martes, 21 de marzo de 2023

Las glorias del desorden. La cocinera Silvestra (2ª Parte)

 

Cómo llamar a aquel antro. Lo de restaurante, bar, casa de comidas me parece faltar a la verdad. El caso es que mal comí allí más veces de las que quisiera. A la cocinera la conocíamos por Silvestra, mujer muy lagarta. El mote le iba al pelo, por desgreñada y los agrestes aspavientos que le veíamos hacer a su marido, al que también bautizamos como el Mico, por ser cabezudo, chato, de ojos sombríos y malintencionado para el robo culinario. La pareja, su negocio y la clientela nos servía para liberar tensiones y sofocaba en parte el hambre que restaba.

Ambos habían percibido que pagábamos más por la juerga.  Que éramos capaces de sacrificar nuestras tripas con tal de reírnos a su costa. A ellos no les importaba con tal de trincar nuestro dinero. Al camarero, el de la bayeta mugrienta, lo conocíamos por el Pasmao. Un día escuchamos a alguien que devolvía el plato porque no estaba a su gusto. Para troncharse, como si algo hubiera estado bien alguna vez. Silvestra, con un sentido fino de que algo ocurría en el comedor, se asomó. ¿Quién podía cometer semejante ultraje a su cocina?, se preguntaría. El Pasmao retiró el plato, el mismo que regresaría de la cocina con aspecto de mejora, pero que todos sospechábamos que la lagarta habría esperado un tiempo hasta hacer creer que le preparó otro. Fue cuando a alguien de nosotros, en voz baja, dijo: entre una buena comida y la ganancia, lo segundo es lo primero. Convertimos el tiempo del almuerzo en un entrenamiento del ingenio.

Alguna vez, nos podríamos haber indigestado de haber tenido llenos los estómagos conteniendo las ganas de reír por culpa de que frente a nuestra mesa se había sentado el Payaso; la cara roja de darle el sol y beber mal vino, labios gruesos, mentón robusto, ojos saltones, mirada aviesa de cultivar la enemistad como valor y dos vigas maestras de brazos. Al Payaso lo convertimos en amante consentido de la lagartona Silvestra; el Mico, el marido, en el papel de consentidor. Nos fundamentábamos en que comía platos mejor elaborados que devoraba con ansias y apetito, y no el oprobioso menú.

Más apartado, al fondo del estrecho salón pintado de verde, se sentaba un hombre oscuro y delgado como una sombra. Traía de su casa su propio cubierto. No se fiaba de la higiene. El Pasmao nos contó, aprovechando que hincaba la cabeza en la sopa, que era primo lejano del Mico y que por eso se le permitía aquel capricho ofensivo para el buen nombre de la casa. Lo llamamos el Cura. Pagado de nuestra invención, le montamos la historia de que había ejercido como sermoneador hasta que abandonó por culpa de una mujer de mala vida. Montaron un negocio de estafa mediante espiritismo con el que consiguieron robarle a más de una vieja los ahorros de toda la vida. Lo trincaron. Viviría el resto de sus días de la pirotecnia hasta que volara por los aires la ciudad a la que tanto rencor le guardaba. Entre tanto, mal comería; igual que nosotros.

 

                                                                               

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