Mi traje de primera comunión fue
el de mi hermano mayor que me estaba grande, a pesar de que mi abuela lo había
arreglado. Lo que me conformó a llevar la ropa usada era que me habían hecho
unas estampas para que las repartiese a los allegados a cambio de una
retribución. Las imágenes eran de cuatro clases en las que un niño que vestía distintos
trajes con pasamanería y bordados, elegantes y decorativos, y que no tenían
nada que ver con el que yo portaría, chaqueta y pantalón corto de color marfil
y en el que sentía que había sitio para otro como yo. Al reverso se reseñaba lo típico: José ….. Su primera comunión…. En la Parroquía…. Estepa.
Meses antes me había preparado en
la catequesis. Falté el primer día. Me perdí por los arrabales del pueblo con
unos mellizos a los que creía que mi padre se refería cuando me dijo que fuera
con ellos al salir del colegio a su casa porque allí iba a ser donde me
esperaban para la catequesis. Como ellos vivían cerca del castillo, nos pasamos
la tarde jugando y escalando las murallas.
Quién le iba a decir a mi padre que en mi clase había dos parejas de mellizos y está claro que se refería a la otra que vivían en una de las principales calles en una enorme casa. Las sucesivas tardes, después de terminar el colegio, marchaba con los auténticos a su casa y allí una señorita nos enseñaba a rezar y nos explicaba algún arcano religioso. Teníamos una libreta en la que copiábamos los mensajes y los adornábamos con dibujos. Fue la primera vez que me enfrenté a la perspectiva al querer dibujar a un cura dando misa y no lograr colocarlo de pie tras el altar y dibujarlo como si estuviese levitando por encima de una mesa.
El día señalado, la comitiva
salió de casa para la iglesia. Papá, mamá, la abuela, mis hermanos... todos en
procesión y cuesta arriba a la parroquia. Un día luminoso y primaveral donde la
naturaleza bullía caminamos por una calle con naranjos en flor de los que se
escapaban unos insectos atraídos por la blancura de mi inmaculado y holgado
traje. Los fui aplastando dejando unos pequeños lunares verdes que a mi madre
no les hizo gracia cuando los descubrió. Mientras, mi amiga y compañera de
juegos Rosa María iba subida en el coche con su familia, un Renault 8, todo un
lujo. En la ceremonia nos tocaba recibir la comunión emparejados, ella como una
novia y yo como si me hubiese apeado de una diligencia. La verdadera cuestión
es que yo no paraba, estuve dando saltos antes de entrar, durante y después.
Cuando llegué a casa me quité la ropa. No había ágape, así que como estábamos
invitados nos fuimos a la casa de mi amiga Rosa María que continuaba con su
vestido igual y nos unimos a su celebración. Su padre nos grabó con un tomavistas
a los dos. En el colmo del descaro me puse a repartir mis estampas entre la
concurrencia de su comunión para sablear a los invitados.
Al día siguiente aún quedaban
estampas. Entonces mi madre dispuso que mi hermana me acompañara por el
vecindario repartiéndolas. Los dos fuimos llamando de casa en casa. “Hola,
tome, es que ayer hizo mi hermano la Primera Comunión”, se explicaba mi hermana
ante la perpleja mirada del señor o la señora con una sonrisa y admirados de
tanta inocencia y desfachatez buscaban un duro.

Esa inquietud creo que te sigue acompañando. Disfruto mucho con tu lectura. El relato tiene mucho ritmo y es realmente casi un guion de un corto. Eso de que aquellos años eran mejores, es una auténtica patraña. Las comuniones de ahora son excesivas, pero a la vez los niños son "reyes por un día". Creo que es el momento en que entran de dentro en la sociedad del consumo desaforado. Más que la maduración de cristianos es la iniciación de tener y tener.
ResponderEliminarGracias amigo Joaquín
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