sábado, 11 de marzo de 2023

Las glorias del desorden. (Iª parte)

 

De universitario compartía piso con un compañero de cuarto de Medicina, fumador y bebedor empedernido, mientras yo me aplicaba en mi carrera de Magisterio. Ambos teníamos las clases por la tarde por lo que compartíamos el tiempo de la mañana estudiando. Tenía la idea que para Magisterio no había que estudiar tanto y se lo contaba a los demás compañeros orgulloso del descubrimiento. Me hablaba de patologías que me enfermaban la imaginación. Aquel curso tocaba la asignatura de Ginecología ilustrándome con deformaciones del órgano femenino, de enfermedades sexuales terribles que me podían haber acarreado un daño imprevisible en mi naturaleza amorosa. Él las estudiaba de un modo aséptico con curiosidad científica y algo de divertimiento. Mascullaba las patologías en aquella atmósfera de humo con un inquisitivo afán por saber, mientras una calavera encima de una resma de apuntes nos observaba. Pieza de su particular colección de anatomía humana de la que se sentía muy orgulloso. Otras partes del puzle humano las conservaba guardadas en cajas de zapatos debajo de la cama.

Me admiraba de él era su resistencia para el estudio, para fumar, beber y mal comer. Aunque en esto último andábamos igualados, él porque se le iba la mano con la bebida, yo por no andar muy bien pertrechado de habilidades y mala organización. Alguna que otra noche, antes de la frugal cena, salíamos e íbamos a un tabernucho donde despachaban un vino ácido y corrosivo acompañado de altramuces o avellanas. Allí se arremolinaba una peña de hombres vociferantes y abotargados. Había que hablar a voces para que se te entendiera y de camino no ser consciente del veneno que bebías: un vino dulzón que te calentaba por dentro a la espera de retorcerte las tripas cunado se asentara. El compañero era muy asiduo y conocía a mucha clientela por algo le llamaban el “médico”. Mi nula resistencia a la bebida hacia que lo abandonara antes de dar un vergonzoso espectáculo. Al irme me despachaba con alguna broma del tipo “que poco aguante tiene la juventud de ahora”.

Salía de la taberna embotado, ahorrándome la cena gracias a las avellanas mal digeridas y tener el estómago estragado. Al compañero lo veía a la mañana siguiente como si estrenase el cuerpo, mientras yo me juramentaba que llevaría una vida sana apartándome de su nociva influencia.

Al mediodía, después de la jornada de estudio, me proponía tomarnos un vinito. “Es para abrir las ganas de comer”, me decía. Rehusaba. Llegaban los compañeros y marchábamos a un bar donde daban el menú más barato e infame que pudiera comer un desnutrido estudiante. El comedor estrecho y largo, de un color verduzco húmedo, con mesas metálicas de manteles de hules pegajosos, predestinaba la clase de comida que allí se despachaba. El camarero con un paño mugroso limpiaba la mesa dejándola igual o peor de lo que estaba mientras peleaba a voces con la clientela de la barra sobre el último partido del Real Madrid. Dejaba una botella de tinto peleón, una Casera y una bandeja de plástico con pan. La especialidades eran el potaje, huevos fritos con pisto o la estrella de la casa: arroz en blanco, en paella cementada o caldoso con ingente cantidad de azafrán. Hacía que comía esparciéndolo por el plato como hacen los niños inapetentes, mientras me atiborraba de pan y de tinto con Casera.

            Había otras casas de comidas a las que solíamos ir. También eran locales populares. Mucho mejores, aunque en comparación cualquiera podía subir el listón tan sólo con que el mantel fuera de papel renovable y los clientes tuviesen un aspecto más sano. La diferencia oscilaba en cien pesetas más, lo suficiente para que no volverían a verte hasta pasadas un par de semanas cuando el estado de hambruna tercermundista pudiera ser asumida por unas finanzas en quiebra persistente.

 

 

2 comentarios:

  1. Un problema con D. Francisco de Quevedo. Después de leer tu relato de la vida estudiantil y haber él publicado la vida del Buscón. Han tenido que encerrarlo en una celda de seguridad en el convento de San Marcos. Ha intentado tres veces suicidarse. Es el problema de los grandes genios, la envidia los destruye. A los lectores por el contrario tus escritos nos hacer felices.

    ResponderEliminar