miércoles, 18 de agosto de 2021

Rosas de abril. I Parte. "Los hérores del día"

 

Los héroes del día. Primera parte de Rosas de Abril.

    Me vestí con las prendas que estrenaba para causar una buena impresión, según mi madre, un pantalón vaquero, una camisa blanca y jersey. Las botas camperas “Valverde del Camino”, que aún estaban a medio domar, me daban un toque indócil que desapareció en cuanto me mezclé con el resto de compañeros para la ceremonia de apertura del curso del instituto.

    La masa de alumnado novato nos fuimos acumulando a la entrada como borregos a las puertas del redil. Se nos distinguía especialmente porque portábamos un cuaderno y bolígrafo, íbamos vestidos de invitados a un bautizo y los rostros contenían una expresión de pavor adornados de una sonrisa petrificada. Los veteranos nos rondaban como leones a una manada de cebras. Los veías reírse y señalarnos. Circulaban comentarios que nos ponían la piel de gallina de las cosas que pensaban hacernos. Lo ideal era no perderse del grupo, de la seguridad de estar apiñados y moviéndonos como un cardumen de peces en mitad del frío océano.

    A una señal del conserje entramos y nos dirigieron al salón de actos. La sensación cuando crucé las puertas fue parecida a la que Alicia tendría al adentrarse en el espejo y caer dentro del pozo. Allí iba a tener lugar el solemne acto de inauguración del curso académico. Por una ley de la gravedad, la misma que hace que las partículas en un fluido se sitúen en diferentes planos, los de primer curso nos colocamos en las primeras filas prestos a oír al director, el cual dio la bienvenida a toda la concurrencia y en su pacato discurso entendí como vaticinaba un periplo largo y tortuoso, lleno de sufrimientos, incertidumbres y humillaciones para los malos estudiantes a los que más temprano que tarde irían a la calle convertidos en desechos de la sociedad, auténticos fracasados. Se refirió también al problema que habíamos planteado a la dirección los de primero al provocar por puro capricho nuestro un exceso de peticionarios de ciencias en lugar de letras, yo entre ellos. La culpa era nuestra, nos dijo, y nos amenazó veladamente al declarar que a más alumnado en ciencias más exigente se volvería el profesorado y difícil sería aprobar, así que estábamos a tiempo de cambiarnos a lo que presumiblemente era un bachiller de letras más llevadero antes de que se nos atragantaran las matemáticas, física, química y otras asignaturas tortuosas. Al final del acto podríamos desapuntarnos a los que nos daba igual. Mientras, desde el fondo del salón no paraban de llegar risotadas y voces por lo que le pidió al conserje que fuera para allá y que señalara quiénes eran los que estaban de pitorreo. Se dirigió a ellos, a los de las últimas filas, los veteranos, pidiéndoles que prestaran mucha atención, porque su paciencia tenía un límite y este curso pensaba ser menos transigente con algunos que merecían estar en un reformatorio. Los novatos escuchábamos pasmados. De vez en cuando una bola de papel nos pegaba en la cabeza y lo más que hacíamos era agacharla en el cuello como las tortugas. La voz cavernosa del director se sobreponía al murmullo tratándolos de indeseables, cambiando de registro para decir que de los nuevos esperaba más, que fuésemos mejores, más responsables y correctos. Una voz se elevó del fondo y gritó “niñatos”. El acto tocó a su fin. Los de primer curso debíamos esperarnos para recomponer la lista excesiva de solicitantes de ciencias y los pocos de letras. No me lo pensé y me cambié a letras.

    Al salir, presagiamos lo peor. Un gran corro de estudiantes se había colocado arremolinados en la salida. Los veteranos, cada uno portando una cachiporra hecha con un periódico, habían formado un pasillo. Esperaban divertirse a costa nuestra. Las chicas estaban eximidas. No tuvimos más remido que lanzarnos cubriéndonos con los cuadernos mientras éramos golpeados por todo el cuerpo. Ahí no terminó la cosa cuando ya creíamos que estábamos “bautizados”, que era como llamaban a las vejaciones, corrió la voz que patrullas de veteranos iban a la caza de los más infortunados para darles “maculillos”. Te agarraban cogiéndote entre varios de los brazos y de las piernas y buscaban la esquina de un edificio, póster o árbol, para golpearte al tiempo que espectadores y verdugos coreaban el número de veces. 

    Ya estaba bien. Escondí el cuaderno debajo del jersey y me marché con el corazón en un puño para que pareciera que no tenía nada que ver con aquellas razias de las que me sería imposible huir con mis botas camperas. Escurriéndome por las callejas como una sombra llegué a casa. Había comenzado el BUP.

2 comentarios:

  1. Aquellos tiempos de las novatadas...
    Al final ese miedo te hacia más fuerte!!
    Pero se pasaba mal en el momento, hoy en cambio, la violencia es más sutil y psicólogica entre adolescentes,las redes sociales...
    Creo que hoy el daño psicológico que se infringe tiene consecuencias más graves que las novatadas de antaño...
    Una opinión 😊😊

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