Quedó un sillón con mando eléctrico y el reposapiés recogido, ya para siempre, sin su propietario.
La mesa enfrente con el mando de la
televisión, una carpeta de documentos con recetas, medicamentos esparcidos. Quedó el sofá, los cuadros, las lámparas... Quedó un mueble de cajones llenos de cartas, de recibos y objetos que no sirven.
Quedó el dormitorio con la cama articulada, el pijama bajo la almohada, la mesita de
noche con su lamparita. La ventana abierta ventilando la habitación. El armario
ropero. Quedó la ropa: interior, pantalones, camisas… la de vestir y la de
estar en casa.
Quedó el baño: la espuma de afeitar, la cuchilla, la loción, el peine… en el plato
ducha la silla de sentarse; la jabonera, el espejo, los accesorios del cuarto,
las repisas con el cepillo de dientes y muchos frascos.
Quedó la cocina: los muebles, la encimera, las cajoneras, el ajuar de ollas, platos,
vasos, sartenes… La mesa de roble macizo, al igual que las sillas.
Quedó el frigorífico con los yogures, la fruta, la leche, medicamentos que
debían conservarse a determinada temperatura. Quedó la batidora con el vaso
para triturarle los alimentos, batidos y sobres con aportes extras de
nutrientes.
Quedó su despacho: donde él pasaba muchos ratos entretenido. Los archivadores con
toda la documentación al día de impuestos, declaraciones de Hacienda, cuentas
bancarias. Álbumes de fotos donde estamos todos mis hermanos en diferentes
momentos de nuestras vidas: nacimientos, primeras comuniones, bodas… Fotos de
los nietos, del homenaje en su jubilación, de su noviazgo, de mi madre,
abuelos, parientes, primos… familiares desconocidos por los que había que
preguntar quiénes eran. Mi libro de escolaridad, resguardos de periódicos con
noticias de su aparición en algún acto público, reseñas de revistas científicas
de artículos de mi hermano científico…
Las agendas en las que
pormenorizaba los gastos, sus ingresos, con sus asientos del Debe, Haber, Saldo.
Había tiques de gastos que quedarían para siempre por apuntar.
El cajón del escritorio
con los útiles de escritura de reserva, folios, sobres, grapas, clips, hojas
cortadas para notas. Una lámpara de sobremesa con una lupa incorporada que
apenas usaba porque le gustaba más la de mano. En una bandeja estaba el reloj
que anunciaba a voz la hora. “Son las 14 horas y 34 minutos”, decía.
La estantería con una
máquina de escribir, un ordenador en desuso, libros docentes, una enciclopedia
de tres tomos de pedagogía y didáctica.
Quedó una carpeta de
poesías escritas a mano mezcladas con los primeros dibujos realizados por los nietos.

Quedó una inmensa huella en el alma de sus hijos
ResponderEliminarQuedó la herencia de la bondad, el esfuerzo y la generosidad.
Quedó….
Quedó el, ella y los que los hicieron a ellos, en ti en tus hermanos y si me apuras en familiares menos directos.Hay siguen sus genes, ya en bisnietos. Por eso se lucha en la vida, por que si se mejora a los que quedan se mejora a uno mismo. Aparte de tanto y tanto bueno que fueron. De las pocas verdades que hay en la vida creo que esa es una, somos trigo, o maíz, me da igual, cada año nace crece y se reproduce, y aunque algo cambiamos, somos lo mismo en diferentes vidas.
ResponderEliminarAsu no sé cómo te las apañas que me haces tener estas reflexiones 😂😂😂😂😂
Quedó el alma de esa persona querida impregnada en nosotros....su bondad, su sonrisa, sus valores de esfuerzo y trabajo, sus consejos, etc.
ResponderEliminarQuedémonos con lo que nos hace mejores personas...
El mejor legado que podemos dejar a nuestros seres queridos...VALORES...lo material se consume pero los VALORES perduran...el ALMA...
Gracias por hacernos reflexionar amigo.
Gracias como ya han dicho por hacernos reflexionar, quedó todo y mucho más y aún sigue estando ahí.
ResponderEliminarYo soy una hormiguita y no tiro nada y menos aún los recuerdos.