De los cuatro hermanos,
Francisco, en la Guerra Civil, de la Comandancia Militar recibió un telegrama,
el primero y único en su vida. Se lo trajo con urgencia el operador de telefonía y telégrafo que pasaba
el día de sol a sol en la cima del cerro Santón Pitar en una casita conectada
por postes con Málaga. No había otro modo de comunicarse con el mundo, cuando
el mundo era un lugar que no abarcaba mucho más de la provincia. El telegrama
venía a decir que pasaba a jurisdicción militar y dejaba de ser civil.
Cualquier acto sería observado bajo las leyes marciales de estado de guerra. Se
debía incorporar al hospital militar en la barriada de Capuchinos, y allí permanecer a la
espera para en caso de que alguno de los tres hermanos que estaban ya en el
frente, Alonso, Pepe y Antonio, cayera, él tendría que sustituirlo o atenerse a
un consejo de guerra. Según la ley no podía haber más de tres hermanos en el
frente, por lo que él sería quien sustituyese al primero que se declarase
inútil, temporal o de manera definitiva, para la causa.
Al finalizar la guerra todos regresaron. Cada uno la había
vivido de un modo diferente, a pesar de que las penurias eran comunes: el
hambre, la miseria, las enfermedades… Francisco, en cambio, según contaba, pasó
los mejores años de su vida en el hospital militar. Los recordaba con la
ilusión de a quien se le había presentado por vez primera la suerte. Las monjas
lo trataban con mimos. Sabían que no era más que carne de cañón. Que cualquier
día desaparecería porque partiría a la desventura. La caridad cristiana se le
mostraba como al enfermo que espera exhalar su último hálito para irse de este
mundo. Todos los que allí había en su situación, ninguno se lo tomó igual que
él. Sufrían de ansiedad y temblaban pensando en lo que el destino les iba a
deparar. La falta de perspectiva de lo que le podía venir y verse liberado de
los agotadores trabajos en el campo, de aquellas jornadas de siega, trilla,
podar… ventiscas, calor, aguaceros, fríos… y sobre todo hambre, siempre el
hambre y buscar la manera de sofocarla, le hacía sentirse como un afortunado.
“El tiempo que esté
aquí, no me lo quita nadie del cuerpo. La comida, la ropa, el baño, la tengo
asegurada sin hacer nada. Lo que tenga que venir ya vendrá.”, se decía para sí.
Logró deshacerse de la funesta
idea de que era el sustituto de una venidera calamidad. A pesar de llevar una
vida cuartelera, los mandos permitían cierto relajo y podía pasear por Málaga. Fue
la primera vez que se bañó en el mar. Su padre se llegaba a verlo cada vez que podía
cuando bajaba a vender el vino desde Santopitar. Le traía pan de higo que
compartía con los acuartelados. De su madre recibía siempre la misma nota.
“Cuídate hijo” que copiaba en la hoja de un calendario. En aquellas dos palabras
se condesaba todo el amor y la frustración de no poderle escribir más. Arrepentida
por la reacción que tuvo siendo niña el día que el maestro la ridiculizó
delante de todos y en un acto de rebeldía se negó a volver a escribir.
Con veintitrés años, finalizada
la guerra, regresó a sus quehaceres. Se incorporó a la cuadrilla de aparceros
del marqués de Santopitar. Se enamoró, casó y también tuvo cuatro hijos. Le
emocionaba la música y los verdiales, llegando a ser el “alcalde” de una panda
tocando los platillos.
A los sesenta y seis
años, aún trabajaba en las faenas del campo, hasta que un día su mulo
“pajarito”, un animal bronco, cuando intentaba montarlo desde un balate, dio un
respingo y cayó al suelo lesionándose la columna. El dolor le
acompañó hasta el final de sus días. Su vida la contaba como una suerte de
acontecimientos desde que su bisabuelo y gran parte de la familia apellidada Alcaide,
hubiesen tenido el buen tino, allá por el 1814, terminada la guerra con los
franceses, venirse a repoblar desde Córdoba estos cerros dejados de la mano de
Dios, instalándose en la villa de Totalán. Cuatro generaciones posteriores, la
familia, numerosa donde las haya, se había extendido por toda la Axarquía.
-Esta es una tierra
dura, pero los Alcaide hemos sido capaces de sacarle, con tesón y esfuerzo,
cuantos frutos, provecho y felicidad está destinada a un hombre de bien en esta
vida- les repetía a sus hijos con orgullo.
Sin duda, una gran historia de la generación de los Alcaide.
ResponderEliminarGracias por tan bonito relato.
Ohhhhh....que bonito
ResponderEliminarLa genialidad no admite comentarios. Lo bueno está para el gozo y el disfrute. Uno acostumbrado a leer, distingue lo que vale y lo valora.
ResponderEliminarEs la istoria de mi padre tal como él nos la contaba, la pura realidad que él vivió
ResponderEliminarEres mi escritor preferido
ResponderEliminarLo has escrito tal cual...me encanta..te has convertido en mi escritor favorito
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