sábado, 28 de septiembre de 2024

Con solo diez años (Segunda parte)

Natalia (2021)

 

Llevo sesenta y tres años aquí en la tierra. Pronto seré un fantasma, uno más de tantos. Están aquí, a mi alrededor. Me hablan repitiendo una y otra vez lo que hemos vivido juntos, recuerdos que muchos se están disolviendo en el tiempo como brumas.

Mi madre los fantasmas también los tenía a su alrededor. No les hacía mucho caso porque siendo una mujer práctica decía que no aportaban nada a una familia numerosa. “Venir solo a hablar y a contar lo que ya sabemos, mejor que os quedéis donde estéis. En esta casa se viene a traer algo: un queso, chocolate, dulces... cualquier cosa apetecible.”, les recriminaba.

 Ahora soy yo quien los tiene a su alrededor. También, como mi madre, suelo cansarme de oír cómo se repiten. Les invito a que se marchen, y escucho alzarse alguna molesta voz para que no se me despinte que tengo sesenta y tres años y que estoy cada vez más cerca de convertirte en uno más. Se enfadan y me dan donde más me duele cuando me dicen que vivir de los recuerdos está muy bien, pero que la vida sigue, que les haga caso y salga a buscarla. “¿Acaso piensas que dentro de otros cincuenta años vas a escribir de lo que te ocurre ahora, ingrato?”, me reprochan. Desaparecen, por un tiempo, enfadados dejándome en paz. Pasado el tiempo, regresan. Me querían dar una lección por mi desapego, pero “mis fantasmas” son olvidadizos y nada rencorosos.

Con mis padres la relación cambia. Ellos están cuando menos te lo esperas. Te quedas mirando una foto y los sientes a tus espaldas. Abres la puesta de la casa y los ves sentados, uno al lado del otro, esperándote. Apagas la luz, y en el silencio notas su presencia. Como estás acostumbrado, algunas veces les comentas algo intrascendente porque no quieres preocuparlos. Procuras quitar hierro a las penurias. Ellos asienten y te dan la razón. Mi padre está igual, con la misma compostura, pulcro, afeitado y peinado. Sus frases son cortas con profundo sentido. Las hago mías hasta el punto de procurarme el pisto de ser alguien de experiencia y sabiduría cuando las coloco en una conversación.

Hoy, sigo siendo el niño con sesenta y tres años que llevaba de paseo al arroyo Marín al atardecer. Creo que en el fondo de su corazón pretendía sentir igual que su padre, mi abuelo José, cuando hacía lo mismo con él. Soy el niño sexagenario que le acompañaba al colegio en el Seat 127, a aquel colegio desabrido de “El Llano” que tanto hizo por recrearme en un personaje digno de una novela de Dickens. Soy el niño perpetuo convertido en un hombre mayor atrincherado en la memoria del pasado.

Se introduce en mis ensoñaciones y le pregunto acerca de alguien que forma parte de las vivencias comunes. Una vez le pregunté por aquel maestro de Estepa que me dio clase en cuarto de E.G.B. Un hombre bueno. Los niños nos portábamos con él regular. Hicimos un mapa de España de escayola en un molde, con sus montañas, valles y las costas. Su ilusión era que cada niño tuviese el suyo. Tengo la sensación de que no hicimos nada más en todo el curso.

También aparecen personajes perturbadores. Algunos que ni siquiera he llegado a conocer, pero que en los relatos de mi madre los dibujaba con las vesanias que coleteaban en la rama de los Jiménez. Un tal Vicente, primo segundo o tercero, de ira incontrolada hasta el punto de descerrajarle un tiro al suegro por una desavenencia. Lo “veo” como si me observase desde la distancia oportuna para que no pueda ponerle rostro. Tampoco es que le haga mucho caso, pero ahí se mueve, entre ellos: inquieto y molesto.

Estando mi madre cerca no tengo porque tenerle aprensión.

En Estepa, era asiduo visitante del practicante para coserme alguna descalabradura. Mi madre de lo primero que se aseguraba era de tener a sus hijos vacunados del tétanos. Cuando entraba por la puerta, el buen hombre exclama, ¡otra vez aquí! No sólo curaba, ponía inyecciones y hacía pequeñas cirugías, sino que era compañero de mi padre en la escuela. Nunca me dio clase. Un hombre recto, que imponía con su presencia, dueño de un Renault 8 y padre de dos hijas; una de mi edad, con la que pasaba muchos ratos de juego. Mi esfuerzo por aparentar que no sufría, se debía a que no soportaba la idea de que pensara que el amigo de su hija era un ser debilucho y llorón.

Hoy, sigo siendo el niño de sesenta y tres años que no para de herirse. Que salta y arranca un postigo con la cabeza; un punto de sutura. Juega con sus hermanos, tropieza, cae y se corta la rodilla con el único cristal que hay; tres puntos de sutura. Soy el hombre sexagenario del que la madre piensa que se va a desarmar, que es un peligro para él mismo por lo atrevido y carecer del sentido del riesgo. Un hombre mayor, como aquel niño de energía inagotable, con un cuerpo menudo, esquelético, del que sobresalían las orejas como apéndices a la espera que el resto se emparejase.


Francisco (el mayor), Puri y el autor. (Estepa, 1964)

2 comentarios:

  1. Qué trabajo más original el de Natalia, menuda artistila!!! 🎨,
    No sé si lo pasaba peor con los 👻🤡👹fantasmas o cuando el médico me mandaba inyecciones un día si y 💉otro también pero la liaba bien gorda, menudo espectáculo 🤦🏼‍♀️!!!

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  2. Enhorabuena por tus relatos son verdaderamente emocionantes!!! 👏

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