lunes, 23 de octubre de 2023

La casa número quince (trece).

 

           A mi madre no le gustaba el número trece, así que mandó cambiarlo por el quince. En la calle hay dos casas seguidas con el número quince.

Qué aspecto debe tener una casa abandonada. Es como la imagen de un perro sin dueño, una maleta tirada en un rincón, un mueble desvencijado… La verdad es que las hay para todos los gustos, de muchos sinsabores, porque en el fondo todas te transmiten la decadencia y soledad de lo material al que tanto nos apegamos. Es diferente contemplar una casa abandonada en tu infancia, la ves como algo curioso, llena de enigmas, un castillo de pasajes para vivir aventuras y sentir escalofríos por presencias agostadas en los rincones. Durante tu juventud ni te fijas. En la madurez sientes la misma emoción que te traslada una persona envejecida que ha perdido facultades de movimiento, vigor en el habla, encogida y llena de silencios.

         En el pueblo son legión las casas sin habitar. Paseas por las calles y ves las puertas cerradas. Apenas hay carteles anunciando la venta porque las inmobiliarias opinan que de poner todos los anuncios mandaría el mensaje de ser un pueblo en venta y los precios, ya de por sí bajos, estarían aún más tirados.

 La casa del pueblo que hemos heredado de mis padres, es un bastión en la nada. Los hermanos nos hemos aunado en mantenerla, en frenar su decadencia, en sacarla del letargo que los años de abandono le han dejado unas huellas que son difíciles y costosas de arreglar. La ilusión de lograr que sea habitable, ya era difícil cuando estaban mis padres, ahora, los esfuerzos a destiempo apenas cambia su fisonomía de desamparo. Terminas de quitar las hierbas del patio, cuando ya están saliendo otras. Las hay de todas las clases. Se aferran a la nada brotando entre las juntas de los azulejos y baldosas. Son pequeñas, pero de una terquedad vegetal que te hace pensar que la batalla la tienen ellas ganada de antemano.

         Lo último que ha brotado, después de varias semanas sin aparecer por la casa, es una higuera. Hace unos meses descubrí su incipiente nacimiento y la arranqué creyendo que ya terminé con ella. Cuando hemos regresado había crecido mi estatura. Parecía decirme que se lo había tomado como una afrenta y que por eso demostraba cómo era capaz de crecer. Sé que volverá con su tenacidad por ocupar un espacio que le pertenecía antes que a nosotros. La contumaz higuera parásita, de dejarla, se adueñará del patio. A diferencia del jazmín, éste sí goza de nuestro cariño, posicionado en su alcorque, lo plantó mi madre, así que disfruta de toda la protección que podamos darle. Por más que lo pode crece exuberante. Se nutre del abandono y quizá del agua subterránea que alimentaba un pozo que existía cuando la casa era de mi bisabuela.

La historia del pozo va pareja a otras como que también la casa tuvo una higuera. Ésta que ahora ha crecido es posible que sea la bisnieta de aquella que convivió con el desaperecido pozo cuya agua, según recoge la escritura de propiedad, se cedió al Ayuntamiento en la cantidad de siete plumas. En contrapartida la casa tendría agua en propiedad para siempre. Lo de las siete plumas de agua nos ha parecido tan romántico como medir el aire en pétalos de flores. 

El pozo fantasma, la chimenea oculta en una pared, el ventanal que daba al patio de la casa vecina a medio derruir lleno de oscuras oquedades que te servían para completar alguna que otra pesadilla nocturna. Asomarte a la tapia del patio para mirar la casa del Vichy con un solar al que se accedía por unas escaleras altas desde una terraza y que a la mitad desaparecían dándote la impresión que si bajabas por ellas caerías entre los hierbajos que lo cubrían todo y que tanto te enervaban porque nos sabías a ciencia cierta qué se movía entre ellos. La talega con el oro que no pudieron llevarse en su huida a Barcelona la bisabuela y su troupe de hijos para protegerlos del “lío” que se iba a armar con el golpe de Estado y que según mi madre había muchas posibilidades de que estuviese escondida en la casa.

Es la temática desbordada de la que el imaginario en torno a la familia que habitó esta casa siempre alimentó nuestra percepción de la vida y experiencias de niños y adolescentes con sus singulares personalidades. Los hubo de todos los tipos. Parientes atrabiliarios, pendencieros, caprichosos, despilfarradores del patrimonio, finos en las manualidades, inteligentes, literatos, republicanos... Hombres y mujeres que el tiempo no logró borrar porque quedaron enlazados a los recuerdos que mi madre y mi abuela contaban como recurso para ensalzar o señalar cualquier conducta buena o reprobable. Si hacías una gamberrada ibas camino de convertiré en… Si eras mañoso habías salido a….  Vengativo como… Astuto como…. Ruin y mentiroso como… Listo y con buen porte como…  Así que uno nunca ha sido uno, sino todas las personas que componían aquella rama genética que pugna por seguir existiendo en tus modos y maneras.


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