Lo malo de haberte casado con una mujer
veinte años más joven es que cuando crees que te haría rejuvenecer, consigues
sentirte cada vez más viejo.
Esas
fueron las palabras de mi amigo Justiniano, compañero del instituto en Archidona, dejó caer cuando nos encontramos después de tantos años en el Corte Inglés. Fue
pura casualidad. Él estaba en la sección de perfumería. Acaba de pagar una
cantidad muy respetable por una colonia. Ambos tenemos 63 años, a pesar de la
metamorfosis en nuestro aspecto, logramos reconocernos y con la alegría de ver
antiguos amigos y compañeros, después de evaluarnos uno al otro quién se
conservaba mejor, con las correctas hipocresías de dejarlo en tablas con un
te veo estupendamente y un yo a ti también, me invitó a la cafetería.
Ya sentados, le conté a rasgos generales lo que había sido mi vida: el magisterio, la
familia y cómo no, a qué dedicaba el tiempo de la jubilación. Cuando empezó a
hablar de la suya hubo un salto cualitativo. Nadaba en dinero. Se había
separado, y tenía dos hijos de la primera mujer. A su pareja de ahora, Sofía,
le llevaba veinte años. Empecé a sentir cierto empequeñecimiento, como si sus
palabras me estuviesen jibarizando. Puse el rictus que se suele utilizar en
estos casos de condescendencia, de estar a la altura y no sentir las puñaladas
de la envidia en el costado, hasta que soltó la frase con la que he comenzado:
lo malo de haberte casado con una mujer más joven… Fue cuando respiré porque en el éxito
también hay zonas de penumbra y frías umbrías.
-La
conocí en una reunión de negocios –continuó mientras miraba los posos del café
como una pitoniso-. Era la amiga de la hija de un empresario. El caso es que me
quedé prendado de ella. En un visto y no visto, me separé y mis dos hijos me
retiraron la palabra. Mi ex me odia hasta la exacerbación y me desea todo lo
peor.
Estuvo
un breve tiempo como ausente con el pensamiento en otro lugar, meditando. Su interior se había llenado de palabras que debía
de vaciarme como a un confesor. Por mi parte, nunca había escuchado nada
parecido. La órbita de seres en los que me muevo no dan tanto juego. Sus vidas
son tan planas, comparándolas con las de mi antiguo compañero, como la mía.
Quizá sea lo mejor después de lo que me siguió contando.
-Para
asegurarme hice separación de bienes. Si una mujer preciosa, joven, busca a un
hombre maduro que siente dolores en las articulaciones por el simple hecho de bajarse
del coche, lo lógico es asegurarse. Ella respondió que le daba igual. Que
estaba enamorada. Mi propuesta fue generosa –y soltó una risas-: conseguiría
una renta en caso de enviudar, la cual iría aumentando cada año que
sobreviviera en matrimonio conmigo. Con esta propuesta que aceptó yo conseguía
que le fuese rentable continuar a mi lado.
Para que viese que le seguía, a pesar de mi perplejidad, le dije que me parecía muy inteligente. Nunca he sido de los que desmerecen los ingenios prácticos que se montan algunos en esta vida para asegurarse la supervivencia.
-Mis hijos temerosos de perder
su herencia me propusieron que me no me casase, que probase un tiempo. Los
mandé a freír espárragos. Sofía tiene cuarenta y tres. Los hombres se la comen
con los ojos, y yo qué puedo hacer. –entraba en un terreno de pesadumbre y
sufrimiento- Me entran ganas de ir detrás de ella y decirle al baboso qué
puñetas mira. Lo llevo mal. Si vamos a algún acto, es un imán para los varones
que son los hijos jóvenes de mi círculo de amistades que rondan mi edad. Las esposas
la miran con un odio cerril.
-Ella me quiere. Y me da
muestras. Está todo en mi cabeza. Me
está costando llevar este matrimonio. No estoy a la altura, la diferencia de
edad la noto día a día. Las pastillas para dar la talla las tengo prohibidas
por eso de la tensión. Así que te puedes imaginar el numerito.
Miró el reloj. Le dio
premura por contarme más, pero empezó a inquietarse. Le sugerí si tenía que
marcharse que por mí no había problema. Que nos diésemos los números de
teléfono y así estaríamos en contacto. Eso hicimos.
Ya de pie, me dijo:
-Hubo un tiempo con
Sofía que todo iba bien, nunca muy bien, solo bien. Fui perdiendo la esperanza
de alcanzar la gloria. Amigo, quemé mis naves. Ya solo me quedaba seguir
adelante: Sofía y los negocios. A veces me siento que estoy embarcado en un trasatlántico,
que soy el único pasajero, sin tripulación, a la deriva…
Antes de que siguiese
por ese derrotero que seguro que acabaría en naufragio, para quitarle dramatismo le
insinué que al menos el barco iba repleto de provisiones e imagino de
comodidades.
Nos despedimos con la descreída ilusión de que seguiríamos en contacto.
Mi sorpresa fue que a los pocos días recibí un mensaje suyo para quedar de nuevo.
(Continuará)
Muy interesante.
ResponderEliminarNo noto ya diferencias entre este blog y una buena novela comprada en el mismo Corte Inglés que mencionas...Enhorabuena!
ResponderEliminarEsto es tener amigos o amigas. Ánimo que no me falte. Saludos.
EliminarOju con Justiniano, más enamorao que Ramio. Haga lo que haga sera un miura.
ResponderEliminarEstaremos a la espera de los acontecimientos. La cosa promete.
ResponderEliminarYo cómo asesor de nutrición celular, le recomiendo a Justiniano buena nutrición para descumplir años 👌😆
ResponderEliminarSi buscan su equilibrio, seguro que serán muy felices..
Gran relato !!
Muy bueno. Se lo diré.
Eliminar