domingo, 27 de febrero de 2022

La casa (Segunda parte)

 

Antes de subir a la primera planta, abro el portón que da al patio. El jazmín plantado en un pequeño alcorque ha adquirido dimensión arbórea. Apenas se puede pasar por él para acceder. El limón que daba limones todas las lunas ya no existe, sólo queda el hueco del alcorque donde crecen anárquicas plantas; la pila de pared, el orgullo de mi abuela cuando se refería a las bondades de la casa, del grifo apenas vierte un hilo de agua; parte de la solería se ha levantado y entre las grietas asoman hierbas mercenarias. La puerta que da a una sala grande, está abierta, percutida sobre una solería que se está desbaratando como cartas de una baraja. Allí, cuando tenía diez años, mi padre puso una academia donde sus alumnos se preparaban la reválida de entonces. Me sentaba en una de las enormes mesas como uno más mientras los discípulos declinaban latín. La sala siempre la hemos llamado la escuela.

Apenas queda nada dentro, salvo una humedad que te cala y envuelve los libros que aún permanecen en unas frías estanterías metálicas. Entre los textos que nos sirvieron a los hermanos en los estudios, desordenados, vencidos con sus cubiertas dobladas como ancianos, están los que permanecen en mi memoria por sus ampulosos títulos: “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”, “Poesías completas de Rubén Darío” y aquellos de orden práctico: “La nueva contabilidad”. ¿Nueva? Mi padre, amante de las letras, aparte de su ejercicio docente en Estepa, también realizó trabajos de contable autoformado en las modernas prácticas que se requerían en las pujantes fábricas de mantecados que le sirvió para capitalizarse y poder comprar la casa, al tiempo que procuraba una vida digna al agujero negro de familia numerosa.

En una esquina de la “escuela” está el hueco de la escalera como la entrada a una cueva. Le doy al interruptor y la bombilla no enciende. La oscuridad ciega objetos que se apilan formando recovecos en los que intuyo faunas de bichos que moran en casas sin vida. Por aquel hueco podías pasar, como si de un pasaje secreto se tratara, al salón recibidor sin tener que cruzar por el patio. Aquel pasadizo se cerró. También se reformó el patio con un diseño que me encargó mi padre a la edad de trece años. El alcorque para el limonero y una reja por encima del banco con vistas a la calleja al ser un patio en alto y un zócalo de azulejos alegres simulando unas hojas de limón.

Desde el mediodía, el sol enfilaba con sus incendiarios rayos la fachada. Después del almuerzo, la siesta se respetaba como un canon religioso. Se cerraban todas las puertas y ventanas. Mi padre vigilaba que todo se guarneciera de aquel fuego y permanecíamos aletargados esperando el atardecer para dar señales de vida. Si te movías por la casa lo tenías que hacer como una sombra en la penumbra. A la caída  de la tarde, tomábamos posesión del patio y mi padre solía hacer una tabla de ejercicios físicos de movimientos eclécticos y sin sentido alguno. Fortalecido su cuerpo, terminaba dándose un baño con el agua del barreño que había estado calentándose al sol.

Cuando subo por las escaleras al primer piso, en el rellano donde me ponía a jugar durante la siesta, ya no existe la ventana con rejas que daba a la casa vecina que siempre conocí deshabitada y en ruinas. Un misterio que ya nadie queda para responder qué hacía allí aquel ventanal con vistas a un patinillo del reino de los hierbajos, maderas pútridas y cascotes por los que entreveías la negrura de un sótano que te hacía palidecer de miedo. En oposición a aquella ominosa presencia, vivíamos en las algazaras continuas, voces, familiares y movimiento, mucho movimiento. Tras aquel ventanal caía la noche eterna, más noche a medida que se retiraba la poca luz que le llegaba.

En la primera planta, la primera sensación es de estampida y la rebatiña de objetos. Los que permanecen están lacerados por el polvo, caídos o simplemente arrojados al suelo. Con la sensación de que ha habido alguien, que casi con una perversidad programada, se haya tomado la molestia de montar un escenario de abandono y deterioro, siento que entre este presente y el pasado hay décadas, así que no es de extrañar que viva entre la cercanía, la propiedad y ajenidad de la despreocupación por el deterioro que se extiende por toda la casa como una plaga.

 

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