jueves, 21 de marzo de 2024

Nunca lo perdonaré

 

            Hoy ha estado esperando la “lechuza” de nuevo a que salga mi patrón por la puerta. Él me manda que me asome. “Avísame, si está que salga por el postigo que da a la calle de atrás”, me dice irritado por la molestia.

         La “lechuza”, que es como la motea don José, es una mozuela desesperada que ve cómo pierde la lozanía sin ganar un buen partido. Quién mejor que mi patrón que es señorito, veterinario y viudo sin hijos.

         Antes de nada, me presentaré. Mi nombre es José Martín Luna. Me críe en la Casa del Abuelo en Málaga en la calle Especerías. Estudié para veterinario, abandoné porque quería independizarme. Surgió la ocasión de trabajar de ayudante de veterinario en Archidona. Me enamoré. Puedo vanagloriarme de ser muy reconocido en toda la comarca por haber creado una fórmula magistral para curar los esparavanes en las caballerías. Sé de gente que habla de mí fórmula hasta en Velez-Málaga.

    Padre de cuatro hijos. En el bienio progresista me presenté a concejal en las elecciones municipales de abril de 1931 por la UGT. Fui el más votado. Mi mujer, Carmen, no era partidaria. Decía que la política no traería nada bueno a la casa. Tuvo razón. La gente me felicitaba, a pesar de que muchos opinaban que siendo tan religioso cómo podía ser socialista. Les respondía que el verdadero socialismo es el mensaje de Jesús Cristo, que lo demás era una mala imitación. Los domingos ayudaba a misa al párroco.

        El caso es que esta muchacha quiere ennoviarse con don José y a mí me han situado en medio de la contienda sin quererlo. Siento pena por ella, pero también lo comprendo a él.

     Desde la proclamación de la República a raíz de las elecciones municipales, el ambiente en el pueblo está muy enrarecido. Desde que soy concejal no paro de escuchar disparates. Para colmo el único que defiende las tesis andalucistas soy yo. El resto de concejales se niegan a reconocerlas. Les digo que es la  forma de solucionar los problemas de pobreza y falta de derechos. En la correspondencia que mantengo con Blas Infante, me dice que no desista, que buscar la autonomía andaluza es esencial para conectar con la realidad, las tradiciones, problemas y necesidades del pueblo. La verdad es que puedo hacer muy poco por mis conciudadanos. El Ayuntamiento está en bancarrota, los pocos recursos que hay los destinamos a arreglar las calles y paliar tanto desempleo.

        -Carmen, como esposa realista, dice que todo se soluciona con dinero y no con palabras. “A ver cuándo mandas que quiten los socavones de la puerta, que va a ser lo único, aparte de complicaciones, que saquemos de provecho”, no deja de repetirme. 

   Julio del 36. Hace tres años que dejé la política. Hay auténtico miedo. Se ha desatado una ola de terror entre la gente. Esto se veía venir, pienso. Muchos están marchándose. Me avisan de que todos los que hemos dado la cara estamos en “listas negras”, que quedarse es muy peligroso. Les respondo que no tengo porque alarmarme. La conciencia la tengo tranquila.

         Agosto del 36. Llegan rumores de todos lados inquietantes. Hablan de que en Archidona hay gente organizada para cuando entren las tropas franquistas tomarse la venganza. No dejan de llegar noticias desgraciadas. Familias completas en los que algún miembro  se han significado huyen. Soy amigo de Salvador Jiménez Aranda y me ha contado que se marchan a Barcelona, y allí si la cosa sigue mal, pasarán a Francia. Mi hijo Francisco, a pesar de sus pocos años, me refiere cómo ha visto llegar una columna de soldados subiendo la calle Nueva. Las tropas han tomado Archidona y han continuado para Granada.

         En el pueblo, en voz baja, se habla de vecinos que se han ofrecido voluntarios están fusilando de noche en la tapia del cementerio a los que detienen. Se sabe quienes son los que lo hacen por propia voluntad. A mí me han llamado para que me presente en el cuartel. He ido y me han llevado a la cárcel detenido. Allí el ambiente es de auténtica desesperación. El guardia me ha dicho que no debo temer nada, que es para declarar y que al no tener ningún delito ni nadie que tenga nada contra mí que pronto me podré marchar. Carmen está muy asustada y ha ido a hablar con el cura Sánchez. Mi hijo José me ha traído una pequeña lechera con café.

        El cura Sánchez tranquiliza a mi esposa. Se pondrá en marcha. Declarará a las autoridades que soy un hombre de bien, cristiano. Él me aprecia y es lo menos que puede hacer: defender mi inocencia y deshacer el oprobioso mal entendido.

       En el camino se ha encontrado con el padre de la “lechuza”. El cura habla con él enfurecido por la injusticia que se está cometiendo. Mala suerte para mí. La familia de la “lechuza” me considera el obstáculo en sus pretensiones casamenteras. Ella me veía cuando me asomaba y daba por hecho que ese día no podría hacerse la encontradiza con don José. No había otro culpable de frustrar sus deseos que yo. El padre ha convencido al párroco para que desista. Le dice que no es necesario gastar las energías en algo que se da por hecho. 

    -“José, es un buen hombre, y no tienes que hablar por él. Seguro que esta tarde ya lo dejan marchar. Vuelve y no te molestes”, lo convence.

        Es de noche, madrugada, un camión se ha detenido en la puerta de la cárcel. Un vecino conocido nos ha ido señalando los que debemos subirnos al cajón. Rezo porque mi familia salga adelante. En la tapia del cementerio nos hacen volvernos de espaldas. Alzo la vista y lo último que veo es la luna asomando entre los cipreses.

     A la mañana siguiente, mi hijo Pepe ha venido a traerme la pequeña lechera con el café. El vigilante le ha dicho de mala manera: “A tu padre ya no le hace falta”. Su mente infantil no comprende a qué se puede referir. "Acaso mi padre ya ha desayunado", pensó.

       El párroco acaba de enterarse que José estaba en la "saca" de la noche. A partir de ese día, no deja de escuchar una voz que le dice que nunca le perdonará a aquel hombre que se cruzara en su camino cuando iba a salvar a José.

    “Nunca lo perdonaré”


         En recuerdo de mi tía Conchita, Q.P.D., hermana de mi padre, y a su imborrable memoria.  

 

2 comentarios:

  1. Gracias José. Yo tampoco perdonaré.

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  2. Conmocionado una vez más por tan desgraciada historia, que tantas veces me la he imaginado.
    El y vosotros posiblemente los perdonasteis, yo no los perdonaré en mi vida, pues también a mi abuelo lo quitaron del medio.
    Cuidado que no estamos exentos de que en la medida que pueden hacer daño lo harán siempre, por que ellos, los asesinos, siguen existiendo al igual que nosotros existimos, hoy no te pueden fusilar pero si pudieran lo harían, como digo siguen hay siempre de lado de hacer el mal a los demás, muchas veces camuflados de lo contrario. La genética sigue ahí, aunque algunas veces se depura y puede que hasta se mejore en nuevas generaciones, seguramente por equivocación, pero la predisposición a emparejarse lo malo con lo malo está ahí, y como que se atraen sin saber por qué, y como resultado traen lo mismo que de donde vienen al mundo generación tras generación.
    Para nuestro orgullo y satisfacción, nosotros y los fusilados somos los buenos, y nos pasa lo mismo, siguen y seguirán en nosotros.
    Una reflexiones en este momento, de tristeza he indignación, ya me conoces. Un abrazo

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