Un tiempo de expansión económica. La población crecía, el número de viviendas crecía… Los colegios estaban a rebosar de alumnado. La gente iba y venía en un continuo trajín buscándose la vida. Un lugar, como tantos en aquella época, para instalarse y sostener a tu familia.
Con las ilusiones del
emprendedor, llegó un hombre maduro con su familia dispuestos a abrir
un negocio. Todo lo ahorrado, con la ayuda de un préstamo y con el ímpetu de un
pionero del oeste, aterrizó en este pueblo que se levanta en la falda de una
sierra coronada por un castillo en ruinas. Si le hubieran preguntado cómo era,
quizá habría dicho que era grande para ser pueblo y pequeño para ciudad.
Siempre los comienzos
son difíciles. Fue bien acogido. Lo peculiar y extraño fue que al poco tiempo alguien
le advirtiera sobre la reacción que con los foráneos tenían los que iban a ser
vecinos y clientes. Le advirtió que no se fiara. Que los había de cuidado
disfrutando en ver cómo todo lo que se propusiera se torciera. Que los había en
este pueblo que viendo a alguien progresar los mataba del disgusto.
De tarde en tarde, aquel
comentario le provocaba zozobra. Le costaba trabajo creerlo. El negocio
marchaba viento en popa. Se compró un vehículo nuevo, una furgoneta y pudo
adquirir un local en propiedad. Todo en un tiempo récord según sus vigilantes
paisanos. Se había ganado una fama. Muchos clientes los trataban como amigo. Tenían
cuentas abiertas a débito. Algunas eran cantidades importantes.
A los dos años de
afanoso bienestar, en el frío invierno, sin saber nadie cómo, habían comenzado a
germinar las malevolencias: los supuestos hechos acerca de su negocio, de su
vida y matrimonio. Gracias al recoveco sucio del alma donde se aposenta el
placer por las desgracias que le ocurren a otros. Se fantaseaba. Cualquiera lo
sabía porque alguien lo sabía. Fabulaciones a cuál más vil y canalla. Creerlas
no costaba ningún esfuerzo. Los comentarios se soltaban como piedras en un lago
en calma. -Estaba prosperando demasiado deprisa. - ¿Tanto vendía? Nadie, por
mucho que se esforzara, compraba un local, ampliaba el negocio, furgoneta…Seguro
que tendría otros negocios oscuros, delictivos y estaba utilizando de tapadera
el abierto al público-, comentaban.
Cuando vives ufano de lo
que realmente ocurre, tiene la desventaja que no ves acercarse los nubarrones
hasta que descarga el primer rayo. El rayo llegó en forma de anónimo. Con ánimo
de ponerlo al corriente, uno que se autodefinía “el justiciero”, le informaba
de cuantas mentiras se decían de él,
su mujer y cómo había prosperado. Puras calumnias. A sabiendas de que eran
falsedades, tenía que darse cuenta de que sus convecinos eran todos unos ruines
y embusteros. -Unos falsos. –le advertía-.
Después de leerlo, dijo
en voz alta -Me equivoqué al venir aquí-
Indagó sobre los
cometarios. A los que le preguntaba, se mostraban condolidos. Todos coincidían
que no hiciese caso. Los hechos le darían la razón. Paciencia. Escuchó frases
como: “Este pueblo se las gasta así” “La puñetera envidia”.
Logró salir adelante,
aunque nunca olvidaría cómo pretendieron hundirlo. Los infundios volaron.
Años más tarde, nadie podría
pensar que se produciría un punto de inflexión en la economía local. Las ventas
habían caído. Él resistía como tantos. A pesar de que el pueblo creció en
extensión, se sostenía con mucha menos población. La gente joven se marchaba a
buscarse la vida a cualquier otra parte. Los colegios cerraron aulas. Las calles,
a muchas horas del día, parecían un decorado de película. Abrir un negocio era abocarte
al fracaso sin necesidad de exponerte a los celos de los que llevan mal el
acenso en la vida de un paisano.
A la hora de definirlo, cualquiera
que llegara a instalarse, opinaría que es un pueblo que parece grande pero que
está empequeñeciendo. Aunque todavía se espera el progreso que atraiga
población. Así y todo, se siguen conservando las tradiciones, quedan niños que
van a los colegios. Puedes tomarte un café… Aún existe.
Gran pueblo, histórico como pocos en España, pero colonizado por una lacra de envidiosos, con iniciativa cero, y si con tiempo como para pegarse horas y horas cada día en corrillos de quiosco u otros sitios, haber quien y cual hace y lanza la piedra más gorda a todo el que vive, trabaja, prospera y es feliz. Ya sabes quién soy
ResponderEliminarAnte todo, Felicidades José Manuelpor estos cortos y entretenidos relatos que nos ofreces y que tanto me entretienen.
ResponderEliminarSiempre me ha llamado la atención la falta de emprendimiento de este pueblo, con todos los recursos que tan buenos tienen o materia prima y tradición poseen
Envidia es el deporte Nacional.
Muchas gracias por tus palabras.
EliminarEso no era sólo en tu pueblo. Eso es a día de hoy deporte nacional.
ResponderEliminarUn saludo.