Uno siempre espera
comportarse de manera que produzca el bien o tratando de evitar un mal. Esa es
mi forma de ser. Lo que no entiendo por qué me dejé llevar a sabiendas de que
estaba haciendo algo que me perjudicaba. La razón irrazonable de dejarme
convencer por Justiniano de que siguiera a Sofía en algunas de sus salidas de
la manera más vulgar como espía doméstico, era algo apartado del sentido común
del que un jubilado debe hacer gala. ¿Acepté por ayudar a un amigo, por el
simple hecho de que mi vida era demasiado aburrida y buscaba darle un punto de
emoción? Será que tengo menos sesos que un muñeco.
Había recibido un wsap
de Justiniano pocos días después de encontrarnos en el Corte Inglés y contarme
qué había sido de su vida. Me habló de Sofía, su actual esposa a la que le
lleva veinte años. De su absoluto bienestar económico lo deduje por los signos
externos y de cómo habló de pasada de sus negocios. Así que al menos cuento con
un amigo rico, que yo sepa –pensé-. Él podía vivir tranquilo agradecido a su
buena suerte, pero un desasosiego se movía en el fondo de sus pensamientos, me
dejó entrever. Sofía no era el bálsamo para su proterva edad. “Amigo –me dijo
cariacontecido-, tendría motivos para estar despreocupado, pero dedico mi
tranquilidad a una intranquilidad propiciada por tener una mujer de bandera más
joven y que por culpa de la funesta biología humana la estoy desatendiendo.”
Habíamos quedado en una
cafetería frente a la Catedral de Málaga. Los naranjos con su flor de azahar
exhalaban un perfume que invitaba a la seducción, al amor, a la expansión de
los sentidos. La naturaleza estaba en plena ebullición fecundadora. Desde mi lugar
solo tenía la vista en las mujeres que pasaban con sus piernas tornasoladas,
mientras mi amigo se debatía en los celos que le sobrevolaban en círculo como
buitres conocedores de su debilidad y esperando probar fortuna.
-Así que esto es lo que
te propongo. Como tienes tiempo de sobra, el ejercicio que tengas que hacer lo
haces siguiendo a Sofía. De lo único que me tienes que dar cuenta es de sus
movimientos y decirme con quién habla y la manera de hablarle. Yo te mando un
wsap para que te pongas en acción. Tú la esperas. Quedaremos aquí, que no es
mal sitio, para darme cuenta de qué hace.
-Ni hablar –le dije
firme- No cuentes conmigo. Contrata a un detective profesional si quieres
espiarla. Además, de qué te sirve. ¿Puedo hablarte con total confianza? ¿Me
prometes no enfadarte, te diga lo que te diga?
Y le solté el manido
discurso que suele venir gratis en los tabloides para atraer la atención del lector
e inundarle de publicidad. Estadísticas acerca de las infidelidades, el abanico
de relaciones entre parejas entre las que podía elegir, cuando él quería optar
por la más tradicional y en completa decadencia. Una relación basada en la confianza
dejaba al albur de las vicisitudes lo que tuviese que llegar, pero nunca
imaginando y provocando escenarios que destruirían su felicidad. Que el control
era un producto de su inseguridad y no valorar lo que esa persona le estaba
dando. Terminé mi exposición con: a la postre, ojos que no ven, corazón que no
siente. Quise reírme, pero la expresión amargada de su rostro me lo impidió.
Al final hubo una rebaja
en mi cometido de espía de pacotilla. Sólo tendría que apuntarme al gimnasio
que ella iba. Era como un muestreo de campo. Si no había gato encerrado, podía correlacionarse
con los demás ámbitos y exonerarla de fantasiosos descarríos. Acepté.
Estuvimos dando un paseo
por alrededores de la catedral. Él me hablaba de una casa que se estaba construyendo
en Marbella, piscina, jardines… Hacía como que le atendía, pero mi vista iba a
la caza de aquellas extranjeras de muslos prietos como jamones de rifa de
Navidad a los que daba la gana acariciar si uno tuviese la suerte de que le
tocasen. ¡Un búnker! Esa palabra me hizo reparar, porque para qué quería un
refugio. ¿Acaso esperaba que se produjera un desastre nuclear?
-Ya te contaré cuando
quedemos para que me digas cómo te han ido las pesquisas. –soltó una risa y dudó
un momento de la palabra a emplear para no provocar de nuevo mi rechazo- Tú diviértete.
Tómatelo en plan aventurero y pasa de moralinas. Si quieres te pago un curso de
detective y te quitas el prurito de ser un gafapasta.
Sin saber lo que me
había querido llamar, nos despedimos quedando a la espera de recibir el mensaje
que me pusiese en marcha. Mi conciencia andaba difusa entre lo que debía o no
debía hacer. Salí de divagaciones al fijarme en un cielo luminoso, pronto estaríamos en Semana Santa. A mi alrededor, se convocaba una manifiesta
invitación a la concupiscencia, a distraerse de los sinsabores, a celebrar la
vida produciendo más vida. Empecé a relativizar el asunto en el momento que mi
vista se fue tras, como nunca lo había hecho, de las treintañeras sacándole ese
punto de madurez que se vislumbra cuando se estaban apagando los últimos vestigios de la juventud.
(Continuará)
Dios mío en los líos q te metes..ahora en un gimnasio de tías buenas😜
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