sábado, 1 de enero de 2011

Navidad



Vuelvo a estar en el pueblo: es Navidad. Desde la última entrada en el blog, algunas cosas han cambiado. El bar de la golondrina con patas ha cerrado, por ejemplo. Su clientela, nada selecta, de borrachines vocingleros ha huido para siempre. Ya no se llevan las tabernas. No se puede sostener un negocio con cuatro tipos que se acodan en la barra del bar y cuando se marchan para su casa no se han dejado más que cinco euros. Los propietarios, que acometieron notables reformas para que el local estuviese vistoso, se lo habían cedido a la familia arrendataria por un alquiler a meses vista; es decir, transcurrido un periodo de rodaje y de hacerse con la clientela, empezarían a pagar. No ha dado tiempo. Se han cansado de un negocio que apenas da para comer. Los hábitos han cambiado y los modos de divertirse también. El hombre de taberna, como tantas especies hoy, está en grave peligro de extinción.

Mi hijo José Manuel está trabajando en San Lorenzo del Escorial. Que mejor fecha que estas para hacerle un visita y de camino turismo barato. Junto con unos amigos nos hemos instalado en su casa. Desde el piso que tiene alquilado se contemplan unas portentosas vistas. El mostrenco Escorial está a pocos metros de donde vive y lo ves desde la terraza mientras te tomas el desayuno. En el horizonte se divisan los cuatro rascacielos de Madrid. El pueblo celebra la Navidad de un modo muy peculiar: instala en las calles céntricas las figuras del Belén a tamaño real y al caer la tarde unos altavoces te inflan los oídos con villancicos. Paseando, tienes que esquivar a un pastor con un rebaño de ovejas, a un enorme elefante que porta a un rey mago, incluso hay huertos, construcciones de la época, el palacio de Poncio Pilatos y mil maravillas más. Son figuras un tanto retorcidas. Realizadas con materiales fulleros, propios de las fallas valencianas. Otra cosa es el Escorial. Eso si es algo serio.
Cuando llegamos, después de seiscientos kilómetros y a las doce de la noche, fuimos a recoger el coche de mi hijo que lo tenía aparcado en la estación de tren. El parabrisas del coche tendría dos dedos de escarcha y hacía una temperatura de tres grados bajo cero. Acostumbrado a tal menester, sacó una tarjeta de crédito y se dispuso a rasparlo. Es la primera vez en mi vida que veía hacer algo semejante. Así que es cierto, hay pueblos donde hace más frío en invierno que en Archidona.

Que se lo digan a mi primo Gaspar. En estas fechas se marcha a Tembleque, un pueblo de la provincia de Toledo, a entrenar sus perros de caza. Antes de partir nos hace una sinopsis de cómo va a ser su vida los próximos cinco días.
-Primo –me cuenta-, me levanto a eso de las cinco de la madrugada, desayuno, preparo los perros, y a la salida del sol, si es que sale, ya estamos en el campo. Dormir, lo hago en una nave agrícola acondicionada de mala manera. Fíjate si paso frío, que una noche, dormido, soñé que era un muñeco de nieve de lo aterido que estaba. Yo mismo me decía en el sueño: claro, no voy a tener frío si soy un muñeco de nieve. Si dejo de serlo seguro que entro en calor. En estas me dí cuenta que tenía la mano medio congelada fuera de las mantas.
Otro que ha tenido que salir fuera para darse cuenta que en Archidona la temperatura en invierno comparada con la que hace en otros sitios es una delicia.

Una de las visitas que hemos hecho estando en San Lorenzo del Escorial ha sido al Valle de los Caídos. A mí no me apetecía, pues le tengo especial inquina, pero superé los prejuicios y me dejé llevar. Cuando terminamos de visitarlo, Madita me dijo que estuve delante de la tumba de Franco todo el rato diciéndole que si la pisaba. Una vigilante no nos perdía ojo: acostumbrada a que la mayoría de la gente se acerque con los ánimos exaltados, esperaría alguna tropelía para reprendernos. La impresión es que la mujer estaría habituada a los espectáculos, bien de culto por los fascistas, o de venganza contra el dictador de gente que lo sufrió. Yo, la verdad, es que entré en un estado de conmoción, y no recuerdo nada, salvo las figuras hieráticas de los angelotes y la enorme profundidad del espacio cavado en la roca. El lugar para lo único que sirve es para mofarse. Mi impresión es que si se pretendía emular a una tumba faraónica, el paso del tiempo lo ha convertido en algo caricaturesco, propio de una película de Batman. La humedad que traspasa la montaña y la maldad intrínseca enterrada entre aquellos peñascos hace que se deteriore a mayor velocidad que las pirámides. Hubo un tiempo en el que se debía de haber volado por los aires, pero los acomodaticios políticos de la democracia no tuvieron el valor suficiente. Ahora, es mejor dejarlo como algo curioso.
Madi y yo posamos con el puño en alto a la salida.

5 comentarios:

  1. Yo lo he visitado varias veces pero lo hago como homenaje a las manos que verdaderamente lo construyeron, "LOS ROJOS".

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  2. El hombre de las tabernas... el tabernícola ha vuelto!!!!
    Saludos Jose, y enhorabuena por el mileurismo de tu hijo.

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  3. Hola, José Manuel.

    He incluído este blog en nuestro blogroll.

    http://yogasala.blogspot.com/

    Feliz año y
    Gracias

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  4. Jose nos tenías olvidados menos mal que con tu nueva "entrega" las dao movimiento a esto del blog, ¿para cuando la proxima?

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  5. Se me acaba de iluminar la mente.
    ¿Qué te parecería unas sesiones de yoga en la cripta del Valle de los Caidos?.
    La similitud con la India es asombrosa. Allí contruían los maharajás, con la sangre y el sudor de los impuros, aquí el tirano usó los mismos elementos para la construcción. (Sólo que aquí la sangre era más "roja").
    Allí la ruína se siente en el ambiente, aquí la percibes en cada trozo de hormigón con aluminosis.
    Me sigue gratificando tu lectura, aunque realmente uno la ve lejana del que busca el nirvana.
    Yo gracias al yoga, conseguí llegar al suelo con la palma de la mano y una humillante hernia de disco.
    Sigue dándole duro a las torciones, ya me dirás el número de la habitación del Parque. Soy generosos y llevo libros a los amigos enfermos.

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