sábado, 27 de marzo de 2021

Crecer hacia atrás (Parte X) Tropelías de verano

 

La primera señal fue que mi abuela se vino del pueblo con nosotros a echarnos una mano. Otras señales fueron que mi padre de nuevo se vestía con unas camisas de safari fresquitas, hacia horas extras llevando la contabilidad de dos fábricas de mantecados y aporreaba la máquina de escribir cuando no tenía nada mejor que hacer; que a mi hermana la subieron en el autobús y la enviaron con su prima a Archidona y que yo tenía toda la libertad que podía disfrutar un niño de ocho años delgado como un cordel con una mente empírica. Las dos amigas, Rosa María y Amparito, se habían marchado. Sus familias eran de Granada y la otra un extremo de España. No quedó nadie, salvo nosotros, en aquella desolada barriada de maestros.

Por encima del patio de mi casa, separada por un seto había una guardería infantil y residencia de comunidad de desabridas monjas que lo dirigían. Yo tenía paso franco a sus instalaciones que hacían frontera con nuestro patio separado por un seto al que las monjas pretendieron colocar un alambre de espinos y mi madre no consintió. La superiora o directora o lo que fuera aquella monja bigotuda, la escuché decir a su empleado para todo: “vamos, con esta mujer no hay quien pueda”. El buen hombre era padre de un mocetón límite que le ayudada en sus tareas de jardinería. Cuando me veía, casi siempre con su carrillo de mano trasladando tiestos de macetas, me invitaba a subirme, me agarraba a los bordes y él hacía los ruidos de un motor mientras arrancaba a todo correr.  Las religiosas también echaron la llave y cerraron por vacaciones quedando todo el recinto a mi disponibilidad.

Mi obsesiva obsesión era entrar dentro de su residencia. Revisaba todas las ventanas, trepaba a los tejados, entraba a los patios… nada. Aquello era un fortín, seco del gasto de energía me recuperaba sentado en el suelo de la vacía piscina y masticaba de golpe todas las pastillas de regaliz que me habían dado por un duro.

Regresaba a casa de mi deambular. Pero antes afinaba mi puntería intentando colar una piedra por unos ventanales voladizos.

 Durante unas pocas semanas las fábricas de mantecados se dedicaban a preparar las cajas de madera para el envasado para tenerlas listas cuando empezara la campaña en septiembre cara a la Navidad. En su mayoría eran obreras que encolaban unas tablillas de madera al papel e iban dándole forma de caja con lindos papeles festoneados y la tapa decorada con una rústica imagen de la marca. Las apilaban en grandes torres que iban llenando los laterales del recinto como un bosque. Los grandes ventanales del techo estaban abiertos para que se aireara la atmósfera y un mejor secado. Por allí era por donde lanzaba la piedra que se colaba y acto seguido escuchaba como una torreta de cajas caía al suelo.

Cuando descubrieron el estropicio, vi como uno de los dueños, un joven con cara de rabia, se escondía y se puso de guardia durante varios días para dar con el gamberro. Pasé al lado de él y me miró con cara de pocos amigos. Sabía que era el hijo del director del colegio y que vivía cerca. En su ladina mirada, asomó la sombra de la sospecha cerniéndose sobre mí, así que hice por evitarlo. Cuando le veía desde lejos me volvía sobre mis pies. Creía que había desistido en su misión cuando un día sin saber de dónde había salido me agarró del brazo. –Amiguito, ahora sí lo sé. Tú eres el que arroja las piedras y tiras las cajas- me dijo. Convencido de mi culpabilidad, mientras me retorcía el brazo no dejaba de repetir “lo sabía, desde que te vi el primer día acercarte” Presa del pánico, lo único que pude balbucear fue un entrecortado ¡mamá! Mi apagado grito se perdió en aquella soledad de estío. Me soltó, pero antes me tiró de una oreja advirtiéndome que si volvía a ocurrir me diera por muerto.

Llegué a casa con las orejas disparejas y un hondo rencor.

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