jueves, 29 de junio de 2023

El gimnasio

 

Solía pasar por la puerta del gimnasio camino de casa. Por los ventanales veía siempre a alguien ejercitándose con mancuernas luciendo sus bíceps como si estuviese en un escaparate o tirando de pesas en unos de los artefactos como galeote atado a un remo.

 Decidí inscribirme. Me vestí con la indumentaria y una bolsa de deportes. El dueño, que también era quien lo dirigía, lo conocía de verlo sentado en la puerta departiendo con algún deportista. Su parecido agreste con un actor de los años setenta, Burt Reynolds, con su buen bigote, camiseta de tirantes sin importarle la época del año, recordaba a aquellas fotos de hombres fornidos que anunciaban píldoras vigorizantes en la posguerra.

-Quiero entrenarme- le dije. Con entrenarme apuntaba mejor mi voluntad de esfuerzo que si hubiera dicho quiero apuntarme. Sopesó qué clase de cliente era y la vista comercial entrenada de llevar decenas de años en el negocio, cuánto me duraría la motivación y el beneficio monetario.

Con la alegría de atender a un cliente nuevo me invitó a que le acompañase. Nos dirigimos al fondo de la sala a un pequeño y estrecho habitáculo con un ventanal abierto que hacía de despacho y sala de masajes. La mesa llena de papelotes, la camilla para los masajes a la vez le servía de asiento. De los cuadros que lo decoraban estaban los que contenían fotos de los exitosos comienzos, allá por los años ochenta por el aspecto e indumentarias de los deportistas, documentos que hay que tener a la vista y varios diplomas expedidos por centros con nombres rimbombantes que le habilitaban como especialista en reflexología podal y masajista terapéutico. Un póster por encima de la camilla mostraba dos plantas de pies como un planisferio político de dos continentes donde cada país de un color se correspondía con el órgano o región del cuerpo que se beneficiaría.

 En una cartulina tipo carnet anotó los datos pertinentes. Al reverso en cuadrícula estaban las mensualidades que él iría tachando a medida que las abonase. Escribía con un pequeño lápiz de punta roma. Entre sus útiles de escritorio había también una gastada goma de borrar. Firmé el carnet ficha en el que pude leer que desde mi primera mensualidad sería colaborador del Club Deportivo… La “cuota” figuraba como voluntaria. La “colaboración voluntaria” me daba derecho a cuantas actividades se ofrecieran y todos los servicios de los que estaban dotados las instalaciones.

Pasó a mostrarme el establecimiento. Un espacio en forma de L, lleno hasta los topes de aparataje. Algunas máquinas auténticas antiguallas: armazones de hierro repintados de blanco, las pesas en negro, los números de los kilogramos en rojo, dispuestas para ejercitar los músculos más recónditos de un ser humano: dorsales, abdominales, cuádriceps… Las banquetas tapizadas de escay de color burdeos. Moderna era la elíptica, dos bicicletas estáticas y cintas de correr. El resto, que no estaba a la vista, eran unos angostos servicios y el vestuario mixto donde en un rincón estaba instalado un cubículo como un armario de un solo cuerpo con una ventana. Al abrir la puerta dentro había un cubo con su fregona. Una sauna para una sola persona de tamaño normal o dos pequeñas. “Si alguna vez quieres usarla debes avisarme antes para “enchufarla”, y señaló un cuadro de interruptores eléctricos.

Desde el primer momento, hombre afable y cercano, su costumbre era establecer una relación de colega con la clientela. Su experiencia le otorgaba el grado de saber hasta dónde podía llegar. Al ser yo una persona abierta, conmigo se tomó entera la confianza.

Hablamos de mi profesión, los deportes que practicaba y si tenía o padecía o me dolía algo. Le comenté que los gemelos se me cargaban cuando corría. Le justifiqué que la causa era haber “abusado” desde muy joven de la bicicleta. Acto seguido, agarrándome del hombro como quien te va a decir que has tenido mucha suerte porque te va a salvar la vida, poco menos, empezó a perorarme de los beneficios de digitopuntura y del masaje de los gemelos.

Como soy muy decidido, acepté. Un buen masaje digitoplantar y luego pasaría a trabajar, que era para lo que había ido, la musculatura en aquellas máquinas antiguas. Me quité las zapatillas y tumbado en la camilla comenzó su trabajo en los gemelos exprimiéndolos con los pulgares como quien intenta dejarlos huecos. Luego paso a los tobillos y por último las plantas de los pies. Allí no quedó nada sin hincarme los pulgares hasta hacerme gemir sintiendo unos dolores tan intensos que me elevaba de la camilla queriéndole agarrar las manos para que parase. Él no aflojaba ni hablaba. Imploré todo el tiempo con los labios apretados que terminase de una vez aquel dichoso sufrimiento. Creía que después de aquello sería difícil sostenerme en pie.

         Cuando terminó, sentí tal alivio que me dieron ganas de abrazarlo. Me dijo que lo mejor es que comprara un bono de cinco sesiones. Sin fuerzas ni valor para negarme, lo compré.

En última sesión le dije que ya estaba “curado” para los restos de mi vida y que si era necesario se lo demostraba apuntándome a correr una maratón.

        

3 comentarios:

  1. Mi amigo Joaquín, me envía este wsap.
    Su vida da para veinte blogs. Cualquier anecdota que yo narre, a él le han ocurrido muchas más divertidísimas. Ójala arregle el problemilla que tiene con las entradas al blog que no lo deja ponerlas directamente para que todos podamos gozar de su buen humor y notables experiencias.
    Voy a ella:
    "Me encontré a un amigo por la calle. Lo vi fuerte y musculoso. La envidia me corroía. Decidí que yo también podría tener un cuerpo como el suyo, pero antes de apuntarme a un gimansio probé con dos latas grandes llenas de hormigón, fabricadas por mí que uniría por una barra de hierro para levantarlas. Fui a levantar una y no pude ni con los dos brazos. Ahí terminó mi experiencia con el gimnasio. Preferí mis caminatas.

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  2. YO TAMBIÉN ESTUVE CON BAD REYNOLS EN EL CUCHITRI, SOLO QUE A MÍ ME DIJO VEN CORRIENDO CUANDO VENGAS Y ASÍ VIENES CALIENTE, LA PRIMERA VEZ NI, LLEGUE, ME TUVE QUE DAR LA VUELTA ASFIXIADO

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  3. Hoy en día los gimnasios han perdido el encanto y sabor añejo de antaño, son como mini parques de atracciones, a todo se lo nombra ahora en otro idioma(en inglés mayormente) y los recorridos en bici(estática por supuesto) con recorridos en pantalla gigante que simulan preciosos recorridos reales. Enhorabuena por este blog.

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