Como una plaga de langosta se han extendido las reformas en el vecindario. Lo que al principio era sólo la de la farmacia, luego vinieron unos pequeños arreglos en casa de la señora Conchita que se prolongarán en el tiempo porque cuando una cuadrilla de albañiles entre en un caserón como ese, es muy difícil que su faena pueda parar; ahora, otro vecino, abogado, que le compró la casa a mi tío Paco y mi tía Conchita, se ha propuesto acabar con la humedad, y le están picando con martillos neumáticos la fachada, pues cree que el mal asilamiento es la causa de que le salgan a las paredes unas vegosas costras.
Es un caserón un tanto especial, como lo son todos los de esta calle. Yo he pasado muchos ratos en ella, pues siempre me llevé muy bien con mi tío Paco, relojero y joyero de profesión, y mi tía Conchita, obsesionada con la limpieza y la buena presencia de su aparatoso hogar. Con mi tío echaba muy buenos ratos mientras el trabajaba en el arreglo de un reloj o fabricando una joya; conversábamos sin prejuicios de la edad, con el afecto y la experiencia que emana de una vida con una filosofía de la que sabía extraer el goce de su artesano trabajo, a la vez que no despreciaba el placer de las cosas terrenas.
En el pueblo hay varias casas de este estilo. Son muy aparentes, pero muy incómodas para sus moradores, no solo por el trabajo que hay que dedicarles, sino por la misma organización de los espacios. Los veranos se pasan frescos, pero en el invierno la temperatura corre pareja a la de la calle. La distribución de las habitaciones gira en torno a un pasillo con baranda a un ojo patio cerrado y que recibe la luz de la gran lucerna del tejado. La planta baja está destinada a la galería adornada con grandes macetones de aspidistras y de costillas de adán. La presencia es fabulosa, el trabajo de mantenerla limpia y vistosa, encomiable. El sentido práctico perdido por el gusto de los espacios adornados con vetustos arcones, sillas donde nadie se sienta y una vegetación improductiva y necesitada de mimos exquisitos. Que las costumbres han cambiado, nadie lo duda, pero siempre queda algún romántico que pretende redimir con su adquisición al propietario, eso sí, a precio de ganga, como mi vecino el abogado.
Alguien perdió la cabeza con semejante diseño. Como muchas viviendas, la construcción al estar sobre una ladera, aprovechando la orografía, tiene excavado un sótano en el subsuelo sobre el que se montan los cimientos de la casa de encima. El sótano de la casa de mi tío era un lugar espacioso, con una pequeña ventana en alto por donde entraba muy poca luz y que estaba a ras del suelo de una calleja empinada. Allí tenía instalada toda la maquinaria pesada para trabajar el dúctil oro. Unos pocos gramos sometido a las tensiones de aquellas máquinas preparaba un fino alambre que le servía para fabricar un cordón o cualquier joya que se le preciara. Existía una prolongación del sótano, anejo a la sala de trabajo, que estaba siempre a oscuras y cuya finalidad era guardar cajas cuyos contenidos a nadie interesaba y donde se podía haber instalado a vivir una familia de elfos, con agua incluida. En un lateral de ese añadido estaba la cavernosa oquedad cerrada con una portezuela para evitar peligros, estaba el pozo. Yo, cuando entraba a acompañar a mi tío y lo observaba en sus faenas, miraba de reojo a aquel especio, con angustia. De vez en cuando mi tío se refería a él y hablaba como si tuviese vida a pesar de que él mismo, según me decía, llevaba años sin asomarse y no sabía ni tan siquiera dónde se encontraba la llave; se expresaba con la condescendencia que se puede aludir a un amigo del que no sabemos cómo le va la vida. Yo le oía como si me estuviese contando algo intrascendente, pero dentro de mí se producía un inevitable malestar al mirar de reojo a la cueva, la siniestra oscuridad; y aquel acuoso hálito que salía de allí se me instalaba en el pensamiento. No me recuperaba hasta que volvía a salir al exterior y respiraba profundamente.
Otras veces, entraba con el firme propósito de no mirar en la dirección del pozo, pero me podía la tentación. Mi tío me cogía desprevenido y daba un giro a la conversación para referirse a él.
-Este año, con lo poco que ha llovido, lo más seguro es que esté seco –me decía.
Entonces mi imaginación destilaba una sima profunda que se abría a las entrañas de la tierra por la que podía uno caer o ser arrojado, y aquel vacío me hacía subir el ritmo de mi respiración y las pulsaciones de forma imperceptible para mi tío.
Ya son cinco las obras en un tramo de calle de cien metros. ¡Lo que faltaba! Mi suegra se ha unido a la epidemia y dos albañiles se afanan en construir un cuarto de aseo. De esta empresa doy cuenta aparte, pues merece un profundo análisis.
viernes, 30 de julio de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
A pesar de tantas reformas, Archidona huele a ciudad muerta.
ResponderEliminarComo un árbol viejo la savia va por los anillos exteriores. El centro de esa ciudad es un cementerio de casonas, una exhibición de ruínas.
Archidona se muere pero le nacen escritores.