Cómo llamar a aquel antro. Lo de
restaurante, bar, casa de comidas me parece faltar a la verdad. El caso es que
mal comí allí más veces de las que quisiera. A la cocinera la conocíamos por Silvestra,
mujer muy lagarta. El mote le iba al pelo, por desgreñada y los agrestes
aspavientos que le veíamos hacer a su marido, al que también bautizamos como el
Mico, por ser cabezudo, chato, de ojos sombríos y malintencionado para el robo
culinario. La pareja, su negocio y la clientela nos servía para liberar
tensiones y sofocaba en parte el hambre que restaba.
Ambos habían percibido que
pagábamos más por la juerga. Que éramos
capaces de sacrificar nuestras tripas con tal de reírnos a su costa. A ellos no
les importaba con tal de trincar nuestro dinero. Al camarero, el de la bayeta
mugrienta, lo conocíamos por el Pasmao. Un día escuchamos a alguien que
devolvía el plato porque no estaba a su gusto. Para troncharse, como si algo
hubiera estado bien alguna vez. Silvestra, con un sentido fino de que algo ocurría
en el comedor, se asomó. ¿Quién podía cometer semejante ultraje a su cocina?,
se preguntaría. El Pasmao retiró el plato, el mismo que regresaría de la cocina
con aspecto de mejora, pero que todos sospechábamos que la lagarta habría
esperado un tiempo hasta hacer creer que le preparó otro. Fue cuando a alguien
de nosotros, en voz baja, dijo: entre una buena comida y la ganancia, lo
segundo es lo primero. Convertimos el tiempo del almuerzo en un entrenamiento
del ingenio.
Alguna vez, nos podríamos haber
indigestado de haber tenido llenos los estómagos conteniendo las ganas de reír por
culpa de que frente a nuestra mesa se había sentado el Payaso; la cara roja de darle
el sol y beber mal vino, labios gruesos, mentón robusto, ojos saltones, mirada
aviesa de cultivar la enemistad como valor y dos vigas maestras de brazos. Al
Payaso lo convertimos en amante consentido de la lagartona Silvestra; el Mico,
el marido, en el papel de consentidor. Nos fundamentábamos en que comía platos
mejor elaborados que devoraba con ansias y apetito, y no el oprobioso menú.
Más apartado, al fondo del
estrecho salón pintado de verde, se sentaba un hombre oscuro y delgado como una
sombra. Traía de su casa su propio cubierto. No se fiaba de la higiene. El
Pasmao nos contó, aprovechando que hincaba la cabeza en la sopa, que era primo
lejano del Mico y que por eso se le permitía aquel capricho ofensivo para el
buen nombre de la casa. Lo llamamos el Cura. Pagado de nuestra invención, le
montamos la historia de que había ejercido como sermoneador hasta que abandonó
por culpa de una mujer de mala vida. Montaron un negocio de estafa mediante
espiritismo con el que consiguieron robarle a más de una vieja los ahorros de
toda la vida. Lo trincaron. Viviría el resto de sus días de la pirotecnia hasta
que volara por los aires la ciudad a la que tanto rencor le guardaba. Entre
tanto, mal comería; igual que nosotros.
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