Querido amigo: Aquí
tienes la primera carta. En estos tiempos de descrédito y abulia, escribirte en
papel te parecerá extraño. Sabes que soy muy tradicional, y disiento de
utilizar esos artefactos que nos traen locos. Me he aprovisionado de sellos y
sobres. Como sé que te has jubilado y que andas algo desorientado con lo que
puedes hacer con tanto ocio, te contaré, por que tus humanos ojos se distraigan,
algo de mi vida que a ser sincero ni yo me lo esperaba. De tu discreción me has dado siempre muestras. A estas altura de la vida me da igual que se airen mis afilados secretos. Siempre me has demostrado amistad contándome confidencias que al lado de
las que yo te cuente van a tener el mismo peso que las un niño de párvulos a su maestra.
Sabes que me fui a vivir
a Archidona con mi tío Indalecio para cursar el bachiller. En mi pueblo, pequeño
y atrasado, no había instituto. Que me enamoré de mi prima, su hija. Pero por
no tener la valentía ni las ganas de enfrentarme a mi tío, que nunca hubiera
esperado de mí tal abuso de confianza, estuve simulando la pasión, hasta el
punto de convertirme para ella en alguien desabrido y seco, agarrotado en
expresiones cortas que cualquiera hubiera interpretado por un muchacho torpe y
obtuso, cuando era que me temblaba el alma de la irreflexiva pasión. Presentía
que los ojos de mi tío me escrutaban desde la sombra alertados de ante cualquier
gesto o carantoña hacía ella que evitara la catástrofe de que dos primos
se aparearan. Tampoco quería pagar con semejante profanación su humanidad. Me
habían acogido con todo el cariño para que cursara el bachillerato. Participaba
de la vida familiar y me enamoré rendidamente de María José. ¡Qué podía hacer! El
sobrino de la hermana de su padre, viuda a la que había que echar una mano: un
chicho callado y apocado, al que no le veía, seguramente, la gracia por ningún
lado.
En aquella época, y te
hablo de mediados de los setenta, cuando cursábamos bachiller, yo ya andaba perdido por María José. Estaba rodeado por decenas de muchachas; ninguna llamaba
mi atención. Vivía en secreto un enamoramiento que destilaba en soporíferas
poesías.
Lo que te cuento y apuesto que te reirás, olvidé
a mi prima y me dejé ennoviar para acabar en un desgraciado matrimonio.
La que es mi esposa y
que dejó de serlo a los pocos años de casados, tenía una amiga íntima que no
dejaba de entrometerse para que se echara un novio. La amiga resultó ser María
José. Le habló, sin yo saberlo ni conocer de su existencia, contándole que me
gustaba. Que yo deseaba que nos presentasen.
Iba y le decía, “Tengo
que darte una noticia. Te vas a caer de la silla cuando lo sepas. Mírala, quién
se lo podía esperar, tan calladita y despertando pasiones”. La mantuvo un
tiempo sin soltarle prenda, hasta que la pobre estalló y le suplicó que se lo
dijese de una vez. Así fue como se enteró de que andaba colado por ella.
Yo recibía los mismos
crípticos mensajes. Cualquier alabanza
que no fuera de ella, de nada me servía para sofocar el fuego que me corroía
por dentro. Pero la curiosidad y el halago pudieron más. “A que no sabes quién se ha fijado en ti. Que
le gustas. Que no deja de preguntarme cómo eres”, me soltaba como quien tira
una piedra a un estanque y espera que las ondas llegaran a mi indispuesta alma.
Trasladé el objeto de mi
amor a aquella muchacha a la que al verla y saber que le gustaba, ponderé al
alza, muy al alza, sus prendas. Los mismo le ocurrió a ella conmigo. Así es como dos
cuerpos que estuvimos orbitando uno al lado del otro el tiempo justo hasta que
salimos proyectados a órbitas opuestas porque ambos habíamos caído en la misma
trampa.
Ya te relataré cosas que te
harán reír más. Y por lo que a mí respecta, si te apetece contarlo en tu mañoso
blog, hazlo. No me digas que no te ha entusiasmado leer esta tradicional
carta que nos aparta de costumbres tan necias de los correos electrónicos y de
ese demonio de wsaps.
Un abrazo para mi leal y paciente amigo.

👏👏👏 esos enamoramientos que tanto entorpecen a quienes los sufren
ResponderEliminarJosé, ésto va camino de novela romántica
ResponderEliminarBuenas confesiones.
ResponderEliminarQue bonito, sigue sigue por fi
ResponderEliminarMe ha encantado!
ResponderEliminarMe a encantado
ResponderEliminarSi señor, el engaño fue todo un clásico y los engañados unos desgraciados. Tal vez Maria José se vengó así de su primo, o de su amiga. Ya veremos.
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