El caserón estaba y
sigue estando en el centro del pueblo. Aprovechando el declive en ladera, la
fachada, en la calle principal, tiene dos pisos con cuatro balcones miradores. Una
puerta con un friso en la entrada. En el escudo heráldico que la corona, hay un
león erguido sobre dos patas con sus genitales bien labrados. La cámara entre
el tejado con cornisa y la segunda planta con ventanucos ovalados como ojos. Dos
grandes chimeneas dan la idea de que allí no se pasa el frío que padecemos los
archidoneses en el invierno.
El único morador y dueño, es un hombre excéntrico,
soltero, que le gusta pasar el tiempo como a los hidalgos del Siglo de Oro. Entre sus quehaceres más
notables está el de ir al casino del pueblo a leer la prensa, tomarse un vino,
en su propio catavino apartado del resto que tiene en cualquier bar que frecuente,
presumir de su enorme biblioteca y ser propietario de un pavo real. Sarcástico y bromista empedernido; sofrólogo, practica la hipnosis y organiza bromas que él mismo costea dignas de aparecer en el Guinness; una vez que contrató a una cuadrilla de
obreros para portar a un amigo que dormía una borrachera en su cama hasta los
arrabales del pueblo y que despertase allí como si de una pesadilla se tratase.
Como todos los cuerpos
en la vida a los que la luz le da resplandor, lo normal es que próximo a él se
vislumbrase una negrura o sombra, cosa que ocurría, aunque en este caso solo se
proyectase en forma mujer enlutada y cascarrabias que hacía de asistenta.
Madre soltera de un
zangadullo, con ropas negras, siempre malhumorada y de lengua suelta, vivía con
su hijo a espaldas del caserón en una casucha de una sola planta, algo así como
si de un fornido tronco se hubiese desgajado una rama que le chupaba una savia
inútil. La veías ir a la plaza del mercado y hablar con alguna conocida con el
brazo en el cuadril. Cuando le preguntaban por dónde las llevaba el señor al
que servía, contestaba que estaba liado con sus “cosas”, y de ahí no salía.
Entraba a su casa a espaldas del caserón e inmediatamente salía por la puerta
principal dejándote con la sospecha si no tendría una hermana gemela.
Todo el que había visitado la casa del señor encumbraba el gusto de los antepasados por el lujo y los útiles refinados. Referían los techos del salón que ocupaban toda la fachada principal estaban pintados con motivos clásicos, enmarcados en molduras doradas con lámparas de lágrimas de cristal, muebles clásicos, casi todo ya envuelto en telas para evitar su deterioro. Un gabinete con estantes llenos de libros de esmeradas encuadernaciones. El copero vacío, una coqueta que fue de la madre con sus estuches para arreglos femeninos, el gavetero donde guardarían lo que pensaban que alguna vez iba a servir… El tiempo, implacable, hacía sus estragos en aquellos muebles palaciegos comparados con los de nuestras familias.
En la calle de atrás, por
encima de un muro como de si de una fortaleza se tratase, tenía un jardín en
terraza del que se escuchaba un sonido de animal jurásico y que no era más que
el solitario pavo real. Una puerta desde la calle daba a la escalinata de
acceso. Anejo, un casetón con un portón de cochera, la vivienda de la guardesa
y casualidades de la vida, colindando con el jardín el patio de la casa de un
amigo que conocía la forma de entrar en él.
Salvando un tejado, descendiendo por una reja dejada
olvidada en la pared que nos servía de escala, lográbamos colarnos. La primera
vez que pisamos el jardín, al instante volvimos a trepar para ponernos a salvo.
Le teníamos pavor a la guardesa y al hijo. En nuestra imaginación habían
brotado mil ardides para pillar a cualquier intruso que osase entrar. Fuimos perdiendo el miedo y saltábamos, correteábamos
al pavo que con su glugluteo parecía querer avisar de nuestra intromisión, hasta
que presentíamos que alguien nos observaba desde una ventana y huíamos hasta la
reja por la que trepábamos para ponernos a salvo.
El jardín estaba en franca decadencia, aunque
todavía conservaba el encanto romántico con el que se diseñó. Carecía de un
esfuerzo por mantenerlo, interés y manos expertas. La huella del tiempo iba
lacerando los azulejos que adornaban los bancos y los de una fuente en el
centro de la que manaba un pequeño chorro de agua que bosaba en la pila; las
palmeras necesitaban de una poda, algunos maceteros estaban agrietados por la
fuerza de las raíces de la planta. El olor a floresta, a azahar, a dama de
noche con sus campánulas… los senderos entre los parterres, las rosas
trepadoras, una alberca de poco fondo y junto a ella la enorme pajarera sin
puerta para el pavo real.
Las
plumas del pavo nos fascinaron desde el primer momento. Nos divertía hacerlo
corretear, que perdiese alguna y cogerla como un tesoro, hasta que un día la
puerta que de la casa al jardín estaba medio abierta y se coló por ella
desapareciendo de nuestra vista. Escuchamos algunos ruidos que nos parecieron
objetos rompiéndose al caer. Lo siguiente que vimos fue verlo encaramado a un
ventanal abierto en el primer piso. Desde allí, con un impulso de animal que
más que volar parece estar ensayando llegó hasta el tejado.
Huimos.
En la calle se despertó una especial conmoción. La gente miraba al tejado del
caserón y señalaba al pavo que displicente se movía y abría de vez en cuando su
cola jactándose de quienes lo contemplaban.
Mi amigo y yo nos unimos
al grupo cada vez más numeroso de vecinos que ideaban soluciones para hacerlo
bajar; la guardesa y su hijo entre ellos. En algún momento sentí que clavaba
sus ojos en mí. A su lado estaba su hijo grandullón como a la espera de
retorcerle el pescuezo a quien ella señalase.
El señor de la casa
salió y enseguida se rodeó de un corrillo de vecinos. Mostrando una sonrisa, se
le notaba feliz. La ocurrencia del pavo le parecía una buena humorada. Dijo que
ya se cansaría porque era un animal de costumbres, “como yo” y soltó una
carcajada. “No es más que un animal aburrido
que con toda seguridad estaba atravesando un periodo de melancolía”, añadió.
Nuestras conciencias se calmaron.
Mientras, el pavo
removía las tejas. Su aspecto o gestos, si se puede expresar de esta forma, era
de un animal envalentonado, orgulloso, a mi parecer, del paso que había dado para lograr un sueño: alcanzar las nubes. Disfrutaba de ser el centro de atención y
de unas vistas que a ras de tierra nunca hubiera imaginado. Fue atardeciendo, el cansancio hizo mella en la gente y se retiraron a sus hogares.
Ya de noche, con la luna
de fondo, su silueta se veía recortada en el cielo como un signo de
interrogación.
Amaneció y el pavo no estaba.
Días después, la reja
por la que nos colábamos la habían quitado. Desde la altura, lo vimos pasar caminando
de manera más pausada, la misma que mostraría alguien que ha acumulado más
sabiduría por una sencilla experiencia que le ha demostrado lo imposibles que son algunos sueños. Se despidió desplegando su magnífica
cola.
Menudo pavo real estabas hecho!!
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