sábado, 3 de agosto de 2024

Dónde estás, dóndes estás, Paloma.

 

Cuando regresé al apartamento no encontré señales de ella. Paloma había recogido de prisa y corriendo la ropa necesaria. Encima de la mesa encontré una nota en la que decía que me avisaría cuando una persona de “confianza” se llegara para recoger sus enseres y el resto de vestimentas. Antes me enviaría por correo electrónico lo que debía prepararle. “Así que por favor; es lo último que te pido, compra unas cuantas cajas para poder recogerlo y organizarlo" -Con esta explícita orden terminaba-

Mire a mi alrededor como alguien que no cree dónde está. Acaso estaba soñando. Volví leerla.

La llamé por teléfono y la señal que daba era de estar fuera de cobertura. Me dispuse a esperar. “Es una mujer consecuente, y para nada impulsiva. Seguro que dentro de poco entra por la puerta”. Quería convencerme. Mientras la carcoma de la soledad, a medida que transcurrían las horas, me pintó las escenas más truculentas. Ya os podéis imaginar. Caminaba de un lado a otro como un león desquiciado en el carromato de un circo. Abría y cerraba cajones. Buscaba indicios, señales que me diesen norte del porqué.

Otro día de terral no ayudaba. El cerebro con aquel bochorno lo tenía embotado. Por la ventana observé en el parque los pocos que paseaban al perro se refugiaban bajo las acacias. En el cielo unas nubes oscuras cercaban la ciudad que la cubrirían en poco tiempo de un manto gris. Las gaviotas volaban a refugiarse y graznaban con risas estentóreas, como si se estuvieran carcajeando de lo que me acaba de ocurrir.  Las nubes comenzaron a descargar. El calor iba a dar una tregua. La tarde se hizo oscura, como mis pensamientos. Por la calle unos riachuelos de agua sucia buscaban las bocas de las alcantarillas colmadas de basura. La gente corría a refugiarse chorreando. Que en Málaga arrecie la lluvia en el mes de agosto es tan inusual como que en Navidad las calles se cubran de blanco.

Pude calmarme. La lluvia había traído algo de sosiego a mis pesares. En la penumbra, era la imagen del abandono, del desterrado que mira a un punto inasible. A mi alrededor, los objetos susurraban entre ellos en conciliábulo, conjurando con quién se quedarían, si con ella o conmigo. Qué poco se necesita para volverte paranoico. Se levantó un viento que al poco rato había barrido todas las nubes. En el parque cercano comenzaron a salir gente deseosa de respirar la oloriza de la hierba agostada empapada de agua, ya olvidada por los malagueños llenos de nostalgias. Creía escuchar el rumor de los pensamientos de Paloma, allá donde estuviera, entre las ramas de los árboles mecidas por el viento, como si se hubieran quedado prendidos y desearan pasar la noche allí cobijados.  Los mismos que me estaban perforando las meninges intentado descrifrarlos. Se acercaba la noche y aún no había probado bocado desde el desayuno. Hice una frugal cena con bocados tristes y sin gusto, como quien degusta un trozo de pared.

         Sin ser capaz de acostarme, vaya que de un momento a otro la puerta pudiera abrirse y Paloma apareciera, sentado en mi sillón, me venció un sueño inquieto, como si montase en un tiovivo de imágenes con una carraca de música de fondo, Quizá fuese motivo de aquel ajetreo de mal dormir, recuerdo que me asomé a la ventana que da a la avenida y creí ver a alguien que se movía entre las sombras.

         A la mañana siguiente, ajado, pesaroso y sin ánimo, marché al trabajo. Allí me esperaba una mañana incapacitante a medida que transcurrieran las horas; el cerco de los ojos, mi patibularia expresión, iban a ser la comidilla de los compañeros, que bien podía haber sido justificado por haber pasado la noche de farra, pero eso nadie lo iba a creer conociendo el estilo de vida que llevaba.

El encargado, jefe de departamento, me preguntó por cómo me encontraba. Le dije que unas almejas me habían sentado mal, que andaba indispuesto y si podía dejar que me marchase antes. No siendo una característica del lugar que trabajo la compasión, ni los miramientos y sensiblerías, pues el axioma es que los trabajadores somos unos aprovechados, vagos irredentos que buscamos mil formas de escaquearnos; pero cómo me vería, que me dejaron ir dos horas antes.

"A veces sólo valoramos las personas que tenemos cuando las perdemos". Me dijo la amiga de Paloma cuando después de varios intentos me cogió por fin el teléfono. De manera distanciada, a cada pregunta mía ella respondía con la misma evasiva:  que ella tendría sus motivos y que ya me los diría. Creía oír risas solapadas en sus cortas frases. Sospechando de que Paloma fuese la que se reía, le grité que se pusiera, que sabía que estaba con ella. Y me colgó.


                (Continúa)

 

3 comentarios:

  1. Paloma tuvo poco miramiento y actuó de forma parece ser que impulsiva, para evitar una confrontación o una situación no deseada con su compañero. Mal hecho. Espero que este hombre pase de ella lo antes posible.😔

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  2. No te preocupes. “Cuánto más adelante, más barro”. Prepárate para comer salchichas de cuarenta céntimos en los próximos veinte años. Por ahora parece que tienes techo. No te hagas ilusiones, estás en precario. Vas a aprender a vivir en el límite de la indigencia. Eso te vendrá bien para tu autoconocimiento y te hará un hombre más fuerte.

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  3. Esto es más propio de hombres, irse de casa sin avisar, la mujer suele ser más racional y le pone las maletas en la puerta a el, pero dejar su casa “ni loca”. Los tiempos cambian. Ellas tienen poder y ya no aguantan a nadie que no les aporta nada.

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