martes, 20 de junio de 2023

Colonias de verano. 2ª parte. La misa del domingo.

 

Del grupo de los malagueños había uno apodado el lobo que se orinaba en la cama mientras dormía. Como solo tenía una camiseta y un pantalón corto blanco hediondo, el domingo cuando asistimos a misa, por orden de la monja, le colocaron una silla en la puerta de la sala donde se celebraba el acto religioso. Oiría la misa desde allí. Pasamos junto a él y a pesar de lo embrutecidos que estábamos nos daba pena hasta que volvíamos la cabeza y le veíamos hacernos burlas.

Así, vestidos con nuestra mejor ropa, o lo que quedaba de ella, lavada por nosotros en unas pilas, secada al sol y sin planchar, después de misa salíamos para el pueblo cercano por una carreterita de curvas de la que nos distraíamos para coger almendras, algarrobas y uvas. En una tienda, a los que les quedaba algunas pesetas compraban chucherías, la mayoría nos teníamos que conformar con las algarrobas del camino.

Terminada la excursión, de regreso, marcábamos el lugar donde había chumberas para ir a la tarde a por chumbos.

En el tiempo libre, que era casi todo el día salvo las comidas y las horas de cama, después de la soporífera siesta y de merendar, batíamos todos los caminos, senderos y montes de los alrededores. La merienda consistía en un vaso de leche de sabor a fresa o vainilla, pan con un quesito o unas onzas de chocolate.

  Los caminos se ofrecían llenos de aventuras. Un tiempo en el que los arroyos apenas tenían agua, te distraías cogiendo renacuajos en las pozas. Había fuentes donde beber. Los paisanos los veías pasar llevando un mulo y el serón cargado de cañizos. De tarde en tarde, una moto de baja cilindrada rompía el silencio con su petardeo conducida por un labriego que había cambiado la cabalgadura. En la caja atada a un soporte asomaba el mango de una herramienta. Nos apartábamos del camino para colarnos en una vivienda deshabitada. Accedíamos por una ventana, una puerta desportillada, la tapia semiderruida…. Dentro deambulábamos por los espacios que aún conservaban vestigios de sus moradores: un cuadro de los antepasados, un anafre, el horno del pan en el patio junto a la cabreriza, la bodega… En las habitaciones un cabecero de cama, sin somier, una silla de enea y un armario ventrudo donde una lechuza esperaba la noche.

Los camaleones que capturábamos los guardábamos en cajas y le procurábamos alimento. La ilusión era que cuando se terminaran las colonias llevárnoslos y seguir con su crianza. El empeño en buscarlos se convirtió en un extraordinario motivo de interés dentro del abanico de actividades autoprogramadas.

Al llegar, desastrados y polvorientos, lo primero que cundía era la maliciosa noticia de que habían entrado los malagueños a robar en los dormitorios. En cualquier momento, alguien corría la voz y salíamos en desbandada a pillarlos con las manos en la masa. El monitor que andaba cerca nos dejaba pasar y hacíamos recuento de nuestras pírricas pertenencias. En el batiburrillo de ropa y escasos objetos no echábamos nada en falta. Nuestros padres apenas nos habían dado dinero y el poco que portamos se había disipado los primeros días. ¿Qué se podía robar allí para tanto alarmismo? A no ser que buscaran los camaleones, nuestro gran tesoro que de manera inteligente escondíamos en el edificio en obra salvados de las maléficas intenciones de los malagueños. En definitiva, aquellos sobresaltos con las carreras en tropel era otra forma de pasar el tiempo en unas colonias cuyas actividades giraban en ir a la playa y descansar de la playa. El resto del tiempo, como buenos adolescentes, procurábamos aderezarlos de ingeniosas ocurrencias.

A la hora de acostarnos, momentos antes, una alarmante tensión se respiraba en los dormitorios. Los malagueños seguían con sus malas artes contra nuestro grupo. Era frecuente que al meterte en la cama te hubiesen hecho con la sábana la petaca, que era broma cuartelera. Una vez que te dormías estabas a expensas de otra de sus aciagas bromas: aprovecharse para destaparte y vaciarte agua hasta que notases la humedad. La víctima se enfurecía y los graciosos echaban a correr a sus camas con las risas ahogadas que los dejaba sin respiración y sofocando los gritos de dolor cuando se golpeaban con las prisas. El mérito estaba en hacer el ganso sin que el monitor se despertara. Mientras, muchos permanecíamos inmóviles con el corazón a mil por hora y viendo las sombras escabullirse.

Por la mañana, a pesar de que los rayos de sol refulgían como en un incendio a través de aquellos ventanales sin persianas, todos dormíamos como troncos. El monitor nos despertaba a voces. “Vais a quedaros sin desayunar, y a mí poco que me importa, allá ustedes”, nos imprecaba. Nos levantábamos medio zombis. Nos vestíamos con el bañador, las chanclas y la misma camiseta de siempre de un color incierto. Asearnos no era necesario, para qué, si íbamos a ir después del desayuno a bañarnos a la playa.

 

1 comentario:

  1. Recuerdos me traes a la mente que me trasladan a aquel tiempo, y siento una añoranza de juventud, aparte de meditar lo que ha cambiado la vida, aquel entorno rural se extinguió para siempre y fuimos los últimos que lo conocimos. Paisajes con figuras, sonidos y olores, si bien mejor no recordar los sabores. Recuerdo aquellas niñas tan guapas que vinieron desde el extranjero, hijas de emigrantes españoles. Y lo malamente que le cayó a José Vicente aquel gaspacho que le hicieron los malagueños, quedó absolutamente derrotado, me hacía reflexionar el por qué se sintió tan agredido, y ahora que lo vuelvo a pensar me doy cuenta de que no fue para menos, pero el problema era buscar la forma de poder hacer algo para desquitarse y vengar aquella ofensa, y lo encontramos, digo si lo encontramos. Nuca olvidaré a aquellos malagueños en el último día de las colonias con sus bolsos de la ropa sin saber que hacer con ellos, completamente empapadas en los orines de los cubos que teníamos a la puerta de las aulas. La venganza fue tal que pagaron con creces todo lo que nos hicieron desde el primer día. Con los archidoneses no se juega.

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