivir. Estamos programado para desear vivir y es un privilegio y un disfrute poderlo hacer –qué otra cosa le podía decir.
Me acordé de mi promesa de no intervenir en la vida de nadie durante el verano, que quien lo necesitase que leyese libros de autoayuda, pero cómo lo que menos me importan son las promesas que me hago a mí mismo, me la salto y santas pascuas. Así que le dí unos sabios consejos de manual:
-La solución está en ti: nadie viene con un maletín cargado de euros y te lo da para que cumplas tus sueños.
-Tus sueños son una creación de escape a tu también creada infelicidad.
-Detén el discurso que tienes en el cerebro dictándote que eres un desgraciado a todas horas y cámbialo. ¿Cómo? Pues igual que has hecho con el que tienes, hablándote a ti mismo. Lo escribes, me lo enseñas y te diré si te va a servir. Lo repites como un mantra.
Y así estuve hasta que se convenció que todo era cuestión de enfoque.
El hombre me dio la mano para despedirse y me dijo sentirse muy aliviado. Su cara así lo manifestaba, al menos eso me pareció.
Mi primo, que lo conoce, dice que me ha engañado como a un pardillo. Que malgasté mi tiempo con él y me contó algunas excelencias suyas que no vienen al caso pero que no lo dejan muy bien parado.
La mujer de mi primo ha estado varios días con su hija en la costa, bañándose y descansando. Mi primo dice que él es como el indio Jerónimo, capaz de sobrevivir con un cuchillo en medio de la naturaleza, que no necesita a nadie, que él solo se basta. Ha coincidido el regreso de su mujer estando yo en su casa. La primera frase que ha dicho mi primo, después de saludarla y darle la bienvenida, es propia de un indio: “la nevera está vacía”.

3 comentarios:

  1. Dan ganas de irse a Archidona a pasar el verano,hacerse primo adoptivo de tu familia, y convertirse en uno de los personajes de novela que habitan alli. Ya te va dando para una novela. Enhorabuena.

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  2. Los primos tenéis que ayudarle a votar el barco, para que cumpla su sueño de marinero aventurero.

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  3. Que imaginación , con el entierro y el manifiesto en la plaza, de riguroso luto..

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