Los espíritus existen. No hay duda. Que aún no haya podido
contactar conmigo no significa nada. Es cuestión de tiempo. En la misa de
cuerpo presente de un familiar, el sacerdote contó que los veía. Estaban
allí entre nosotros. Todos miramos a un lado y a otro. El buen hombre lo decía
en serio. Nadie hizo un comentario aparte. Por qué no iban a estar allí, entre
los vivos, merodeando. Sí un sacerdote dice que los ve, es que los ve.
Acordamos que el primero
que se marchara de esta vida, regresaría, si había posibilidades. Por leyes de
la edad, le tocaría a él. A no ser que algún designio se cruzara y yo tomara la
delantera. El acuerdo tenía visos de ser en broma, pero no, era en serio. A
ninguno nos gustaba jugar con el más allá.
Cada cierto tiempo,
charlando, salía nuestro acuerdo. “Cuando yo me marche, no creas que me he
olvidado de lo que acordamos. Quédate tranquilo, si existe la posibilidad de
volver, vendré” –me decía- Mantenía el
mismo anhelo de curiosidad por comprobar qué había después de la vida y dar
parte. Nunca creyó en lo que no veía por sus propios ojos. Que el hombre había
llegado a la Luna, era una pura mentira de los americanos. Cuando le explicabas
que antes la sierra de la ermita estuvo bajo el mar y que su formación era a
causa de la acumulación de restos marinos hace millones de años, te miraba cómo
preguntándose quién me había metido en la cabeza esas fantasías. Su afán mayor
era cuidar de dos canarios, cada uno en una jaula, regar las plantas de las
macetas; el empeño por llegar a la jubilación para liberarse del trabajo en la
tienda y ya poderse dedicar en cuerpo y alma a sus dos canarios y las macetas.
Yo sigo aquí. Él se machó. De manera triste una enfermedad lenta e insidiosa lo fue apagando. Las conversaciones tenían un tinte sombrío, de desenlace fatal. Volvía sobre el mismo tema. No sabía cómo decirle que la promesa a mí me producía pena. “Tú haz lo que te parezca. Pero si de verdad regresaras para darme muestras de que hay un más allá, de que podemos mantener la esperanza, va a suponer un enorme cambio en mi de vida. Te imaginas que lo cuente. Quién me va a creer”, le decía.
Le seguía
el juego, procurando desviarle la atención. Que si descubría el origen y misterio
que había tras la creación del universo, ya se podía dar por satisfecho. El
cielo, no el universo, lo veía de una manera infantil. Era un lugar donde
estaban los santos, los ángeles, Dios; allí se encontraría con sus padres,
abuelos, amistades… Le hablaba de la
infinitud del cosmos, lo que él llamaba cielo, de los billones de estrellas, de
galaxias, de las distancias y lo que tardaba en llegar la luz desde la estrella
más cercana. Que estábamos hechos de la misma materia de las estrellas. Asentía.
Pero en el fondo me escuchaba como el que pone la radio para coger el sueño. Su
reduccionismo era una salvaguarda para llevar la vida tranquila, sin ajetreos
ni preguntas que le complicaran el final de su existencia. Lo que creía era la
realidad, lo demás cuentos chinos. El valor y la determinación que mostraba era
una máscara para sobrellevar el abatimiento y menguar la aflicción que
teníamos.
Han pasado varias decenas de años. Cualquier día es bueno para
sentir que ha podido cumplir su promesa.
Eres un maquina
ResponderEliminarTodo a su tiempo. Magnífico!!
ResponderEliminarNo caigo en quién fue ese buen hombre cuyo cosmos se basaba en sus canarios y macetas. Puede que eso le hiciera más feliz que el inteligente científico que sabe de la verdadera verdad. Lo que no sabría cuál es más inteligente si el que sabe tanto o el que es más feliz sin saber. Ya me dirás quién era que ahora no caigo..
ResponderEliminarCon mucho gusto te lo diré. Saludos.
EliminarPuede resultar gratificante pensar en un espíritu protector que nos aconseje y no nos abandone ...👻
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