Mi maestro no llegó a
tener hijos. Cuidaba su caballo como a un hijo.
El maestro de Olías nos dijo
que lo podíamos llamar don Lorenzo, aunque su verdadero nombre era José. El día
que el padre fue a Vélez a apuntarlo en el registro, cinco años más tarde de su
nacimiento, porque era mejor no moverse mucho debido a la Guerra Civil, y
cuando todo el mundo le llamaba por Lorenzo, el padre lo cambió por su nombre,
José. –Mejor que el del abuelo materno-, pensó.
Por aquel entonces, y
estoy hablando de los años cincuenta, yo iba al colegio un día sí y otro no.
Vivíamos en un pequeño cortijo, en la carretera antigua de Málaga a Comares. Mi
padre me levantaba a las cinco de la mañana. Le ayudaba a cargar la mula con
los pellejos de vino para dirigirse a Málaga. En el camino emplearía seis horas
en ir y ocho en volver. Partía de noche y regresaba de noche. Mientras esperaba
la hora de ir al colegio, tenía que echarle de comer a las gallinas, al cerdo y
ordeñar a Felisa, la cabra que nos había amantado a todos los hermanos.
La escuela no estaba en
un lugar fijo. Como era un maestro ambulante, cobraba a
cada alumno una cantidad, que la mayoría le pagaban en especies. Aunque era
abstemio y pretendía inculcarnos que lleváramos una vida sana e higiénica, mi
padre le pagaba con vino.
En casa de Candelaria la
de Parras, en la ventilla del barril o en Goino, iban rotando las clases según
la época del año. Cualquiera de ellas la pillaba lejos. Muchos de mis sueños
son caminatas. Eternas caminatas. Me pasé mi infancia gastando suelas y
alimentándome por los caminos para sobrevivir y no llegar exhausto. A la vuelta
estaba rendido.
Don Lorenzo llegaba con
su caballo “Moro”. Antes de hacerse cargo del grupo, procuraba darle todas las
comodidades. Le quitaba las alforjas y la montura. Lo cubría con el capote que
le había servido a él para guarecerlo del frío y de la humedad. Llenaba la
forrajera de un pienso compuesto de habas mojadas para cuidarle la dentadura. Sí allí había alguien con suerte, ese era
seguro el caballo del maestro.
Los alumnos esperábamos
sentados en las banquetas a que el maestro desayunara su tazón de leche migada
que los dueños de la casa estaban obligados a servirle como estipendio. También
almorzaría con ellos.
Era un hombre bueno.
Solía comenzar preguntándonos qué nos habíamos encontrado por el camino. Le
mirábamos sin entender a qué se refería. Qué íbamos a ver. Tan temprano, no
veíamos, sentíamos hambre. Mi atención, tengo la impresión, que giró siempre en
torno al apetito que no me dejaba vivir. En buscar qué me podía llevar a la
boca. Muchos de mis sueños eran pantagruélicos. Quería que amaramos la
naturaleza. Que valoráramos nuestra suerte por vivir en pleno campo, rodeados
de animales, por contemplar los amaneceres, las puestas de sol, ver el cielo
inmenso con sus constelaciones… Nos enseñaba los nombres de las plantas, de los
árboles. Cogía insectos y nos explicaba su respiración y lo importantes que
eran en algo que se llamaba la pirámide alimenticia. En lo alto de aquella pirámide
estaban los humanos. Sería en otros sitios. En aquellas sierras los niños
podían ponernos juntos a los insectos. Según la edad y el tiempo que llevábamos
asistiendo, nos enseñaba los rudimentos esenciales para que nos defendiéramos.
Sus bolsillos iban siempre surtidos de almendras, castañas, algarrobas y, de
tarde en tarde, caramelos. Los utilizaba para reforzarnos y premiar nuestros
parcos aprendizajes.
Don Lorenzo se había
casado con una maestra rural. No pudieron tener hijos. Con nosotros ya tuvo bastante.
A mi amigo Alonso, por contarme vivencias de su infancia.
Se siente con la añoranza de un tiempo pasado, sobre todo por tantos seres queridos y conocidos que ya no están. Nunca se debería perder la memoria del pasado, sobre todo por los que no llegaron a ver lo que ni en sus más increíbles sueños pudieran imaginar lo que en el siguiente medio siglo cambió la vida.
ResponderEliminarPrecioso
ResponderEliminarNingún tiempo pasado fue mejor y menos para los niños de la posguerra, que sufrieron carencias de todo tipo.Fueron afortunados los que tuvieron un maestro tan sabio como él.
ResponderEliminarLa infancia, aquella época de sueños, fantasías, alegría, descubrimientos, miedos, ...
ResponderEliminarPero siempre se siente como una época feliz aunque tuviésemos penurias...
Gracias!
La memoria del pasado es un tesoro valioso...me encanta leer estos textos.
ResponderEliminarHas hecho un gran trabajo!
Un ejercicio de buena literatura. Hay una narración de hechos y creo que no tomas partido por la nostalgia de "cualquier tiempo pasado fue mejor".
ResponderEliminarVivimos en un buen momento de la humanidad, aunque hay un cierto pesimismo social.