Allá por los años sesenta y tantos, en el Ventorro, a unos tres kilómetros de Comares, vivíamos cerca de veinte familias. Todas muy emprendedoras. Mi tío Antonio le cargaba a su mulo sobre las andarillas, encima de las albardas, el proyector de cine y las películas. De lunes a viernes, iba cada día a una escuela por toda la comarca y daba una sesión de cine. Regresaba de noche alumbrándose con un farol de aceite y la faltriquera llena. La mayoría eran de Charlot, mudas. Los sábados y domingos la sesión era en un corralón del Ventorro; entonces “tocaba”, decía él, una del oeste. Tenía que bajar a Vélez-Málaga a cambiar los rollos. Yo quería ser como él. También quería ser como Paco Dios, soltero, que se daba la buena vida siendo tahúr. Vivía con su hermano Pepe Dios, cabrero. En la taberna de mi abuela Dolores, con el vaso de vino en la mano y una tagarnina en la boca, contaba sus artes.
Viajaba por toda la
costa jugando a las cartas. Él sabía cuándo se torcía la suerte y era mejor
dejar la partida. “La de sombreros que he abandonado en las mesas”, le decía a
mi abuelo Francisco que trasegaba el vino como un cliente más. “Bebía leche,
para estar más fresco. El alcohol y el juego no casan bien. Me justificaba con
una úlcera que no me dejaba vivir. En el momento que los jugadores empezaban a
remontar su mala racha y yo a perder mis ganancias, entonces, por culpa de
tanta leche, les decía que tenía que ir al servicio. Dejaba unas miles de
pesetas en la mesa junto al sombrero, el resto lo ocultaba en un pañuelo. Nadie
podía pensar que alguien que deja dinero y su sombrero en la mesa se va a
marchar. Huía.” Y con la alegría de alguien que se merece unas vacaciones,
decía “Y aquí estoy, esperando que se les olvide mi cara”.
Ahora todos son espíritus, incluido el del Sosa, hijo de Dolores la Sosa, que en aquel tiempo decía
encontrarse con los fantasmas de los fallecidos.
Todo empezó cuando en el
Ventorro -yo tenía nueve años- la extractora de orujo voló por los aires. Un
hermano y un primo fallecieron en el accidente. En el colegio, la explosión nos hizo levantarnos
de los pupitres. El maestro fue el primero en salir. La gente corría. Pronto
nos llegó un humo con olor a orujo. Al dueño, Paco el barril, aquel accidente
le costó unos años en la cárcel.
Desde entonces al Sosa
se le quedó la impresión de que cualquiera que falleciera, antes o después,
estaría vagando por aquellos parajes. Él afirmaba que los veía. Se hizo guarda
de las fincas y cotos, tenía que patear todos los cerros de Comares. La gente
le preguntaba en la taberna con quién se había encontrado. Un día le escuché
decir que con el fantasma del caballo del difunto Paco Correa. Y que estuvo a ver si lo
veía a él para decirle que su caballo andaba en huerto triscando las habas. Le daba muy mala espina no haberlo visto, pues los espíritus estaban sometidos
a unas reglas, entre ellas la de no dejar a sus animales sueltos sin vigilancia. -afirmaba-.
Mi abuelo, animando, propuso
ir en comitiva a ver si todavía andaba el fantasma por allí y de camino ver el
desaguisado. Me pidió que lo acompañara. Cuando llegamos, vimos unas huellas
de caballo y el destrozo; del fantasma, nada.
A los pocos días regresaba
del colegio y la gente estaba amontonada en la puerta de Paco Marín. La puerta
estaba cerrada y por la hora del día y no dar señales de vida se presagiaba
algo malo. Al verme mi padre se le ocurrió que saltara la tapia y entrase por el
patio a ver qué ocurría. No me lo pensé. Allí estaba, sentado y echado
sobre la mesa, como quien duerme una siesta. No tuve valor para hablarle, pues sabía qué le pasaba. Abrí la
puerta que daba a la calle con la cara de espanto.
Nunca se lo conté a nadie, pero de la impresión llegué a
creer que me pasaría lo mismo que al Sosa. ¿Estaría yo también condenado el
resto de mi vida a vérmelas con los espíritus? Poco a poco, y con los años,
aquella aprensión me fue desapareciendo.
Muy curioso .
ResponderEliminar