domingo, 22 de septiembre de 2024

Con solo diez años (Primera parte)

 

De aquel tiempo de niño enfermizo, aún conservo los ramalazos de hipocondría que me asaltan. Con doce años solía ir al médico de familia sólo con el recetario. Aducía que me dolía el pecho, por decirle algo al médico. No padecía de nada. Quizá de falta de peso. El buen doctor cansado de auscultarme me recetó que comiese chorizo. Poca enfermedad era aquella que se curaba con embutidos.

Todo arranca desde unos años antes, cuando vivíamos en Estepa y mi madre padeció una fuerte depresión. Acostada, iba y me tumbaba junto a ella cuando regresaba del colegio. La abuela Pura pasaba el año cuidando de todos los hermanos y llevando la casa. No había forma de que se recuperara hasta que se decidió comprar la casa de Archidona. Mi padre pidió el traslado. Ni que decir que a la abuela era la promotora principal arguyendo que era lo que más convenía para la salud de su hija.

Nos mudamos a Archidona un verano. Tenía diez años recién cumplidos. Mi madre sanó al tiempo. El ambiente de la calle, las vecinas, la familia y sus continuas historias, trifulcas... la rejuveneció. Recuperó su extraordinario desparpajo, energía. De nuevo era la mujer presumida, batalladora y defensora a ultranza de sus seres queridos. Ya no había más pesadumbres que las propias de sacar adelante a una familia numerosa

Para mí las cosas fueran muy distintas. Con solo diez años aquel ambiente que solo conocía de pasar las vacaciones se volvió extraño. Me sentí como un expatriado. El colegio, los maestros, los amigos… echaba de menos todo lo que dejé en Estepa, hasta el punto que enfermé. Gran parte del curso de quinto de E. G. B me lo pasé en la cama, maravillosamente atendido por mi madre y mi abuela. En un dormitorio para mí solo, sin necesidad de ir al colegio. Alimentado con yogures, sesadas y unas ampollas bebibles que mi madre consiguió que una vecina sacase del seguro médico sin que le costase un céntimo. Tanta atención y cuidados me dejó con la sensación equívoca de que estaba yo solo, que no tenía más hermanos, hasta que llegó el día que sané y caí de bruces en la jungla. Adiós a tanto cuidado, adiós a los mimos. Aquel tiempo fui un niño muy feliz, enfermo pero feliz.  

Mi madre aún tenía preocupaciones sobre mi capacidad de existencia en este mundo. En sus conversaciones me dijo que ya había pasado lo malo y si lograba sobrepasar los treinta y tres años no tendría que preocuparme el resto de mi vida. Que llegaría a viejo. ¡Próxima estación: treinta y tres años! El motivo de su desconfianza en mis esperanzas de vida después de verme siempre tan delicado.

En las fotos de aquella época, se ve a mi madre muy guapa: recién salida de la peluquería, vestida estilosa y radiante. Mi padre a su lado está orgulloso y risueño. No éramos ricos ni pobres. Estábamos en la categoría de clase media trabajadora, de familia numerosa con los hijos encarrilados en los estudios. Criados en un ambiente sin prejuicios. La prueba es que los temas de coqueteo, las conversaciones picantes, los relatos donde la seducción con sus dobles sentidos, la presencia del sexo como parte de la vida, se trataba con total naturalidad.

         A aquel talante tan abierto, contribuía también mi abuela Pura. Su viudez siempre estuvo presente en su vestimenta de negro. Viuda desde joven. Madre de cuatro hijos; una hija fallecida a la que portó en brazos desde Málaga a Archidona en el autobús de línea para evitar los engorrosos y costosos trámites del sepelio fuera de su localidad. La vida la había tratado con dureza, demostrando una ejemplar capacidad para sobreponerse a los sufrimientos y penalidades. Tenía un especial talento para disfrutar los pequeños momentos del día a día. Sus hábitos ordenados en pequeños rituales le reportaban paz y plena felicidad. Creyente, su casa estaba repleta de imágenes de santos. Un cuadro del Corazón de Jesús te recibía nada más entrar. Poseía una silla para el rezo. Nunca la vi rezar. Se persignaba, escuchaba misa algunos domingos televisada y aquello era más que suficiente para redimirse de su falta de pecados.

Los abuelos Pura y Manuel.

 Sano, fuerte e hipocondríaco, me incorporé el siguiente curso a la escuela. En mi nuevo colegio, donde mi padre era el director, a mi generación se les enseñaban sin pretensiones los rudimentos básicos para sobrevivir entre adultos a base humillaciones. La sensación es que los maestros veían en los niños de mi generación zopencos a los que había que desbastar. A las muchachas las trataban de manera más suave, nunca como “burras hartas de paja". Aunque también eran presas fáciles cuando salían a la pizarra y se quedaban en blanco. Nadie disfrutaba con el sufrimiento ajeno. ¿Si te pasabas todo el día en el colegio cómo pretendían que el tiempo que te quedaba para vivir lo pasases delante de los libros? Algunos lo hacían. Sobresalían entre el resto con un aura de luz como ángeles. El resto éramos réprobos condenados a prolongar una vida de “apedrea perros”, que era lo que vaticinaban, porque, casi seguro, que a eso nos dedicábamos por las tardes cuando regresábamos del colegio a la vista de nuestro bajo rendimiento.

 

                                                         (Continuará)

Francisco (el mayor), Puri y el autor. (Estepa 1967)

9 comentarios:

  1. Muy emotivo y entrañable.

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  2. Ya apunta maneras el autor. La prosa como siempre, es ágil, rica y original. Sin embargo hoy me fijo en la foto. Pocos años y ya en actitud retadora. Los pies apoyados en el suelo, como un duelista de "OK Corral". Ya se veía venir que estaba llamado, como un profeta del antiguo testamento, a dirigir al mundo. Cualquiera viendo la foto, adivina ese espíritu sutil de fiero conquistador.

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  3. Entretenida historia de tu infancia que hace entenderte más...esa defensa a ultranza de los débiles y el derecho a la infancia de ser felices. Curioso, ese desapego a la escuela de antes, a la rutina, disciplina, aburrimiento,etc. Eres una persona creativa, curiosa, afable, contradictoria como la mayoría de las personas aunque conserva ese halo de niño enfermizo que huye del dolor.
    ¿Ese dolor que llevamos por dentro será el miedo a no ser querido y lo manifestamos en enfermedades para que nos cuiden?
    O simplemente el ser humano buscamos de una o otra manera el sentirnos querido o cuidados...unas de las aristas que llamo AMOR..

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  4. Las puras de la familia han sido efectivamente, muy carismáticas, han sabido superar con esfuerzo las grandes adversidades que no eran pocas en aquel tiempo; Don Francisco fue todo un señor, muy querido en mi familia.
    No me hubiera gustado vivir en aquellos tiempos tan injustos y crueles de posguerra donde los maestros eran unos muertos de hambre y mal vistos porque eran los que difundían la cultura y la importancia de la opinión sin coacción, donde la prensa estaba sometida a censura por el clero o pagada por la cúpula.

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    1. Don Francisco fue director d secundaria en Archidona o en Estepa?Un preciso relato q nos evoca un pasado común tratado con el cariño dl desapego. Chapeu por el autor.

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  5. Muchos años después nos tocó seguir con esos maestros que querían perpetuar el maltrato como método pedagógico y que por supuesto no funcionaba ni antes ni entonces ni ahora…por ser hijo de ya tenías el san Benito colgado hasta que pudieses salir de ahí ya en octavo de EGB y es que ser hijo, nieto o sobrino de en un pueblo como Archidona te puede salir muy caro… aún recuerdo como me quedaba totalmente bloqueada cada vez que el personaje me nombraba para salir a la pizarra y me tocaba recorrer el pasillo hacia ella siendo incapaz de articular palabra para volver a mi sitio por el mismo camino mientras me cantaba “ blanca y radiante va la novia” y me ponía un cerito!

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  6. Efectivamente, yo también lo viví, cuando era pequeña; con la transición, la cosa fue mejorando. Ahora los profesores "tenemos miedo de los padres"

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  7. José, éste relato es muy bueno.

    Un poco de biografía, de la abuela Pura,y Pura hija.
    Y de un niño rebelde que le cambió la vida al dejar su pueblo Estepa .Sus primeros amigos, sus primeras pacientes ya que tú primera vocación era la medicina.

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  8. Preciosa narración, José Manuel. También emocionante conocer el pálpito de tu círculo familiar en aquellos tiempos.

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