domingo, 13 de marzo de 2022

La casa (Final)

 

 La casa. (Final)

 

Ahora que todos los hermanos hemos entrado en la cuarta edad, temiendo lo que está por venir, lo imprevisto, sin saber qué va a ser de nosotros y a costa de que la casa ya te habla como un amigo que comparte contigo las pérdidas, merodeo por las habitaciones donde persisten algunos objetos y enseres.

 Los espacios se van recomponiendo en sucesivos saltos temporales formando las escenografías que me permiten ver a mis padres tranquilos y descansados en sus respectivos sillones junto a su mesa camilla frente al televisor; a mi madre en la cocina afanada en freír una sartén de patatas; un hermano corretear, escabullirse por la puerta de la calle; entrar a mi tío Manuel a contar lo mal que le trata la vida; la abuela que viene de la compra; mi padre que regresa del colegio ensimismado y cansado... La condición física se disuelve en cada objeto: mi abuela guardaba “sus cosas” en una cómoda entre las que se encontraban la colección de revistas del corazón que hablaban de las desgracias de Julio Iglesias con sus amores; el armario de las copas y vajilla donde conservaba las cartas de mi primera “novia” adornadas de corazones, besos, con caligrafía de escolar que mi madre me entregaba con notable orgullo; el pedestal con el Quijote de la jubilación de mi padre; la figura de Jesucristo, de un palmo de grande, sentado en un trono con la bola del mundo en una mano que me hacía sentir su poder y dominio sobre todas las cosas a pesar de su minúsculo tamaño.

Escribo. Podría seguir trayendo historias, con mis pensamientos convertir en vidas presentes las pasadas. Aun así, me reconforta recordar las peripecias vitales de todos cuantos la habitamos y sentir, a pesar del caos alrededor, que sigue siendo el refugio amable de las añoranzas de un tiempo que la memoria se empeña en traer como mejor, pero que está teñido por la neblina de las lágrimas.

 Empecinado en pertenecer a un espacio donde la nostalgia te puede llevar a una utopía enredosa donde te ves con capacidad de arremangarte y dedicarle esfuerzos a sabiendas que no recuperarás lo principal que echarás en falta porque el paso del tiempo ha hecho que se te escurra por los dedos casi con la magnitud de vaciar de sentido el universo. Llegados a este punto el dilema es si sería mejor reformarla, intentar salvarla del deterioro para volver a pisar sus suelos y que sirva de reencuentro a todos los hermanos; o deshacerse de ella, liberándonos de los gastos de impuestos, limpieza, pintar fachadas, enlucir desconchones…

Mientras, el almanaque de la cocina, el reloj de la pared, el jazmín del patio, los sillones de mis padres, la ropa que aún permanece en los armarios… les da igual la espera.

 

 

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