La autoescuela estaba dos casas
más arriba. El propietario era mi tío Pepe, que ni tenía carnet de conducir ni
pensaba en ello. En las vacaciones de verano, le dejaba un coche de prácticas a mi padre, un Seat 600, y
salíamos por aquellas carreteras secundarias, aún sin asfaltar, para que
pudiese coger la pericia suficiente y sacarse el carnet. El coche estaba
preparado con otro juego de embrague y freno en el asiento del copiloto para el
profesor. Me sentaba con la advertencia de no tocarlos, pero aquel esfuerzo
podía con mi incipiente voluntad y más de una vez le frené o embragué
provocando la estupefacción de mi padre al no encontrarle explicación al repentino cambio
de comportamiento del auto. Tampoco es que corriéramos grandes riesgos
dada la lentitud con que avanzábamos camino de alguna Villanueva. En un radio
de quince kilómetros no quedó ninguna pedanía a la que no llegáramos después de
un viaje por unas vías de zahorra, levantando un polvazal como si fuésemos una de
aquellas piaras de cabras con las que nos cruzábamos y debíamos esperar a que
se apartaran con su indolencia de herbívoros intransigentes.
Solía yo presumir de ser un niño
de mundo; de conocer tierras y pueblos enumerando todas las Villanuevas a mis
amigos. Ni siquiera había visto el mar con siete años. Tenía mucha vida por
delante, pero ya sentía tener un bagaje de indómito viajero.
También contaba en mis
credenciales de mundano el viaje de Estepa a Archidona para pasar las
vacaciones de verano. Mi tío Pepe enviaba a por nosotros un Renault Dauphine
con un empleado, un señor que apenas veía por un ojo y que escoraba la cabeza a
un lado para ampliar mejor la visión dando la sensación de que en lugar de
atender la carretera estaba pendiente de lo que decía el de al lado. Te
acostumbrabas cuando divisabas un camión Pegaso de frente y veías que él no se
inmutaba y que todos seguíamos vivos.
Una familia como la mía necesitaba
de una logística especial para trasladarse. Mi padres se repartían, uno iría en
el Renault Dauphine con el equipaje y mis dos hermanos mayores; el resto, en la
Alsina Graells de gorra. Subíamos al autobús y mi madre llevaba en brazos a mi
hermano Ramón y yo llevaba de la mano al pequeño. El conductor ya la conocía y
bufaba como un toro sabiendo la que se le venía encima al ver el carnet de
familia numerosa por el que mi madre pedía todas las prerrogativas para rebajar
el precio.
- “Señora, decía el chófer, son
cuatro y usted apenas paga un billete”
Mi madre le había expuesto claramente que el niño que iba en brazos no pagaba, que el pequeño se sentaba entre ella y yo, y que a mí me tenía que aplicar la tarifa infantil porque tenía de golpe y porrazo dos años menos; y para ella, la única que pagaría el billete ordinario, le correspondía la rebaja que le otorgaba ser familia numerosa tal como mostraba el documento con la foto de todos vestidos con los mismos jerséis El buen hombre tenía que poner en marcha el autobús y no eternizar la discusión, entre otras cosas, porque los viajeros se habían posicionado a favor de mi madre y en contra de los abusos tarifarios de las empresas de línea con las familias numerosas.
Sobre los viajes a Málaga y mi contacto con el mar. Podría contar mil aventuras.
ResponderEliminarÍbamos todos los martes a Málaga, descansaba mi padre. Llevábamos una maleta, unas cañas y unas sábanas. Con ese material mi padre confeccionaba una cunita para mi hermana. Luego íbamos a los chiringuitos que eran casetas de chapas y maderas. Allí podías alquilar un bañador o comerte una paella. Mi madre pedía siempre pescado frito, aún no era “pescaito”
Los precios deberías ser asequibles porque mis padres se permitían ese lujo.
A la vuelta comprábamos en el economato. Yo cogía una bicicleta que había allí siempre, me metía por debajo del cuadro y daba vueltas en una explanada que me parecía infinita.