La joven de melena rubia era la sobrina de José Antonio, maestro, amante de las aves, que vestía confortable, trajeado con chaqueta de pana, de color beis claro, y su esposa, de pelo escardado como una esfinge, pantalones acampanados y estampados con trazados psicodélicos. Sin hijos, tenían un flamante automóvil, un Simca 900. Podía decirse que era la avanzadilla del europeísmo adelantado a los planes de desarrollo de la época en aquella barriada de maestros. Su vivienda estaba situada en medio de un grupo de tres y cercadas cada una por un gran patio rodeado de un murete al que trepaba y accedía cuando sabía que no había nadie y me colaba en un cobertizo donde criaba palomos en cautividad, cuidando de cerrar la puerta para que no escaparan, para observar a las aves empollar unos pequeños huevos blancos en los nidos repartidos por casilleros hechos en el testero como un bloque de viviendas pajariles.
La llegada de una capital lejana de la sobrina que venía a pasar una temporada a casa de sus tíos lo habían vivido mi hermano y hermana con entusiasmo y anhelos diferentes. Presentí que aquel gracejo de melena y las pronosticadas maneras de muchacha de ciudad, despabilada y adelantada a nuestras costumbres a la fuerza algo iban al alterarnos la vida. Lo cierto es que de la noche al día los juegos inocentes de correrías mutaron por conversaciones donde ella era el centro de atención y de las que yo, menospreciado por la edad, era expulsado. Mi misión fue de espía: llevarle a mi madre puntualmente la información de lo que tramaban, lo que me valió ante las sospechas de que estuviese rondándolos que ella me leyese mis intenciones y me amenazara con matarme a pellizcos por chivato. Así fue como escuché que les proponía hacer un “guateque” y con el éxito anticipado que tiene cualquier propuesta que a esa edad te lleva a hacer cosas que no entiendes muy bien el porqué, pero que las haces por el simple hecho de responder a la energía y al atavismo de la especie a pesar de que aún tienes tus juguetes rociados por el dormitorio, se entusiasmaron y convinieron en hacerlo con la apariencia de una reunión de amigos para pasar el rato.
Lo tramaron para un domingo por la tarde con el beneplácito de sus modernos tíos, mis hermanos y sus amistades, se estuvieron aprovisionando toda la semana. El día señalado fui a mi madre y la guié para que viera lo que estaba pasando. La anfitriona nos abrió la puerta y fuimos recibidos con educación mientras escuchábamos ruidos de carreras y puertas cerrándose. Pasamos al salón donde se habían sentado todos. En un pick up sonaba un disco melódico; en la mesa había dispuestas botellas de refrescos y unos boles llenos de golosinas y palomitas. Se delataban por el brillo de los ojos y las risitas histéricas que se les escapaban que aquello era una pantomina.
-Mamá, que te enseñen lo que hay allí- le dije señalándole la portezuela de un mueble e inmediatamente noté en la nuca un tirón
del pelo cortándome la respiración. Miré a ver de dónde venía y la
chica de melena rubia me taladró con los ojos.
Nos marchamos madre e hijo. Mi madre tranquila de lo que había visto y yo humillado
y muy dolido por el correctivo le declaré a mi malhumorada sombra que aquella afrenta sería vengada.
Anochecía cuando volví sobre mis
pasos y salté al patio. Ya dentro, escuchaba las carreras, las risas y los gritos por toda la casa. Las luces de los cuartos
apagándose y encendiéndose. En un momento alguien abrió la puerta al patio,
asomó la cabeza y volvió a desaparecer. Dejé
pasar un tiempo camuflado y me dispuse a entrar en el cobertizo de los pájaros dejando
abierta la portezuela. Las aves me observaban con la desconfianza de siempre. Bracee hasta que algunas se fueron removiendo
en sus cómodos cubiles y saliendo con muy pocas ganas de la pajarera. Apenas
quedaba ya la luz del atardecer por lo que ninguna se aventuró a ir más allá del
tejado o de la tapia.
A la mañana siguiente vi al tío y a la sobrina corretear echando pestes e intentado coger los palomos que por suerte seguían donde se posaron cuando escaparon la tarde antes.
Desde aquel día, tuvo que pasar un tiempo para que dejara de sobresaltarme creyendo que la chica de melena rubia podía estar a mis espaldas.
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