sábado, 10 de febrero de 2024

Sesión de meditación

 

Sesión de meditación.

La sala está en penumbra. Al lado del maestro, en posición perfecta del loto, hay un bol de resonancias del Tíbet que emite cuando se golpea, según nos explicó en su día, sonido del universo, una manifestación física de la radiación de fondo que todos escuchamos y nadie oye. Dos luminarias parpadean creando una sensación de caverna. El maestro de meditación toca con el palo el bol para dar inicio a la sesión. Una vibración telúrica recorre la habitación. Nos acomodamos en nuestros cojines: un bolster de yoga relleno de lana apelmazada. Antes cantamos tres veces el “OM”. Inhalamos y exhalamos. Procuramos estabilizar el pecho abriéndolo y elevándolo, con los hombros hacia atrás. Las palmas de las manos hacia arriba descansan sobre los muslos.  

La postura del loto o medio loto marca la diferencia entre los que hemos empezado hace poco a adquirir consciencia y los que llevan un buen camino espiritual recorrido. La simple postura es un motivo de empeño y esfuerzo. Yo opto por el medio loto, en mí es un progreso considerable que he alcanzado a base de horas estiramientos y algún que otro dolor en las rodillas. El loto completo lo dejaré para cuando me reencarne en yogui.

El maestro da las primeras indicaciones.

“Vamos a adquirir la conciencia de estar presentes. Comenzamos sintiéndonos cómodos, pero a la vez que nos permita estar receptivos. Cerramos los ojos. Realizamos unas respiraciones profundas. Vamos a llevar la atención a diferentes partes…Los pies, los tobillos… Qué sensación nos produce… Nuestro cuerpo vibra…”

Me concentro y llevo la atención a mis pies. Al momento se me va a mi bajo vientre. Me arde. Cambio. Lo mejor es centrarte en la exhalación. Inhalo y exhalo. Escucho al maestro que no ha dejado de hablar dirigiéndonos a dónde teníamos que mirar con la consciencia. Pienso: si se callara, en silencio, me concentraría mejor. Así no hay forma de centrarte. El ardor continúa. Focalizo en él. Envío mis respiraciones a esa zona fastidiosa. Ahora ya está el ardor en su plena salsa. Me doy cuenta de que llevo un rato aguantando un incordio de espalda. Mantenerme rígido con los hombros bajos sentado me está agotando. Abro los ojos entornándolos y veo que todo el mundo está muy concentrado. El maestro nos está mirando y enseguida nota que ando perdido. Disimulo. Vuelvo a la meditación.

“Respirar lenta y profundamente”, continúa el maestro.

Eso sí lo he escuchado bien. Cuánto tiempo llevo, me pregunto. No creo que hayan pasado más de cinco minutos y estoy deseando terminar. Siento que me estoy entumeciendo. He sobrepasado el umbral de aguante en la postura de semiloto. Las piernas son ahora el centro de importuna atención.  He arqueado la espalda para que descanse. Me alivia. En este ir y venir de movimientos disimulados siento que mejoro. Quizá la meditación esté haciendo su efecto.

Focalizo la atención en los ruidos, no en los míos, los del exterior. Escucho la gente que pasa por la calle. El ruido de un motor. Es el extractor de humos en el tejado de enfrente. Unas voces. Son mujeres hablando. Están en la escalera. Han dado un portazo. ¡Dios mío, estoy perdido! Vuelvo a la respiración.  Las piernas apenas las siento, se me han dormido. Mejor, así ya no me duelen. El ardor sigue. La espalda ya no aguanta más. Cuánto va a durar este suplicio.

Escucho el gong. La meditación ha terminado. Respiro y hago un esfuerzo por estirar las piernas. Veo una expresión de calma y felicidad en todos.

El maestro nos da las gracias. Cantamos el OM. Recogemos. También me muestro feliz y contento; sobre todo por haber terminado. La conciencia apenas la he doblegado. Lo de estar presente, en el aquí y ahora, será cuestión de entrenamiento. Para mí es un triunfo haber aguantado hasta el final.

 Camino de casa, en la calle, me siento relajado y calmado. Quizá más consciente.

4 comentarios:

  1. De exquisita genialidad el comentario.

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  2. No se. Yo probaria con la siesta. Unos tapones en los oidos. Perderte en la inconsciencia de ti mismo. Y dormir como un bendito.
    Lo mismo no te quedas desgreñado y apolineo. Pero mas a gusto que un recien nacido.
    La naturaleza es sabia. Por eso los recien nacidos duermen tanto

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  3. La letargia apolínea busca la preservación del individuo mientras que la embriaguez dionisíaca direcciona su aniquilamiento a través de la disolución del “yo” en el todo. El carácter dual, que oscila entre la preservación y la disolución, engendra la producción artística.
    Como nuestro escritor José Manuel!

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