Amanecía, apenas entraban los primeros rayos por la ventana
y mi padre ya llevaba un rato en el cuarto de aseo haciendo toda clase de
ruidos. Esperaría para darme un somero lavado, unas cuantas pasadas de peine,
tomarme el desayuno y salir para el colegio. Mi padre como director, se sentía
en la obligación y el gusto de llegar antes que nadie para organizar y disponer
la jornada escolar.
Al colegio llegaba de dos formas.
Una, si salía por la puerta de la casa y caminando un trecho siguiendo la
carretera, torcía por una calle en pendiente y allí, por un portalón, entraba
como todos los niños y maestros. La otra
forma era por el patio de mi casa. Un murete separaba el patio de una finca
donde había borregos, cabras, pollos y unos cerdos enormes que imponían por el tamaño
y que gruñían enfurecidos sin motivo aparente. Disfrutaba de la autonomía de ir
y volver de la escuela escogiendo la opción que más me apeteciera. Por el murete llegaba hasta que terminaba en
el parapeto del patio del colegio y lo escalaba por un contrafuerte que tenía
los huecos que hacían de escalones donde bajaban y subían los niños para
recuperar los balones que caían a la granja. Aparecía de sopetón en el patio como
un alumno más. Formaba en la fila de tercero con los demás niños alienados en
orden de estatura. Los maestros, en el centro mi padre, se disponían delante de
las filas para presidir el izado de la bandera al tiempo que el que el alumnado
vociferaba el himno.
Un
amigo, Antonio Mancha, de la clase de los mayores, los veteranos, dejó de
asistir al colegio porque había fallecido su padre y ahora él tenía que
atender, junto con su madre, la carbonería. El mayor de siete hermanos, tres niños y tres niñas, a los que veía moverse entre el polvo de picón como enanos
cavadores en una mina. Para mí que él llevaba la mejor vida que se puede llevar:
sin tener que ir al colegio, vendiendo carbón por todo el pueblo con un mulo de
pelo negro que portaba la carga en sacos embutidos en dos inmensos serones. Un
animal parco, acostumbrado al duro trabajo, pero que infundía respeto en su
robustez de bestia aplicada. Alguna que otra tarde, cuando pasaba por la puerta
de mi casa me invitaba a irme con él. Trepaba con su ayuda hasta sentarme a
horcajadas, agarrándome a la montura.
Nadie echaba cuentas de dónde
había ido. Cabalgaba y con paso cansino recorría las calles sintiendo la
envergadura del animal de carga, el resoplar en las cuestas y cómo se azoraba
cuando pasaba de tarde en tarde un vehículo a su lado al ver que las orejas se le
ponían de punta, como si le hubiesen interrumpido una meditación peripatética
Lo que duraba el paseo de venta
de carbón, con las riendas en la mano, andando a la par del mulo, Antonio no
paraba de hablar. Sus historias siempre
empezaban por un “atiende”, y a continuación exponía el núcleo y la prevención
que debía tener. “Cuando te cruces con ese hombre, gástate mucho cuidado. La
gente cuenta de que tiene encerrado a su mejor amigo. Le pagan por ser su
carcelero”. Fabulador, ahora sé que llenaba los tiempos muertos de sus caminatas
contándose a sí mismo historias inverosímiles, pero que su gran pasión era
soltárselas a alguien. Con la práctica había aprendido a despertar interés
desde el principio, al igual que esos grandes comienzos de las novelas que te atrapan.. Mesándose
la barbilla y con los ojos mirando hacia arriba como si sus pensamientos
estuviesen revoloteando por encima de su cabeza, mira por donde el personaje
central de la historieta aparecía ajeno a la comedilla de un carbonero. Enfilaba la mirada al objetivo y proseguía con una
intrascendente pregunta para relacionarte de alguna manera con una trama que ni él sabía los derroteros que tomaría. “¿Tú le
compras a Garabato?”. Asentía con la cabeza mientras Garabato aparecía en
mi campo de visión con su carretilla de chucherías. Yo solo veía a un hombre mayor vapuleado por la vida, con el misterio que sobrepasa a cualquier persona callada y que se puede confundir con su misma sombra, que vivía
en una semicueva en lo que quedaba de la ladera de la sierra en la calle Sol despachando su mercancías por un ventanuco por el que apenas descubrías el escaso ajuar,
un hornillo, una mesa y poco más. Los domingos empujaba su carretilla donde se
mecía la quincallería de juguetes de poco valor, cuesta arriba, cojo de una
pierna que era una rémora más y que la movía a impulsos dando la sensación que
se le iba a salir del cuerpo. Se colocaba a la salida de misa y le comprábamos golosinas
“Lo tiene encerrado en su cueva. Atado con
cadenas. Es lo que dice la gente. Yo estoy seguro que es verdad.” Acostumbrado
a sus fantasías, yo asentía, con cierto repelús, no porque tuviese al amigo
encadenado, simplemente porque sentía mío el esfuerzo que hacía aquel hombre
para llevar aquella pierna que parecía ir en contra de su dueño y que le haría
trastrabillar y caerse en cualquier momento. “En su cueva tiene pasadizos
secretos que comunican con las mazmorras del castillo. Otro día te contaré quién
era el amigo” Concluía, y los tres, Antonio, el mulo y yo, permanecíamos en
silencio cada uno con sus cavilaciones el resto del camino. El recorrido terminaba en la casa donde tenían
el negocio familiar de venta y almacenaje de carbón. La madre le regañaba
porque le echaba la culpa de que yo fuese tiznado hasta las cejas. “Parece que vas
a salir en la cabalgata como un paje negro”, me decía, al tiempo que me
agarraba de la mano y en el patio, delante de la pila, restregándome con un
paño iba descubriendo mi rostro. “Tu madre te va a matar, y luego debería de
matar a este sin luces. ¡Cabeza de chorlito!”, le increpaba a Antonio. Él
mientras nos observaba descascarillando con sus uñas negras un huevo duro de
merienda.
De regreso a casa, entraba por la
tapia del patio. Allí estaba un rato, como si no me hubiese movido del sitio. Sentados
a la mesa, todos los hermanos, mi madre servía a cada uno en su plato con la
satisfacción de tenernos a todos reunidos. Mi padre comía ausente, seguramente
pensando en algún asunto del colegio.
Genial
ResponderEliminarEs maravilloso poder compartir parte de tu vida de antaño contigo.
ResponderEliminarQue bien que decidas dejar huella de tu niñez!
Enhorabuena José Manuel.
Muy bueno José Manuel! Describes perfectamente la realidad de aquellos tiempos en los que ciertos niños no podían seguir estudiando porque las circunstancias familiares se lo impedían!!! Saludos.
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