miércoles, 17 de abril de 2024

El "Tío Vivo"

 

        


            Hubo un tiempo que desaparecían muchos objetos en casa. En general eran de poco valor, fruslerías que lo más seguro, pensábamos, se habrían tirado sin querer. También le echábamos la culpa a mi abuela, que era como una niña pequeña que le encantaban y acaparaba, en especial, los de escritorio. Al ser muchos hermanos, siempre podías culpar a otro de haberse apropiado de él.

    Empecé a echar en falta unas revistas de cómic, ya leídas, desaparecían por más que las ocultase en diversos escondrijos en el dormitorio que compartía con tres hermanos. Eran los “Tío Vivo” con su distintas secciones de humoristas y unos billetes de Mortadelo y Filemón que me encantaban guardar; con ellos simulaba poseer una riqueza que en la vida real era imposible. Todo esto ocurría en el año de 1971 con diez años recién cumplidos.

              El misterio quedó resuelto unas cuantas decenas de años después.

       Todo comenzó una noche. Un soniquete me despabiló del sueño. Sensible a los ruidos caseros, obsesivo hasta el límite de la paranoia, cualquier ruido nocturno es objeto de un escrutinio enfermizo que me impide dormir hasta que doy con la fuente. Lo estudio en profundidad: el grado de molestia, su inarmónica naturaleza, la fuente que lo produce… y un largo etcétera de cavilaciones que me abocan al insomnio. Me levanté. Investigando cada espacio, descartando y sopesando de dónde podía venir, entré en la habitación que nos servía de desahogo. Allí tenía colocado un mueble ropero, entre otros cachivaches, que me había traído de la casa de mis padres en Archidona. Un mamotreto de madera que quería conservar por sentimentalismo, carente de estética, pero que fue el que teníamos en el dormitorio los hermanos.

                    Acerqué el oído y el ruido parecía venir de dentro. Lo abrí. Lleno hasta los topes, no vi nada. Así que el ruido venía del testero. Me convencí de que algún vecino tendría un aparato en marcha y eso era lo que escuchaba.  Hasta que caí en la cuenta que aquella pared daba directamente a la fachada del edificio. ¿Habrían colocado alguien una máquina de aire acondicionado y lo tenía puesto en funcionamiento a esas horas?

         A la mañana siguiente, sin apenas haber pegado ojo, cuando marchaba al trabajo, en la calle, lo primero que hice fue mirar a ver qué era lo que incordiaba mi descanso. No había nada. Me encontré a un vecino y le pregunté si en su vivienda se escuchaba algo inhabitual de noche. Contestó que no: sólo al gato de una vecina maullar. Llegó a creer que era un niño pequeño llorando.

         De noche, en la cama, con los oídos atentos, no escuché nada hasta pasadas unas horas cuando el ruido regresó de madrugada. Me acerqué y pegué el odio al armario. Lo abrí y vacié para poder retirarlo de la pared. Parecía tener algo en la vista porque la pared se difuminaba en una acuosa neblina. Frotándome los ojos y hasta donde llegaba la luz de la habitación, la penumbra me dejó ver el comienzo de un pasillo del que salía aquel sonsonete que me estaba volviendo loco. A medida que mi vista se habituaba, vi una escalinata de piedras desgastadas sin pared a los lados que bajaba a la más completa oscuridad.

         Sabía, porque era aficionado a los cuentos, que siempre que aparecía una entrada secreta lo mejor que debían de hacer, y casi nunca lo hacían, aquellos audaces que se internaban en la más completa ignorancia de lo que había al final; lo mejor, digo, era aprovisionarse para evitar sorpresas pues no se sabe nunca cuánto tiempo vas a estar ni lo que te puedes encontrar. Vacié una bolsa, metí un botellín de agua, linterna y pilas. Antes, aclaro que no soy ningún valiente. Soy la típica persona que procura llevar una vida sin sobresaltos. Evito los conflictos y si tengo que salir huyendo ante un peligro o amenaza que me ponga en aprietos, no hay quien me gane en la carrera. Del arrojo que mostré cuando entré, ni yo puedo dar cuenta de dónde me surgió. El caso es que no mostré ningún miedo. Encendí la linterna y comencé a bajar los peldaños.

                Y ahora esperáis que diga que al final había una luz cuando llevaba un buen trecho. Pues no. Me topé con otra madera. Era la misma de la que estaba hecha el armario que había retirado; lo empujé con fuerza.

                   Apareció una habitación con cuatro camas. Enseguida la reconocí. Estaba en el dormitorio que compartíamos los hermanos varones con el armario que me traje a mi vivienda. Escuche a alguien entrar. Empujé el armario contra la pared y me escondí debajo de la cama. Allí estaba yo, el hombre, y mi otro yo, el niño de diez años. Sabía lo que iba a hacer. Porque aquello lo viví y aún lo recordaba. Escondía un cómic para que no me lo quitasen. Aun así, desaparecía. En aquel momento no daba crédito que mi hermano más pequeño tuviese tanta astucia para dar con el lugar secreto. Ahora está ya todo claro. Mi yo futuro andaba cogiéndomelos.

                   Sé que no puedo cambiar nada en el continuo espacio tiempo, que cualquier cosa que haga en estos viajes al pasado, podría cambiar el futuro con unas consecuencias desastrosas, procuro cada vez que voy no mover ni dejar nada de mi presencia. Pero es superior a mis fuerzas, sustraigo algo, casi siempre es un cómic que tanto me siguen gustando o un juguete abandonado en un rincón de la casa. Al fin y al cabo, sé que la puerta le queda poco para cerrarse porque dejaron de perderse cosas. Se achacó a que quien las cogía había perdido interés por ellas: alguno de mis hermanos o mi abuela.

11 comentarios:

  1. Respuestas
    1. No te preocupes yo te voy a comprar comic...que penita lo que hacían contigo😳

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    2. No te preocupes...vamos a buscar comic para ti..ya no te los van a quitar😜😜😜

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  2. un agujero de gusano con tesaracto para mangar un cómic, jje

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  3. 👏👏👏 me encanta!!!!! Tal vez x mi imaginación de niña q a veces sale

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  4. 👏👏👏qué monstruo ere vieoi!!!

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  5. No seas modesto hombre.
    Como espeleólogo tienes un currículum. Fuimos los primeros en atravesar el hoy popular hoyo de conique, una larga cueva con grandes cavidades, que se acababa cuando la arena de las avenidas se juntaba con el techo, a base de cavar y sacar arena, turnándonos, conseguimos descubrir la segunda parte de la cueva, ahora recuerdo a todos los participantes en aquella aventura. Recuerdo que un día en uno de esos arrebatos que te daban, por una cabezonería de las mías, te diste la vuelta y atravesaste casi entera la cueva en la más absoluta oscuridad, la única linterna la llevaba yo. Nos volvimos, más que todo pensando en que inmediatamente te íbamos a encontrar atascado sin poder avanzar en la oscuridad, y a medida que avanzaba no me podía creer que no estuvieses en alguno de aquellos angostos pasos que había que pasar. Tienes en tu currículum de espeleólogo haber atravesado el hoyo de conique a oscuras.
    También fuimos los primeros en encontrar el pequeño boquete que da a las rampas que bajan a la parte más profunda de la cueva de la R. Esas son algunas de aquellas inconscientes aventuras en las que andábamos.
    Soy el que iba primero y salió primero de la cueva de las orejas de la mula, cuando Juan Reina dijo, he escuchado algo, 😂😂😂😂😂😂

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  6. Vaya!!!! Ya tiene Archidona su Stephen King.

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  7. Como tú hermano pequeño y tú abuela eran más listos que tú? Jajaja

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  8. Eran buenos los comic!! Me lo pasaba bien, nunca te vi venir del futuro 🥳😃

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