Un matrimonio no debe durar más de ocho años. Me explico.
Nuestros ancestros, y me remonto, por poner una fecha, a hace dos millones de
años, en el Pleistoceno, íbamos de un lado para otro, la vida duraba lo justo
para reproducirte una vez alcanzada la madurez. Las condiciones eran muy duras
y la supervivencia se convertía en un prodigio de casualidades y fortuna. Los
seres humanos tenían ocho años como mucho para conocerse, aparearse y tener
descendencia antes de que uno de los dos desapareciera. Qué casualidad que es
el tiempo que los estudiosos del amor llaman el periodo romántico de la pareja.
Ese plazo se grabó en nuestra genética.
Todo cambió en el neolítico. La invención de la agricultura
dio al traste con aquel modo de vida poliamoroso. Debido, en especial, a la necesidad de legar la
propiedad a nuestros descendientes y asegurarles la supervivencia, surgieron
las sociedades con sus leyes y la moralidad que vigilaba por su cumplimiento. En
nuestro cerebro paleolítico, que aún conservamos, sigue la fecha del
vencimiento después del cual se desea abrirse a una nueva relación.
También ocurre con nuestro afán de viajar, de no parar, de ir de un
sitio para otro. Parece que es una moda, que la sociedad de consumo la ha
impuesto para hacernos creer que somos más felices, cuando obedece a una causa ontogenética.
La explicación la encontramos en cómo tuvimos que vivir durante miles de años, en el dichoso paleolítico. Un grupo de familias cazadoras recolectoras se asienta en un lugar para proveerse de alimentos. El ciclo de la naturaleza les marca que de no moverse pronto tendrán problemas para subsistir. Había que ponerse en marcha. Así fue como salimos de África. En una caminata continua buscando recursos. En la actualidad lo damos por algo que nos apetece, que gusta por el cariz de nueva experiencia, pero en el fondo estamos atendiendo a otra pulsión de nuestro paquete genético de especie.
Siguiendo con el apasionante tema, las comunidades de vecinos son un campo abonado para los que tenemos esta imperiosa curiosidad por descubrir otras relaciones que son la base de las conductas, los enraizados comportamientos que enmascaramos y sus solapamientos. Como estudioso de campo he logrado establecer paralelismos singulares. Presentaré dos casos. El primero, sobre el sentimiento tan arraigado de pertenencia al grupo, grabado “a fuego” en nuestro cerebro. Un sólido ejemplo: en un bloque de vecinos se estableció para el uso de unas instalaciones comunes, y evitar aglomeraciones, dividirlos en dos, etiquetándolos: los azules y los verdes, por la sencilla razón que los verdes daban al jardín y los azules a la avenida. Con el tiempo, crecieron unas alianzas secretas en el seno de cada grupo cuya misión era incordiar al otro bando. Las rencillas, suspicacias, bulos y sabotajes aumentaron entre cada facción de manera alarmante. Al día de hoy hay varias denuncias cruzadas.
El otro caso es sobre los comportamientos que nos posibilitaban tener el valor y el coraje de enfrentarnos por nuestro espacio. Como homínidos, descendientes de primates somos muy susceptibles a mostrar la debilidad. En juego está perder el territorio y los recursos. Llegado el caso tendremos que mostrar el lado más “mono”. Alzamos la voz, gesticulamos y nos ponemos a saltar para hacer retroceder al enemigo cuando es una amenaza para nuestros intereses.
Otro valioso ejemplo, para el caso: en una reunión comunitaria
de vecinos, en el orden del día, alguien hace una propuesta. Te enrabias porque
le ves un perjuicio a tus intereses. Planteas llevar tu posición razonable, y sientes como estás solo porque al resto le da igual. Entonces
desearías correr, saltar, golpear, gritar e imponerte como aquellos ancestros
tuyos hacían en los árboles. Soltarle un mamporro al imbécil que te lleva la
contraria y callarlo de una vez. Gruñes en silencio. Asintiendo con corrección
falsa lo que en otro tiempo “salvaje” se habría resuelto de manera más expeditiva.

Fabuloso símil del paleolítico a nuestra vida del día día....
ResponderEliminarMe ha encantado...sigue haciendo artículos de Estudios Comparativos del paleolítico y la vida de hoy...
¿Qué papel asumía los jubilados de la truibu? ¿Los lugares estos de intercambio de parejas cada vez más de moda? Y las aplicaciones para encontrar pareja o el síndrome del nido vacío, la menopausia en el paleolítico vs hoy...
Ilustranos con tu sabiduría en estos temas,seguro que tus observaciones sociales y conocimiento nos seguimos dando cuenta como la carga genética de nuestros ancestros sigue haciendo mella...
Muy divertido y ameno con muchas enseñanzas sociales...
Una reunión de comunidad de vecinos, es una lucha encarnizada por conseguir tener razón aún en lo más irracional. Es una aglomeración de pequeñas y grandes miserias humanas en el limitado espacio de una entreplanta. El llevar la contraria al que se cree líder, es casi jugarte el físico. También nuestros homínidos primigenios tendrían que luchar con uñas y dientes por el espació vital que mejor los alimentaba.
ResponderEliminarEntre preneandertales, neanderlales y su hibridacion con cromagnones salimos los ahora denominados humanos anatomicamente modernos, y esa evolucion de minimo un millón y medio de años no se puede apagar en pocas generaciones. Quizá el individualismo moderno sea lo que más temple esos impulsos primitivos. Aun asi hay veces que son casi incontenibles. Serenate 👏👏🤣🤣
ResponderEliminarEstoy encantada de poder pasar un buen rato, divertido, leyéndote. No entiendo de paleontología pero el símil con la comunidad de propietarios me parece además de divertido muy oportuno
ResponderEliminarMuchas gracias.
EliminarJosé será verdad que nosotros hemos perdido ocho años.
ResponderEliminarCuando vaya a otra reunión tiene que proponer a hacer aparcamiento piscina y poner ascensor que tú eres mayor.