miércoles, 9 de octubre de 2024

María "la coscurrona"

 

Bisabuelos del autor, por parte de madre. 

Muchos años después, tenía la curiosidad de conocer el cortijo donde mi bisabuela, María Aranda Cano, por parte de madre, le dejó a resguardo una talega con todas las joyas de oro y dinero a su prima María “la coscurrona”.

En la zona del Endrinar, entre Archidona y Villanueva de Tapias, hay un altozano rodeado de sierras y montes. El camino, una vez te desvías de la carretera, va a mano de un arroyo. Pasa al lado un pozo del que se surte un lavadero y un pilón para el ganado. Al subir una pendiente, el cortijo aparece a la vista. Deshabitado, pero se mantiene conservado lo suficiente para evitar el derrumbe.  No hay nadie, salvo las huellas de la cabreriza que se sigue utilizando. A estas horas, la caída de la tarde, las cabras estarán triscando por los secarrales.

Bebo un poco de agua, pues la solana me ha castigado bien. Busco acomodo en un pedrusco debajo de una enorme encina. No muy lejos escucho un soniquete de cencerros de los machos cabríos.

Viajo a mil novecientos treinta y siete. Veo a mi bisabuela caminar acompañada de uno de sus cuatro hijos que han regresado del exilio de Francia, dos se han quedado allí y nunca volverán.

Una mujer dispuesta, coqueta, con la vestimenta de luto. A pesar de la distancia, no se ha descalzado de unos botines con medio tacón, impropios para tan larga caminata desde Archidona. Presumida, manirrota con los hijos, todos varones, con un fabuloso patrimonio que heredó de su padrino don Manuel Pavón, que la adoptó como hija. En la casa familiar, comprada por mi padre cuando nos vinimos de Estepa, su padrino le había dejado también una mercería donde vendía telas, productos de costura, punto y lencería.

Pienso en la herencia. ¿Qué habría sido de nosotros, la familia Jiménez, si esta mujer no hubiese dilapidado tanta heredad? Mi padre me mostró un día el testamento, sólo se conservaba la mitad, y con la mitad ya nos hubiera bastado a todos a día de hoy si en vez de mermarlo hasta el cero absoluto lo hubiesen incrementado como suelen hacer las familias sensatas. A medida que pasaba las hojas, muchas, sentí orgullo, frustración y pena a la vez. ¿Qué había sido de tanta casa y finca? Sé, por mi primo aficionado a la cacería, que aún se conocen asas y montes con el mote de “los canaos” –derivación del apellido Cano-.

La bisabuela con su prole de seis varones, enviudó joven del bisabuelo Manuel Jiménez Aranda. “Otro gallo habría cantado con el patrimonio, si en vez de enviudar ella hubiese sido él”, decía mi madre con su buen sentido pragmático y realista después de vez la desafortunada vida que se les vino encima. Con tanta riqueza caída del cielo, los hijos se aficionaron a la buena vida, tal como la entienden las malas cabezas: vivir de las rentas y echarse a las espaldas todos los disfrutes. La bisabuela, madraza sobreprotectora, llegó hasta pagarles guardaespaldas para evitar lo peor de sus malandanzas. ¡Vaya, como en el cine!

Temerosa por sus hijos cuando Franco se alzó contra la República, puso tierra de por medio y se fue con todos a Barcelona. Allí vivieron en un piso en el Paseo de Gracia. Pasaron a Francia. Cuando las aguas se calmaron, regresaron a Archidona. Antes de salir para Barcelona, la bisabuela hizo dinero dando las escrituras a cuenta. “Si no te devuelvo la cantidad, te quedas con la propiedad”, les decía a los prestamistas. Parte de las joyas y dineros, se lo dio a su prima María “la coscurrona” para que se lo guardase en el cortijo.

Terribles tiempos aquellos. En un país en guerra civil hizo que se desatase una furia sangrienta de venganzas y odios en el pueblo. Entre tanto, la susodicha prima, apartada del huracán, se apropió de lo que tenía que guardar  como si fuese suyo y compró fincas al tiempo que se amancebaba con un hombre casado y padre de un hijo.

Un día, terminada la Guerra Civil, mi bisabuela apareció en su puerta. ¿Quién se podía pensar que regresarían? La prima inventó una excusa peregrina imposible de creer. Le dijo que unos bandoleros, ni siquiera maquis, la habían asaltado robándoselo todo. Así que nada. Todo perdido. La tienda había sido desvalijada en el desenfreno de los primeros días de guerra. Dos hijos habían quedado para siempre en Francia, los otro cuatro se buscarían la vida. La rueda de la fortuna los había aparcado en la casilla de salida: la más completa ruina.

Es tarde y pronto va anochecer. Me dispongo a irme. La piara de cabras está regresando a recogerse. No puedo quitarme de la cabeza la visión de mi bisabuela desesperada y a “la coscurrona” en la puerta del cortijo soltándole la misma trágala porque ya es la enésima vez que va a pedirle que le devuelva lo que es suyo. Veo al cazurro del amante mirando por el ventanuco, con una taimada sonrisa mientras masculla entre dientes: “aviada vas”.

 

7 comentarios:

  1. Pues no era tan concurrona la prima María..

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  2. Hay apellidos que se asocian claramente a unas conductas y formas de ser, los Jiménez en general, respondemos a un patrón muy definido. Enumerar nuestros defectos y nuestras virtudes me llevarían a enorgullecerme y avergonzarme, si cabe a la vez, pero muchísimo más de lo primero que de lo segundo. Por las buenas damos la vida si hace falta y por las malas me tienen que pegar un tiro😂😂😂 los del término medio son los otros 😂😂😂

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  3. Antes el que tenía tierras podía vivir de las rentas, en Archidona mi bisabuela era dueña de varios cortijos pero al contrario que la tuya fue su marido el que lo gastaba con sus cacerías y amigotes.Ella enviudó pronto dejándole una prole y medio cortijo.

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