Que era un hombre versátil, no tenía duda.
Frente al espejo la única promesa que le quedaba por cumplir y la que veía más
difícil de lograr era perder peso. Ya le pondría solución. Paso a paso.
Pronto
serían las elecciones municipales. Con treinta y cinco años, después de haberse
procurado sinecuras toda su vida, ahora lo tenía más claro. Llevaba unos años
afiliado al partido esperando la ocasión. Se había inscrito como el que se
inscribe en un club de campo para ver qué satisfacciones le podían dar. Evolucionar
desde los principios que los demás son un medio para tus fines a otros más
altruistas y solidarios, era su conflicto que llevaría de modo particular y
secreto. Se entrenó en soltar frases manidas repitiéndolas igual que un mantra.
A ver si así terminaba por creérselas como el agnóstico que a base de rezar
procura abrirse las puertas de la Gloria.
–Ha llegado el momento de cambiar. El pueblo
necesita un buen empujón-, apostillaba cada vez que se metía en un tinglado
dialéctico de político sin formación ni complejos. Fue la manera de iniciar su
propia promoción a presentarse como candidato.
Lo
peor de los pueblos, pensaba, es que la gente te conoce. A no ser que hayas
estado metido en un agujero o vengas de fuera. Me van hacer pagar mis excesos.
A su mente llamaban muchas turbias acciones y empresas que había cometido él y con
sus compinches. Luego, había un montón de gente que lo tenía calado. Sabían de
su obsesión por el dinero. Su afán de conseguirlo sin esfuerzo. Esperaba que ya
nadie se acordara de la vez que se hizo cargo de una asociación y vació la
tesorería con gastos ficticios y facturas infladas. En connivencia con los
proveedores, urdió mil triquiñuelas que le reportaron ganancias extras a la
gratificación, ya muy inflada, que se había puesto como presidente. Se veía a
sí mismo como un tipo listo y preparado para la lucha de la vida. El reloj de quinientos
euros que portaba daba cuenta. El problema era que ahora todos los que estuvieron
en connivencia con él iban, si llegaba a ser alcalde, a echarle el brazo por
encima y pedirle “favores”.
–Va a ser de manual-, rumiaba.
–Si logro salir, en mi desempeño intentando
salvar la imagen de hombre íntegro, tendré que pasar por un cedazo de
componendas y chantajes sin que se me note-, cavilaba con las neuronas de
devanarse los sesos.
En
su partido no tuvieron problemas para que fuese en la lista el primero.
Cualquiera habría sido mejor, pero su voluntarioso esfuerzo acalló las ganas. Quizás
con suerte lo lograse. Ufano, comenzó su campaña en torno a convencer a los
vecinos de algo que ni siquiera él estaba convencido: que era capaz de
resucitar al pueblo. Levantar la economía, hacerlo atractivo. Una Arcadia en la
sierra norte de la provincia. Si lo lograba o no, -este era su auténtico
ideario político privado-. al menos él sí progresaría. Con la llave de la
alcaldía abriría alguna puerta que diese a un porvenir en un despacho de pocos
esfuerzos y muchas ventajas.
En un debate en la
televisión local junto con los otros candidatos, fuese el tema que fuese,
siempre colaba la muletilla como el estribillo de una canción manida: -Este
pueblo debe ya dejarse de siglas y votar a las personas. Lo que se necesita es
un gestor. Alguien que se deje de ideologías y abrace la única, la del progreso,
antes que el pueblo esté definitivamente muerto-. Había momentos en los que se
le veía dudar dando la sensación de estar reflexionando. El motivo es que
perdía su propia atención a lo que decía porque no lograba quitarse de la
cabeza a más de uno que de las risas estaría al borde de padecer un síncope. Incluso
a él le entraban ganas de perder la compostura y comenzar a reírse.
–Cómo voy hacer que la gente me crea, si me
conocen desde la escuela. Maldito pueblo pequeño-, rezongaba para adentro y volvía
a repetir lo de “Este pueblo debe ya…”, pero ahora con más inseguridad y
temblándole el labio.
Los demás candidatos le
miraban con sorna. “Valiente, elemento”, pensaban. “Hay que tener cara dura,
conociéndolo como lo conocemos desde la cuna”, les faltó replicarle. Pero en el
juego de la política cada uno tenía preparado su particular discurso de
politicastro.
El resultado fue
estrepitoso. Nunca nadie había obtenido tan pocos votos en unas elecciones
municipales. Ni siquiera los afines le votaron.
Tampoco es que las cosas
hayan cambiado a mejor.
Me ha entretenido mucho este relato, menudo personaje, el pobre no tiene desperdicio, a todo puerco le llega su San Martín y al rodearse de otros como él, termina solo menudo ganster!!!🤑
ResponderEliminarMuchas gracias por tu comentario.
ResponderEliminar🤣🤣🤣cosas de políticos.cuando Todos esos sepan que ellos son asalariados del pueblo y no al revés, caerá un meteorito, ya que cada día más , el homo sapiens está involucionando hacia el mono.
ResponderEliminarGran trabajo don José
Ese personaje me imagino que fue real de tu pueblo, no?
ResponderEliminarMuy entretenida la historia y real de la mezquindad humana!