sábado, 20 de febrero de 2021

Alma de estudiante

 

Crónicas del futuro

                Alma de estudiante.

                Estamos en los comienzos de los 80. La democracia está recién estrenada. Soy joven y estudiante, por lo que vine a Málaga. El primer año lo pasé con dos compañeros del instituto al que se había unido el hermano mayor de uno de ellos y otro que era como el descarte de los pisos de estudiantes, Ramírez.

                Alquilamos un piso especialmente preparado para la vida estudiantil cerca del Ejido. En la sexta planta contemplábamos unas vistas rácanas: una calle sólo con aceras, sin pavimento, cosa muy común en la Málaga de aquellos años; los bloques de enfrente, en uno de cuyos sótanos había un obrador de confitería que se convertiría, aquel primer año de mi vida fuera de la familia, en el sustituto de muchas meriendas imaginarias cuando desde la terraza contemplaba cargar las furgonetas con bandejas de dulces.

La vivienda estaba amueblada con los restos de un naufragio. Los dueños habían conseguido que la decoración fuese lo suficientemente espartana y residual para provocarte un sentimiento de pertenecer a un estamento social que no se merecía más comodidades, algo así, como un liberto en la antigua Roma.  Las habitaciones se repartieron tras varias invalidaciones de los sucesivos sorteos. A nadie le gustaba la habitación que le tocaba. Todas, salvo una, daban a un patio interior donde podías olismear la vida vecinal y entraban los olores de todos los condumios de las cocinas. La mejor y preferida era la del matrimonio. A mí, personalmente, la imagen de una cama de matrimonio con su cabecero pretencioso de falsas maderas, con un colchón hundido por el medio como si aquella oquedad fuese una fosa a medio cavar, me producía angustia. Un mueble ropero de tres cuerpos asfixiaba el poco espacio que quedaba al que se le añadía dos mesitas de noche desamparadas.

Resuelto el asunto de las habitaciones, yo compartía cuarto con un compañero y Ramírez dormitorio individual, y los dos hermanos compartirían la cama de matrimonio hasta que nos hiciéramos con otra cama, pasando Ramírez a la de matrimonio y los dos hermanos a un dormitorio con dos camas. Al día siguiente, los dos hermanos le pidieron al dueño otra cama más y el asunto de los dormitorios se arregló definitivamente.

Sólo habían pasado dos días conviviendo y la desconfianza había arraigado con la fuerza de una planta parásita en un jardín abandonado. Organizado la intendencia: las compras, comer, la limpieza… El tiempo demostraría el autoengaño tan evidente cuando llegamos al acuerdo de que  todo lo común que fuese utilizado se dejase tal como se había encontrado, es decir, limpio. Aceptamos porque la cláusula implícita era que si necesitabas, por ejemplo, la cocina, y no estaba limpia, llamarías al último en usarla y éste sin rechistar la limpiaría. Respecto a la comida, cada uno se la procuraría. Se estableció como norma inviolable que el frigorífico sería territorio sagrado. Bajo ningún pretexto podíamos coger la comida de otro sin su permiso, ni tan siquiera prestada con ánimo de devolverla.

De Ramírez, el descarte, el compañero que nadie conocía y que iba a formar parte por de nuestra comunidad de estudiantes, iríamos descubriendo facetas suyas como en una novela por entregas. Ya el primer día, cuando nos presentamos puso sobre la mesa unas condiciones singulares: que era del Real Madrid y que por eso iba a poner en el salón un póster del Club de Fútbol del Castilla, aquel equipo donde se formó la cantera del Real Madrid, “la quinta del buitre”; que era árbitro de fútbol en tercera regional y que se bañaba diariamente. Era el más desconfiado y el que exigía las normas más estrictas, y ya puestos, sancionar al quien se las saltase. 

Comenzaron las clases y todos animosos nos prestábamos a cumplir con nuestra principal obligación: sacarnos la carrera, salvo el hermano del compañero, Cipriano, que iba a hacer el bachiller nocturno porque a su provecta edad y por circunstancias de la vida no lo tenía y albergaba la ilusión de que con el bachiller se le abrirían las puertas de mejores trabajos.

En Málaga descubrí que mis hábitos y habilidades domésticas eran más bien de hombre de casino de pueblo. El desayuno lo hacía en la calle con Cipriano. Él desuyanaba con cerveza porque decía que era la menor manera de limpiar el organismo. Acostumbrado a encontrarme el almuerzo ya puesto, cansado de una dieta de improvisada y cuando estaba ya al límite de la inanición, vistiendo la talla treinta y seis de pantalón, conseguí colarme en la comisión de becas de comedor para universitarios y me otorgué la primera. Por la noche iba a un puesto de bocadillos a por la cena. 

A los dos meses de almorzar en los comedores universitarios, casi me ahogo con las patas de un calamar. Fue la señal para que dejara de una vez aquella aborrecible comida y vendí a un precio rebajado los tiques que me quedaban por consumir. Para entonces ya tenía cierta maestría en los huevos fritos, tortillas y arroz a la cubana.

 Mientras, la vida en el piso discurría con las típicas posibilidades que ofrece la convivencia: risas, carcajadas y discusiones peregrinas. 

De Ramírez iríamos descubriendo otras facetas, pero ya en la siguiente entrega.

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