Doña Adela, una maestra oronda, soltera y a la que le
encantaban los niños, tuvo la idea de organizar un bautismo de muñecas. Se
celebraría en su casa y a ella podían acudir todas las hijas de los maestros y
maestras; niños solo dos, curiosamente, no había más: mi hermano mayor que
haría de oficiante y yo como monaguillo.
Aquel día, por la tarde, el
tiempo amenazaba lluvia. Fueron llegando las niñas con sus muñecas para recibir
el bautismo. Se había colocado una mesita como altar en el salón y a mi hermano
le habían puesto algo como una túnica para su papel estelar de párroco. Yo iba
tal cual, como monaguillo de cuatro perras. Doña Adela no paraba de dar órdenes
como una niña mandona: disponía a los actuantes, describiendo los pasos para
que cada uno supiese qué tenía que hacer y así la ceremonia fuese armoniosa y
respetuosa con las formas. A mí me parecía algo extraño sin atisbo de
diversión, soso, a pesar de que mi papel, poco relevante, era sostener un
platito con sal y escuchar a mi hermano metido en el papel de cura soltar
una retahíla de frases mientras mojaba la cabeza de la muñeca dándole el nombre
que se había elegido para la ocasión.
Todo iba saliendo como se
esperaba. La pepona de mi hermana y las demás muñecas iban siendo bautizadas,
doña Adela feliz y risueña, el cura cada vez más cura y yo, aburrido como un
pez, acercando el platito de sal para que le hiciesen la señal de la cruz sobre
la frente de la muñeca y deseando que terminase de una vez para acometer la merienda
que nos tenían prometida, que era por lo único que aguantaba.
Entonces un tremendo rayo descargó
cerca. Tembló toda la casa. Doña Adela se puso lívida y la palangana con el
agua bautismal se desparramó por el suelo. Todos comenzamos a chillar, unos de
susto y otros de emoción. Sin saber qué hacer nos pusimos a correr sin rumbo,
hasta que una voz se levantó por encima del griterío y nos conminó a seguirla,
era la del falso cura ensotanado que se había erigido en el salvador del
rebaño. Corrimos tras él a refugiarnos en
una habitación, las niñas con sus muñecas sacramentadas y doña Adela
despavorida. Cuando estábamos todos dentro viendo por el ventanal el enorme
aguacero que descargaba en esos momentos y esperando otro rayo semejante que
nos hiciese temblar de emoción, doña Adela gritó que en aquel cuarto no, que un
rayo podía entrar por la ventana. Vuelta a correr, a chillar y a reírnos tras
los pasos de la maestra de ceremonias.
La merienda no se hizo; o bien se
suspendió por que las circunstancias la imposibilitaron o simplemente fue un
invento de mi imaginación con el deseo de que existiera.
Gracias... Lo que me he reido
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