domingo, 3 de enero de 2021

Crecer hacia atrás (Parte V)

 

              La distancia de Estepa a Sevilla capital era de 110 km, según rezaba el indicador en el arcén de la carretera a pocos metros de las viviendas de los maestros.

 Cada cierto tiempo, mi padre, como director del colegio, debía de ir a hacer gestiones a la delegación de educación en Sevilla. Entonces, él, junto con la directora del anexo femenino, mujer muy amigable, pero a la que mi madre le había puesto los puntos, cogían el Seat 124 de ella, pues en mi familia el automóvil tardaría aún años en llegar. A la “excursión” nos apuntábamos mi madre, en calidad de acompañante, y yo, no tanto porque que fuese un niño observador, tranquilo y fácil de conformar, cuando no se me perdía de vista, sino más bien porque me había labrado cierta fama de que era mejor de que me llevara. También obraba a mi favor la posibilidad de utilizarme como un ardid para recordarle a mi padre que tenía una familia y que se anduviese con mucho cuidado; era como si a modo de recordatorio portase el libro de familia en el asiento trasero.  La abuela se quedaba a cargo del resto de hijos. Ella era la principal en otorgarme el salvoconducto cuando ponía como única condición que si querían algo de ella, debían de obedecer al requisito de -a éste os lo lleváis-.

Llegábamos a Sevilla. Mientras mi madre y yo los esperábamos en una cafetería, ellos resolvían sus trámites a todo correr, ya que estaba la promesa de aprovechar la excursión y cumplir con la ilusión de darse un paseo por la calle Sierpes o ir al Corte Inglés.

 Un día lo vimos volver con el rostro encendido. En su frenesí por realizar las gestiones deprisa -contaba- y no hacernos larga la espera, había dado un traspié y rodado por varios tramos de las escaleras.  -Según decía- no había quedado nadie en la delegación que no saliera del despacho asomándose a ver qué ocurría. Hasta el propio inspector, con el que había estado minutos antes departiendo, se maravillaba de que estuviese vivo y con la cabeza en su sitio para los golpetazos que había escuchado. El conserje, al público congregado en la planta baja, mientras lo asistía y al ver que apenas era nada, exageraba narrando que él había creído que  aquellos testarazos los producía algún bulto en vez de una persona. 

Aquel día, mi padre, ofuscado por su peripecia, adelanto el regreso con la intención de estar a la hora del almuerzo en casa.  Durante el trayecto, mientras los demás callábamos, le reprochaba a los zapatos que estrenaba la culpa del resbalón.

 

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