martes, 13 de febrero de 2024

El maestro de Olías

 

Mi maestro no llegó a tener hijos. Cuidaba su caballo como a un hijo.

El maestro de Olías nos dijo que lo podíamos llamar don Lorenzo, aunque su verdadero nombre era José. El día que el padre fue a Vélez a apuntarlo en el registro, cinco años más tarde de su nacimiento, porque era mejor no moverse mucho debido a la Guerra Civil, y cuando todo el mundo le llamaba por Lorenzo, el padre lo cambió por su nombre, José. –Mejor que el del abuelo materno-, pensó.   

Por aquel entonces, y estoy hablando de los años cincuenta, yo iba al colegio un día sí y otro no. Vivíamos en un pequeño cortijo, en la carretera antigua de Málaga a Comares. Mi padre me levantaba a las cinco de la mañana. Le ayudaba a cargar la mula con los pellejos de vino para dirigirse a Málaga. En el camino emplearía seis horas en ir y ocho en volver. Partía de noche y regresaba de noche. Mientras esperaba la hora de ir al colegio, tenía que echarle de comer a las gallinas, al cerdo y ordeñar a Felisa, la cabra que nos había amantado a todos los hermanos.

La escuela no estaba en un lugar fijo. Como era un maestro ambulante, cobraba a cada alumno una cantidad, que la mayoría le pagaban en especies. Aunque era abstemio y pretendía inculcarnos que lleváramos una vida sana e higiénica, mi padre le pagaba con vino.

En casa de Candelaria la de Parras, en la ventilla del barril o en Goino, iban rotando las clases según la época del año. Cualquiera de ellas la pillaba lejos. Muchos de mis sueños son caminatas. Eternas caminatas. Me pasé mi infancia gastando suelas y alimentándome por los caminos para sobrevivir y no llegar exhausto. A la vuelta estaba rendido.

Don Lorenzo llegaba con su caballo “Moro”. Antes de hacerse cargo del grupo, procuraba darle todas las comodidades. Le quitaba las alforjas y la montura. Lo cubría con el capote que le había servido a él para guarecerlo del frío y de la humedad. Llenaba la forrajera de un pienso compuesto de habas mojadas para cuidarle la dentadura.  Sí allí había alguien con suerte, ese era seguro el caballo del maestro.

Los alumnos esperábamos sentados en las banquetas a que el maestro desayunara su tazón de leche migada que los dueños de la casa estaban obligados a servirle como estipendio. También almorzaría con ellos.

Era un hombre bueno. Solía comenzar preguntándonos qué nos habíamos encontrado por el camino. Le mirábamos sin entender a qué se refería. Qué íbamos a ver. Tan temprano, no veíamos, sentíamos hambre. Mi atención, tengo la impresión, que giró siempre en torno al apetito que no me dejaba vivir. En buscar qué me podía llevar a la boca. Muchos de mis sueños eran pantagruélicos. Quería que amaramos la naturaleza. Que valoráramos nuestra suerte por vivir en pleno campo, rodeados de animales, por contemplar los amaneceres, las puestas de sol, ver el cielo inmenso con sus constelaciones… Nos enseñaba los nombres de las plantas, de los árboles. Cogía insectos y nos explicaba su respiración y lo importantes que eran en algo que se llamaba la pirámide alimenticia. En lo alto de aquella pirámide estaban los humanos. Sería en otros sitios. En aquellas sierras los niños podían ponernos juntos a los insectos. Según la edad y el tiempo que llevábamos asistiendo, nos enseñaba los rudimentos esenciales para que nos defendiéramos. Sus bolsillos iban siempre surtidos de almendras, castañas, algarrobas y, de tarde en tarde, caramelos. Los utilizaba para reforzarnos y premiar nuestros parcos aprendizajes.

Don Lorenzo se había casado con una maestra rural. No pudieron tener hijos. Con nosotros ya tuvo bastante.


A mi amigo Alonso, por contarme vivencias de su infancia.

6 comentarios:

  1. Se siente con la añoranza de un tiempo pasado, sobre todo por tantos seres queridos y conocidos que ya no están. Nunca se debería perder la memoria del pasado, sobre todo por los que no llegaron a ver lo que ni en sus más increíbles sueños pudieran imaginar lo que en el siguiente medio siglo cambió la vida.

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  2. Ningún tiempo pasado fue mejor y menos para los niños de la posguerra, que sufrieron carencias de todo tipo.Fueron afortunados los que tuvieron un maestro tan sabio como él.

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  3. La infancia, aquella época de sueños, fantasías, alegría, descubrimientos, miedos, ...
    Pero siempre se siente como una época feliz aunque tuviésemos penurias...
    Gracias!

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  4. La memoria del pasado es un tesoro valioso...me encanta leer estos textos.
    Has hecho un gran trabajo!

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  5. Un ejercicio de buena literatura. Hay una narración de hechos y creo que no tomas partido por la nostalgia de "cualquier tiempo pasado fue mejor".
    Vivimos en un buen momento de la humanidad, aunque hay un cierto pesimismo social.

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