lunes, 14 de agosto de 2023

La verbena

 

   El parque, conocido por "el paseo", con su forma trapezoidal, un acceso en cada lado, arranca desde lo alto de la calle a ras del suelo para ir ganando en altura de más de dos metros al final. Rodeado de una jardineras de las que con regularidad se elevan unos pilares que sostienen las farolas y maceteros decorativos, bancos de madera, palmeras y árboles en dos hileras: lugar ideal de encuentro para jugar, las parejas y cualquiera que no tenga prisa. Núcleo de confluencia de la gente, un espacio que se aprovecha para festejos y celebrar las verbenas durante los días de feria.

En él se instalaba un escenario con sus luces y atrezo de aparatos, altavoces y focos; los farolillos de papel, las banderitas, las luminarias, el servicio de bar… Todo el recinto se cercaba con una valla de rejillas de madera en la que te podías agarrar muy bien para saltarla. Los policías municipales hacían ronda por el alrededor para que nadie se colase trepando. El único acceso de entrada y salida era vigilado por los porteros que cogían la entrada y si alguien quería salir se la devolvían. Había un continuo entrar y salir. Llegado el caso, si alguien tenía una urgencia podía usar el servicio de los bares de los alrededores o en una calleja cercana. La verbena era la culminación de cada día de feria, el gran broche. Junto con la romería a la Virgen, lo más deseado y celebrado. El éxito de público siempre estaba asegurado tanto que con la venta de entradas el Ayuntamiento sufragaba los  gastos del resto de festejos.

 A las diez se desalojaba el parque para que los camareros dispusieran las sillas y las mesas. Sólo los músicos que llegaban con la suficiente antelación para ir probando el sonido podían entrar. Dos conjuntos musicales la amenizaban hasta cerca del amanecer.  Algún que otro músico aprovechaba el telón de fondo para cambiarse en privacidad. Comenzaban a tocar a las doce. Una hora antes, podías acceder con tu  entrada a reservar un buen sitio para familiares o amigos. Padres con sus hijos, parejas de novios y grupos que se formaban como peñas solo para disfrutar de las verbenas iban colonizando todos los espacios.

 Mi primera verbena por libre, con trece años, tres horas antes, me uní al grupo que comandaba un primo que planeó ahorrarse la entrada ocultándose bajo el escenario en estoica espera. Con sigilo nos deslizamos en aquella oscuridad, acomodándonos en el suelo sucio y cuidando de no darte en la cabeza con el armazón que sostenía los tablones. Así nos dispusimos a pasar el tiempo, tres horas,  hasta que pudiéramos salir sin ser descubiertos.

Mi primo, como era el mayor de todos y creía que él era el que había ideado algo tan brillante no se mostró nada contento de que nos juntásemos pasando la decena. Éramos muchos, según él. “Verás cómo alguno mete la pata”, dijo desanimado.

 Llevábamos apenas media hora escondidos y ya sabíamos que toda nuestra suerte dependía de que alguien le diese por chivarse o que alguno de nosotros tirase la toalla presa del nerviosismo. Mientras mi primo fumaba como un carretero, los demás hablábamos a susurros y sentíamos que el tiempo se había parado para siempre demostrándose que la eternidad existía y se manifestaba bajo los escenarios de las ferias de los pueblos a los que intentaban colarse sin pagar. Cuando escuchábamos a alguien hablando cerca enmudecíamos con el corazón a mil por hora. De vez en cuando, alguno asomaba la cabeza entre el cortinaje y daba noticias de lo que veía.

El autoproclamado jefe dijo que tenía sed. ¿Sed? Fue decirlo y padecerla todos a la vez. Desesperado asomó la cabeza y logró llamar a un camarero amigo suyo. Le pidió tabaco y una cerveza, que ya se la pagaría. El camarero vislumbró los ojos de los que nos ocultábamos.

-¡Sois demasiados! Se van a dar cuenta cuando salgáis- dijo sorprendido.

-No he podido hacer nada. Cuando yo entré ya estaban todos estos. –respondió mi primo, señalándonos enfadado.

El tiempo transcurría con la misma angustia que si estuviésemos atrapados en un pozo.

Por fin, los músicos comenzaron a probar sus instrumentos y hacer pruebas de voz. Los primeros en llegar, los encargados de coger los mejores sitios, arrimaban mesas y sillas. Sólo era cuestión de esperar un poco más. Mi primo asomó la cabeza y dijo que todavía no, que se notaría mucho.

Un músico se puso a nuestra altura. Empezó a desvestirse. En un bolso de mano llevaba la ropa de gala. Se agachó y lo que vio le hizo exclamar riéndose: “¡Madre mía! Aquí hay más gente que fuera”

 Pensamos que todo se acababa de ir al traste. Ya sólo cabía esperar que avisasen a los policías municipales para hacernos salir doblados por la cintura del tiempo que llevábamos sentados, deslumbrados por la luminaria y a la vista de todo el mundo como pobretones que no se pueden pagar una entrada, además de descarados gorrones. ¡Menuda vergüenza!, pensé.  La gente arremolinada para entrar a la verbena, mi hermana con su novio y la familia de mi cuñado. Conocidos y familiares testigos preguntándose de cómo podía ser yo hijo de un hombre tan honorable como mi padre. ¿Qué culpa podía tener él de que su hijo le hubiese salido un pillo?

La orquesta comenzó a tocar. Habría una media entrada de público. Mi primo dio la orden cómo debíamos de salir: primero él, después, de uno en uno y cada vez por un lado diferente, nunca cuando los músicos parasen.

 Salí, respiré y acto seguido, sin mirar nada ni a nadie, me dirigí a los porteros y pedí mi entrada. Cuando la tuve en la mano, ya daba por hecho que las horas de sacrificio iban a dar un buen fruto con su venta a precio de competencia.

Al día siguiente, un policía municipal tuvo la precaución de asomarse antes de que se cerrasen las puertas y comprobar que no había nadie escondido bajo el escenario. 

Sólo quedó el remedio de poner a prueba el método de saltar la valla de manera olímpica para seguir con el negocio.  

 

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