Soy un muerto que no se resigna a estar
muerto.
Hace
cinco meses en lo último que hubiera pensado es en mi muerte. Me había llegado
el éxito gracias a la escritura. Después de buscarlo durante doce años, el
cuarto libro que publicaba triunfaba. Corrían las ediciones y yo veía mi cuenta
crecer.
Mi
agenda se cubrió de actos. Aparentaba la falsa humildad del que no le gustan
los elogios. A alguien que elogian y lo rechaza es porque le gusta revivir con
inmodestia de nuevo el halago. La vida era bella, antes también seguro que lo
era, pero sólo vivía por la escritura y apenas lo percibía. La vida cuando te
conviertes en una celebridad es más bella.
Las
publicaciones anteriores habían pasado sin pena ni gloria. Era un escritor de gran tesón. Amargado y lleno de rencor a los que triunfaban. Este era un país
cochambroso que me negaba los laureles. El gesto se me fue haciendo osco.
Cuando iba a las tertulias a codearme con otros escritores procuraba mantener
la dignidad como alguien que continua a flote en un océano de indiferencia. Era
uno más de tantos que sus esfuerzos no salían de la penumbra. Con la gloria, no
paso desapercibido. Es como si un foco me alumbrase. Cualquier lugar a los que
voy es un escenario de lucimiento. La gente me escucha. Los periodistas me
escuchan. Entre tanta alabanza procuro no descomponer el rostro de afectada
humildad.
Volvía
de mi quinta presentación. Todo un éxito. En el centro comercial me habían
preparado una tarima donde firmaba. Antes de dar comienzo el responsable me
previno de que se habían acumulado una enorme cantidad de lectores y que
gracias a la editorial disponían de una buena remesa; todos tendrían la
posibilidad de llevárselo firmado.
Cuanto
terminé tenía un taxi a mi disposición. Dije que me apetecía ir caminando. Me
sentía ligero, pletórico. Llegar a casa era el paseo que alguien da para relamerse
del júbilo de las alabanzas. Padecía una enfermedad. El éxito. La única
medicina era más triunfos. Entonces fue cuando palidecí. ¿Llegaría a escribir
algo tan acertado? La crítica se volvería a cebar con mi obra. La sensación fue
que me había vaciado. Que todo lo había dado hasta ahora. Que me acaba de
convertir en un escritor sin escritura.
Aún me quedaban varias
calles para llegar al cruce donde cesaría.
De pronto, la gente
comenzó a chillar y se arremolinaba en torno a alguien tendido en el suelo. Un
todoterreno permanecía cruzado en la vía. El conductor intentaba explicar lo
que había ocurrido.
Continué mi marcha.
Notaba que ya no tenía ningún pesar por mi futuro. Volvía a creer en mi
capacidad. Tenía una carrera literaria por forjarme. Que todo iría de modo
satisfactorio. Entonces fue cuando sentí curiosidad por aquel infortunio que
había visto. Regresé justo en el momento que la policía pedía a la gente que
circulara. Escuché algo como que el hombre tendido era un escritor. La
curiosidad me pudo más. Me acerqué. Allí estaba yo. Tirado con forma de garabato,
sin vida, famoso.
No
sabía que me tocaría morir dentro de cinco meses. Que en aquel fatídico cruce
un Nissan 4x4 me arrollaría como si fuese hojarasca del otoño. Dicen que te
das cuenta que vas a morir porque te da tiempo a que tu vida pase por tu mente
como una compilación de las mejores escenas. No vi nada y tanto que continué caminando.
Pienso que si no me hubiera vuelto seguiría con vida. Que al verme allí tumbado
es cuando dejé de existir.
Resignarme a morir es injusto.
Magestuoso, siempre con la vista hacia delante y con paso corto
ResponderEliminarTotal sólo tenemos una vida!
ResponderEliminarUna óptica de tu propia muerte...
Invita a reflexionar cuántas personas viven estando muerta!!
No nos resignenos!
Buen texto D José Manuel ¿