De niño, en Estepa, la primera vez que vi
nevar sentí la misma emoción que el día, pocos años después, cuando desde la
carretera de los montes en dirección a Málaga, vi el mar.
Mi padre se había marchado al colegio en
plena nevada. Toda la mañana estuvo nevando y no fui al colegio, motivado más en
el peso de la decisión que el único calzado de invierno de la marca “Gorila” con
las suelas de goma y de cordones, hacía pocos días que los había estrenado y si
se empapaban perderían durabilidad. También corría el consiguiente riesgo de
resfriarme. Me pasé todo el tiempo mirando ver caer aquellos copos a través de
la ventana adormeciendo el paisaje. Saltaba y brincaba de emoción. A ratos salía
al patio y cogía un puñado. La sensación era de quemarme las manos. Deseosos de
salir a la nieve y hacer el consabido muñeco y arrojarnos bolas, mi madre aquel
día se mantuvo vigilante para que no pillásemos una pulmonía, pero como siempre,
era cuestión de insistencia para que lográramos que cediese.
Mi padre regresó con el traje arrugado y estuvo justificándose de que se había pasado varias horas en el colegio secándose frente a la estufa porque llegó calado hasta los huesos. Las nubes se fueron despejando y salió un espléndido sol dispuesto a derretir aquel manto blanco de apenas unos centímetros. Nos abrieron la puerta y escapamos a la nieve a correr como elfos. Entregado al juego y a las correrías, los pies mojados y ateridos de frío iban perdiendo la sensibilidad; entonces comenzaron a castañearme los dientes. Fue cuando me entró una risa nerviosa que venía de la quemazón que sentía.
En casa, mi madre me sentó delante de la catalítica y comenzó a
masajearme los pies. –Es porque has estado a pique de que se te congelen-, me dijo.
El resto de la tarde la pasé frotándome
los pies y observando desde la ventana a mis amigas, las hijas de los maestros,
que salían a jugar vestidas con aquellos gorros de lana, bufandas y guantes. Ninguna
de esas prendas teníamos.
A la mañana siguiente aún quedaba algún rodil
de nieve mientras los tejados goteaban las canales. Los zapatos mostraban un
aspecto de gurruño inservible, así que me calcé lo que me quedaba por ponerme
para ir al colegio: unos tenis “La
Tórtola” de loneta de desvaído color azul y con las suelas ya de por sí
enflaquecidas de tanto uso. A los pocos pasos ya estaban mojados. Temeroso de
pillar otra congelación, regresé a casa y mi madre consintió que no fuese para
evitar males mayores.
Que bonito, los, zapatos Gorila me suenan
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