No supe nada hasta el
día siguiente. La llamada anunciándolo se había producido cuando dormía momentos
antes de entrar a quirófano. Desperté y le conté a Madi lo que acababa de soñar: “Mi padre ha estado aquí conmigo. Lo he visto cómo te veo ahora a
ti. De pie, observándome y sin decirme nada, acompañándome". Le dije. Ella asintió y cambió de conversación. “El abuelo acababa
de fallecer”, fue lo que le había dicho mi hijo por teléfono.
Lo vi y
sigo viéndolo tal como se presentó aquel día sin la sonda ni el deterioro que su
enfermedad le había producido a lo largo de cinco años. Conservo aquellas
imágenes como de cualquier visita que me hicieron después amigos y familiares. No
habló. Yo le miraba esperando que dijera alguna palabra, una
premonición favorable que me hiciera mantener la esperanza de que la operación
iba a salir bien; el comportamiento que se espera de todo el que visita a un
enfermo. Quizá eso fue lo que hizo que abriera los ojos con las ganas de
escucharle un “Tranquilo, pronto estarás recuperado, no tienes nada que temer”,
o un simple “Ya mismo estarás bien”.
Después de contarlo, lo
interpreté motivo por la salud y el deterioro
que llevaba soportando desde que le detectaron el cáncer de garganta. Pensé que estaría en su casa preocupado por no poder estar allí conmigo, lo que
me producía, unido a la incertidumbre de lo que me esperaba, más desasosiego a
las puertas de la operación.
Nadie puede medir el
tiempo una vez despierto que dura un sueño, pues sólo nos vienen estelas, fragmentos desbaratados que en la conciencia intentamos dar sentido y que son
apenas el reflejo de lo que experimentamos de manera inconsciente.
Lo vi y sigo viéndolo. Vestido
a su estilo, un pantalón beig y una camisa. Más joven, era como si se
hubiera desprendido de treinta años. Su cuerpo estaba liberado de los ingenios
médicos que habían ido facultando funciones para su supervivencia que lo convirtieron
en un hombre limitado, dependiente de una asistencia continua con dolores y controles
médicos.
A la mañana siguiente, ya
operado, sin apenas molestias, sondado y con la vía en vena por la que entraba
en mi cuerpo un río de calmantes, Madi, me dio la noticia. Estuve un tiempo en
silencio, sin saber qué expresar, emoción, dolor…La cortisona me evitaba el
dolor físico también atenuaban el emocional. Vagaba sobre una nube con el
recuerdo, ahora ya determinante en su desenlace, en el que un pesimismo me envolvía
por todo lo que me estaba ocurriendo. Le otorgué a aquel silencio de mi padre la
carga de no querer comunicarme que allí no se iban a terminar las dolencias
como si en su nuevo estado de hombre que aparece en sueños él no pudiera hacer
nada más de lo que hizo: venir a despedirse.
El entierro fue esa mañana junto con los
restos de mi madre en el pueblo.
Como una conciencia que
vela del estado inconsciente, en alerta por lo que pudiera ocurrir, me deslicé
por una cascada de imágenes y vivencias entremezcladas en lugares y tiempos. Cerré
los ojos y me dormí.
Soñé que mi padre conducía
su Seat 127 acompañado de mi madre y yo atrás. Los dos más jóvenes que yo, como
si estuviesen en plenitud de sus vidas llevando de paseo a su hijo mayor que
ellos. No hablamos, pero por el trazado de la carretera, el abrupto paisaje, vi
que estábamos camino del pantano de Iznájar. Mi padre mostraba una conducción
suelta y ligera, de alguien con seguridad y experiencia. Todo lo contrario de
lo que fue en su vida. Los precipicios por los que te podías despeñar y caer al
pantano me producían malestar y pasé de los peligrosos barrancos para
adentrarnos en una carretera recta por una larga planicie bordeada de hileras
de frondosos árboles que dejaban pasar una luz primaveral, clara y agradable.
El coche sigue su camino. Ya no es el Seat 127, es otro más grande, amplio y
cómodo. A lo lejos comienza a dibujarse una gran ciudad: Sevilla. Cruzamos un
enorme puente sobre un río de aguas parduzcas y profundas. Lo siguiente estamos
mi madre y yo sentados en una plaza tomando un refresco esperándolo. El motivo
del viaje está justificado por la necesidad de resolver algún asunto
administrativo de la dirección del colegio de Estepa. Sin continuidad, lo veo sentado
en el sofá de la entrada de la casa del pueblo. Lee el periódico. Miro y reparo
en una foto en la que está dando una charla de pie tras una mesa alargada sobre
un entarimado con una mano a medio alzar que da realce a su exposición en un
salón lleno de gente. Sentados a ambos lados están las personalidades del
pueblo: el alcalde, el vicario… Mi padre es un hombre joven rebosante de vida y
de proyectos. Yo aún no existo, ni siquiera como idea futura, sólo soy el
hombre mayor que le mira sin saber qué dice sentado entre el público en el que
reconozco caras conocidas, todas ya desaparecidas. En el sueño ha entrado un
cansino tac-tac-tac. Es el sonido del teclado de la máquina de escribir. Las
copias de los listados de alumnos para entregárselos a los maestros al comienzo
del curso escolar se apilan a un lado. El tac-tac se hace más fuerte.
Madi es quien me ha
despertado anunciándome que le ha dicho la enfermera que me va a visitar el
doctor porque está haciendo la ronda a sus pacientes.
El doctor entra en la habitación y lo primero
que hace es darme el pésame. La enfermera le había puesto en antecedentes del
fallecimiento. Le conté la experiencia del día antes, la visita de mi padre en
el momento justo de terminar su vida.
Sin mostrar sorpresa, como alguien que ha sido testigo de fenómenos que son habituales en pacientes, a pesar de lo sorprendente para quien lo ha vivido, de manera profesional y objetiva, respondió que lo que le había contado era algo muy frecuente en la conexión entre padres e hijos.
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