Muchos años después,
tenía la curiosidad de conocer el cortijo donde mi bisabuela, María Aranda
Cano, por parte de madre, le dejó a resguardo una talega con todas las joyas de
oro y dinero a su prima María “la coscurrona”.
En la zona del Endrinar,
entre Archidona y Villanueva de Tapias, hay un altozano rodeado de sierras y
montes. El camino, una vez te desvías de la carretera, va a mano de un arroyo.
Pasa al lado un pozo del que se surte un lavadero y un pilón para el ganado. Al
subir una pendiente, el cortijo aparece a la vista. Deshabitado, pero se
mantiene conservado lo suficiente para evitar el derrumbe. No hay nadie, salvo las huellas de la cabreriza
que se sigue utilizando. A estas horas, la caída de la tarde, las cabras estarán
triscando por los secarrales.
Bebo un poco de agua,
pues la solana me ha castigado bien. Busco acomodo en un pedrusco debajo de una
enorme encina. No muy lejos escucho un soniquete de cencerros de los machos
cabríos.
Viajo a mil novecientos
treinta y siete. Veo a mi bisabuela caminar acompañada de uno de sus cuatro
hijos que han regresado del exilio de Francia, dos se han quedado allí y nunca
volverán.
Una mujer dispuesta,
coqueta, con la vestimenta de luto. A pesar de la distancia, no se ha
descalzado de unos botines con medio tacón, impropios para tan larga caminata
desde Archidona. Presumida, manirrota con los hijos, todos varones, con un
fabuloso patrimonio que heredó de su padrino don Manuel Pavón, que la adoptó como
hija. En la casa familiar, comprada por mi padre cuando nos vinimos de Estepa,
su padrino le había dejado también una mercería donde vendía telas, productos
de costura, punto y lencería.
Pienso en la herencia. ¿Qué
habría sido de nosotros, la familia Jiménez, si esta mujer no hubiese
dilapidado tanta heredad? Mi padre me mostró un día el testamento, sólo se
conservaba la mitad, y con la mitad ya nos hubiera bastado a todos a día de hoy
si en vez de mermarlo hasta el cero absoluto lo hubiesen incrementado como
suelen hacer las familias sensatas. A medida que pasaba las hojas, muchas, sentí
orgullo, frustración y pena a la vez. ¿Qué había sido de tanta casa y finca?
Sé, por mi primo aficionado a la cacería, que aún se conocen asas y montes con el
mote de “los canaos” –derivación del apellido Cano-.
La bisabuela con su
prole de seis varones, enviudó joven del bisabuelo Manuel Jiménez Aranda. “Otro
gallo habría cantado con el patrimonio, si en vez de enviudar ella hubiese sido
él”, decía mi madre con su buen sentido pragmático y realista después de vez la
desafortunada vida que se les vino encima. Con tanta riqueza caída del cielo, los
hijos se aficionaron a la buena vida, tal como la entienden las malas cabezas:
vivir de las rentas y echarse a las espaldas todos los disfrutes. La bisabuela,
madraza sobreprotectora, llegó hasta pagarles guardaespaldas para evitar lo
peor de sus malandanzas. ¡Vaya, como en el cine!
Temerosa por sus hijos cuando
Franco se alzó contra la República, puso tierra de por medio y se fue con todos
a Barcelona. Allí vivieron en un piso en el Paseo de Gracia. Pasaron a Francia.
Cuando las aguas se calmaron, regresaron a Archidona. Antes de salir para
Barcelona, la bisabuela hizo dinero dando las escrituras a cuenta. “Si no te
devuelvo la cantidad, te quedas con la propiedad”, les decía a los
prestamistas. Parte de las joyas y dineros, se lo dio a su prima María “la coscurrona” para que se lo guardase en el cortijo.
Terribles tiempos
aquellos. En un país en guerra civil hizo que se desatase una furia sangrienta de
venganzas y odios en el pueblo. Entre tanto, la susodicha prima, apartada del
huracán, se apropió de lo que tenía que guardar como si fuese suyo y compró fincas al tiempo
que se amancebaba con un hombre casado y padre de un hijo.
Un día, terminada la
Guerra Civil, mi bisabuela apareció en su puerta. ¿Quién se podía pensar que
regresarían? La prima inventó una excusa peregrina imposible de creer. Le dijo que unos
bandoleros, ni siquiera maquis, la habían asaltado robándoselo todo. Así que
nada. Todo perdido. La tienda había sido desvalijada en el
desenfreno de los primeros días de guerra. Dos hijos habían quedado para
siempre en Francia, los otro cuatro se buscarían la vida. La rueda de la
fortuna los había aparcado en la casilla de salida: la más completa ruina.
Es tarde y pronto va anochecer.
Me dispongo a irme. La piara de cabras está regresando a recogerse. No puedo
quitarme de la cabeza la visión de mi bisabuela desesperada y a “la coscurrona”
en la puerta del cortijo soltándole la misma trágala porque ya es la enésima
vez que va a pedirle que le devuelva lo que es suyo. Veo al cazurro del amante
mirando por el ventanuco, con una taimada sonrisa mientras masculla entre
dientes: “aviada vas”.

Gracias José. No sé describirlo
ResponderEliminarMuy interesante.
ResponderEliminarQue bonitas historias
ResponderEliminarVaya con la bisabuela y la coscurrona.
ResponderEliminarPues no era tan concurrona la prima María..
ResponderEliminarHay apellidos que se asocian claramente a unas conductas y formas de ser, los Jiménez en general, respondemos a un patrón muy definido. Enumerar nuestros defectos y nuestras virtudes me llevarían a enorgullecerme y avergonzarme, si cabe a la vez, pero muchísimo más de lo primero que de lo segundo. Por las buenas damos la vida si hace falta y por las malas me tienen que pegar un tiro😂😂😂 los del término medio son los otros 😂😂😂
ResponderEliminarAntes el que tenía tierras podía vivir de las rentas, en Archidona mi bisabuela era dueña de varios cortijos pero al contrario que la tuya fue su marido el que lo gastaba con sus cacerías y amigotes.Ella enviudó pronto dejándole una prole y medio cortijo.
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